domingo, 27 de marzo de 2011

El caso es conocido, pero lo ignoraba, como casi todo. Por eso este libro de Simon Schama me está aportando tanto, porque se aleja del romanticismo biográfico sin olvidar que en la vida de cualquier hombre puede darse la vida de la humanidad. Es precisamente esa suerte de metonimia la que se defiende en todas las biografías artísticas que se van trenzando, desde Caravaggio hasta Rothko, pasando por Bernini, Rembrandt o Turner. Es cierto que echo en falta más presencia española a parte de Picasso, porque la vida de Velázquez, pongo por caso, bien vale la escritura de un drama. En este sentido, Tiziano o Vermeer son otras figuras que me hubiera gustado leer en este fascinante relato (porque es un relato sobre pintores y sobre el arte) que tan notablemente ha sido ejecutado.

Toda vida, como dice Galdós, lleva su novela, por lo que visto así, cualquier vida, máxime cuando se trata de un artista (que la maltrata, la deshecha, la desvive, la tritura, la revivie, la metamorfesa, la aleja, la aprieta,…) lleva una tragedia griega.

El caso al que me refería al comienzo de estas líneas era el de Caravaggio, el pintor que asesinó a un individuo. Recuerda Schama que cuando Caravaggio volvió de su estancia en Sicilia, comenzó de nuevo a verter en sus cuadros la extravagancia y la desmesura, la visceralidad religiosa que lo caracterizaba. Por su asesinato, se dictó una pena capitale que prometía una recompensa por la cabeza del asesino fugitivo. El pintor había tomado una falúa, que zarpó de Nápoles, en dirección a Roma, donde esperaba encontrar el perdón y en la que fue cargado con no pocas pinturas. En el pueblo de Palo, el jefe local, que no tenía noticia de su causa o que lo confundió, determinó su encarcelamiento. Caravaggio permaneció allí hasta que entregó todo el dinero que llevaba encima, pero era demasiado tarde, la falúa, con las pinturas que portaba (sobre todo para Scipione Borghese) había zarpado. Inimaginablemente, una de las pinturas más prodigiosas de sus últimos años iba en ella, David con la cabeza de Goliat.

Imagino al personaje purpurado, inserto inconscientemente en una serendipia, observando estático, la cabeza de Goliat chorreando sangre y la mirada desconsolada, redimida, de David, con la espada en mano y toda la inclemencia del claroscuro.


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Tanto se habla de ella, de sus designios y futuros derroteros. Tanto se especula sobre su evolución y de cómo debe escribirse en estos años, que me pregunto si en la poesía, en la que no hay duda de su presencia, ocurrirá alguna vez esto mismo.

Una novela es un ejercicio del raciocinio. Ella jerarquiza, ordena, dispone la realidad, haya sucedido o no. Desde este punto de vista, la novela ha dejado de reflejar lo que el espejo en el camino, porque la sociedad así se ha desarrollado. No hay espejos, sino virtualidades. Y siempre he pensado que los espejos más potentes son aquellos que se encuentran en las oscuridades, porque nunca nadie supo qué estuvieran respondiendo. Toda claridad que se deja apreciar sin la confabulación de los ético y estético termina siendo mera circunstancia, reflejo fugitivo, estancia breve. No importa esto en la literatura, porque el espejo lo que debe hacer es mantenerse en el ángulo preciso y exacto y pronunciar los silencios que advierte.

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Leo este libro y aquel, releo los poemas de otros maestros antiguos, retomo pasajes de novelas predilectas,... una línea de Platón los supera, una perspicacia de Heidegger los arrasa.

¿Para qué tanta medianía?, ¿Porqué no se empeñan los escritores en dejar la esencia y aislar lo aleatorio y anejo a un lado?,... quizás en el cajón o en el pequeño fuego en que arden, por ejemplo, estos poemas que escribí hace un año. Si algo queda de ellos, deberá aparecer en la memoria. Si ello no sucede, mejor será haber mundanizado la obra.

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Al final, el libro de poemas de E.S.R., me ha parecido más endeble de lo que había pensado. Hay poemas de una solemnidad estremecedora en los que se desarrolla una poesía natural, abierta, plena, cadenciosa. Sin embargo, hay poemas que tientan en lo que nunca arrojará poesía y en esos poemas, que el autor debería haber arrojado a una fogata, el libro se pierde en moralinas de poca monta. Los poetas no pueden confundir los géneros y los cauces por los que se dicta la palabra, el que quiera decir o exponer una tesis que escriba un ensayo, porque si no es así, los poemas terminan por recordar a las humoradas de Campoamor o a los poemas de los poetas del dieciocho, esto es, lo patético y triste.

Sin embargo, el libro de A.C. que acaba de publicarse en Siltolá, es un dechado de poesía, un alegato de lo que un aspirante debe mantener junto a su mesa de noche. Poesía. Sí. No de las que habría que arrojar al fuego, sino de las que arrojan fuego y luz en su lectura.