miércoles, 9 de marzo de 2011

En el cuaderno de tapas negra aparecen unos versos que escribí esta mañana. Los urdí porque quería escribir poéticamente sobre el fulgor que descansa en las ramas de las encinas cuando el sol las abate y las abandona. Pretendía cobijar el rescoldo caducifolio que permanece más allá de la noche y la oscuridad a través del calor de los cuerpos y el reflejo de lo opaco. El juego especular que tan hondo se produce, cada día, en el ser humano.

Tan sólo hay un puñado de palabras y un par de oraciones bien encabalgadas. Fíjense que hablo de la poesía en pasado, pero ¿no es la poesía la suspensión de lo eterno en lo finito? ¿Cuándo arranca la creación poética y hasta cuándo perdura?

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Probablemente la creación poética sea el resultado de un ensañamiento de la memoria con dos o tres temas que nos han creado la conciencia. Es una disyunción entre el deseante y lo deseado. Aparece cuando el ser se encuentra ofuscado y resentido en demasía con los otros hombres. Y quiere el poeta, acaso sin saberlo, dejar musicada y rítmica la poesía profunda de un ser pasajero.

Hasta que no se macera la memoria y la conciencia a través del conocimiento, el poeta va acercándose a la poesía superficialmente. Gusta de usar sonidos extravagantes, de utilizar la imagen más original que conozca, de explorar, -como un niño hace con el habla-, las palabras que les resulta más atractivas únicamente por sus hechuras y su sonido en la boca. Le sucedió a Borges, a Vallejo, a Machado, a J.R.J., todos sufrieron una parábola hacia la claridad.

Poco a poco, el poeta comprende que lo verdadero se pronuncia en susurros, silabeando una melodía de prodigios que se acerca, demasiadas veces, al silencio. Luego, cuando se hace portador de ese fábula de fuentes interna comienza a escribir con el sólo lamento de lo lírico: poesía plena. Es entonces cuando llega eso que llamamos la voz del poeta. Y también cuando se decide si algún día lo fue o quedó todo en malabarismo de infante.

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Me comentaba J.S.M. que, últimamente, los textos de este diario le resultaban demasiado cortos. Sin él saberlo, hizo el mayor de los halagos posibles, pues escribo de un tiempo a esta parte, dejando entrever sólo los ecos, las conjeturas, las palabras especulares con toda la intención posible. Es una consecuencia de la pérdida de convicciones reflejada en la sintaxis y la escritura en general. Cuando uno se diluye y atiende aquí o allá, la sintaxis se hace escurridiza y sólo cabe acogerse a lo tenaz, como ese pájaro silencioso en la rama que incita al abismo aritmético del campo o como esa rama que encierra el calor del día en tan solo una reminiscencia.