martes, 8 de marzo de 2011

Desde hace unas semanas, he vuelto a tocar el clarinete casi a diario. Hace años, dedicaba como mínimo dos o tres horas diarias a ensayar y practicar. Con mucho anhelo recuerdo los ensayos del cuarteto de clarinete que montamos por puro entretenimiento, si es que el entretenimiento en la música no es la forma más encrespada de ensimismamiento. Con la misma intensidad, se me vienen a la memoria los ensayos del Réquiem, de Faurè, con unos músicos de Salzburgo que habían sucumbido a las virtudes del vino sanluqueño. El clarinete tiene, en esa partitura, una participación escasa, interviene con dos o tres notas tenidas. Eso es todo. Siempre que vuelvo a tocar el clarinete se agolpan las horas y la dedicación de entonces, porque fueron gozoso tránsito.

Es innegable que la digitación, para un clarinetista, es fundamental. Y ese aspecto sí comienza a perderse después de un gran tiempo de abandono. Un stacatto, el picado en la lengüeta. Sin embargo, he notado que el cuerpo de ébano del instrumento vibraba con placidez y que no parece estar sordo ni destimbrado, antes al contrario, inundó pletórico los rincones de esta nueva casa, como si estuviera reconociéndome por de dentro, emocionado, con los sones olvidados de los días. Fueron muchas las horas con el instrumento y de ello queda la reminiscencia, acaso la diadema del sonido.


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Hoy me siento triste porque la ignorancia es destructiva. Por eso escucho a Antonio de Cabezón, porque sus melodías me resultan apotegmas de la antigua península.


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Suele ocurrir después de leer poesía durante varios días. Dejo de escribir con tanta veleidad. Y lo hago precipitándome hacia dentro, hacia no sé sabe qué pureza.Por ejemplo, he estado revisando el libro de poemas que tenía terminado. Lo he vuelto a leer y me parece que no hay poesía. Lo mandaré al fuego o al agua o la basura.