miércoles, 23 de marzo de 2011

Meditabundia.

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Probablemente me hice músico por la séptima sinfonía de Beethoven, no porque la considere la obra cumbre de la música, sino porque creo que, en el momento en que estaba escuchándola tuve una revelación, una armonía que me mostró el mundo. Nada ha vuelto aa tener de brillo de entonces. La imagen es la siguiente: la melancólica presencia del segundo movimiento atravesando a una persona de catorce años extasiada.

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Leo un libro que se titula El poder del arte, de Simon Schama. El volumen está vertebrado por ensayos acerca de ocho vidas que cambiaron la historia del arte. Todos ellos pintores, desde Caravaggio hasta Rothko. Lo compré porque, en uno de los paisajes iniciales, junto con un detalle de la cabeza de Goliat que sostiene David, retrato de puede leerse: “Sólo hay dos cosas que debemos saber de Michelangelo Merisi: es el pintor que ha llevado al cristianismo a su dimensión más física y material y que asesinó a una persona”. Al término de la parrafada inicial, repleta de claves interpretativas, dice Schama que el rostro de Goliat trasluce una inculpación.

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Por mucho que uno vaya trenzando, día a día, palabra con palabra, uno vago rumor del pensamiento con la convicción de que se irá formando una arquitectura ajena de uno mismo, la sensación es siempre la misma: la música del más allá en la ciudad del resplandor.Hasta dónde se extenderán no se sabe, ni siquiera qué verdad cifrada están resguardando. Es ir arañando sombras, arañando sombras y dialogando con un abismo.En muchas ocasiones, me encuentro con la convicción de dejar de escribir, mas no puedo efectuar dicho desiderio.