jueves, 17 de marzo de 2011

Harón era el término que utilizaba mi abuelo para referirse a los holgazanes o a los perezosos del barrio. La usaba con mucha frecuencia y yo mismo la incorporé pronto en mi idiolecto. Es un término común en la familia y en el pueblo e incluso en otras localidades cercanas. Pertenecen a ese tipo de palabras que resguardan una época de tu vida o que sabes que pertenecen a un territorio concreto de la memoria. Cuando con el tiempo, y debido a diversos motivos, tuve que marchar a Sevilla, donde viví durante diez años, dejé de escucharla en la ciudad. Sólo permanecía viva en el piso que compartimos algunos sanluqueños.

Hasta esta tarde, llevaba mucho tiempo sin volver a escucharla y a deleitarme con la supervivencia de un arabismo en estas geografías tan pródigas de maharones. Maharón es, sin duda, un vocablo frecuentísimo que, sin embargo, sorprende en otras localidades de la provincia sevillana no muy retiradas de Cádiz. Acaba de ocurrirme lo que a M.C. que, cada tarde, deleitándose con el idioma italiano, me cuenta cómo hay palabras que le suscitan una emoción desconocida, un ensimismamiento precoz y repentino, como sucedió ayer con sventolare, toda la tarde precipitados por un el sonido y la significación de un grupo de letras.

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Leo un libro de poesías de un autor notable, de verso sereno y cadencia de dórico. Me embeleso al recitar la claridad de sus poemas tan simples en apariencia… es un buen libro, me digo, un excelente libro, pero, acabo de leer un libro de poemas de otro poeta, de un enorme poeta. Ante la potencia lírica de este último, el primero me suena a cascada desangelada, ya su claridad me es insuficiente.