viernes, 18 de marzo de 2011

Durante mucho tiempo, me acosté temprano. Tarde de cobalto y racimadas nubes. El sol postrado entre la calidez del naranja. Sus destellos son frugales sobre la piel y en las retinas, sin embargo, inunda su presencia los almíbares. El pájaro en la rama y el verde de plácida nitidez. Estampa perturbada, sintaxis del retorcimiento. Decir de lo perseguido. Balbuceo huero, búsqueda de continuo. Transitiva levedad.

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Todavía recuerdo el pasaje. Comencé a leerlo una noche cercana a julio. En Sevilla, el día había sido soporífero y tenaz. El calor lo había inundado todo y se me ocurrió comenzar a leer esa obra. Aquella situación extrema para el cuerpo beneficiaba al desajuste psíquico que la convoca. Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja.

Recuerdo que me levanté después de leer el párrafo y me dirigí al cuarto de baño del piso que compartía. Agarré una navaja que teníamos para comer el pan y el queso. Me coloqué delante del espejo y el párrafo comenzó a transmutarse, a penetrar en la conciencia hasta que una mano me apartó del espejo con tal brusquedad que me tiró al suelo. Siempre le he recriminado ese acto al compañero, pues me encontraba en el seno de la obra, justo en posición mental desde donde hay que precipitarse hacia ella.

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Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adrático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial. En su frente estaba escrito el signo de la muerte. Estaba el signo en la frente del poeta, del gran poeta de la antigüedad que ungió la poesía con la más noble y certera sustancia humana. En la nave su memoria, pero también sus complacencia. Su vida se había convertido en algo inoportuno para él. Para él, quien habitaba ya dentro de sí.

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El ser del mundo se hace girar en torno a lo ausente. Al igual que la literatura, el poeta coronado por Rafael en la estancia vaticana, supo decir al final de su obra lo que todavía ningún poeta ha escrito. Lo hizo sobre lo que no vieron sus ojos, sobre lo que nunca sintió, más no por ello dejó de intuir. Convirtió y agasajó las especulaciones y las certezas en ritmo poético. Embadurnó la palabra poética con las profundidades del ser, con lo absolutamente ausente.