martes, 15 de marzo de 2011

Hay una claridad que se nos junta en las palabras. Ocurre a la amanecida, cuando el campo está levantando sus faldones con la aritmética de la aurora. En ese instante, debe uno retirarse a escuchar el curso del río que nos atraviesa, el río profundo, la tumba negra que somos. Sin menoscabo de la memoria, conducimos entonces la vida hacia otra claridad. Es cuando puede uno decir "soy natural de voz, límpido de música". En mí se acrisolan las edades de la certeza. Y comienza uno a cantar a la vida, aunque sea con elegías y odas fútiles, a reconocer la belleza que quizás subyace bajo el vuelo de la luz. Sucede el milagro por el que el verbo renueva lo vivido y lo junta con el deseo, une las palabras en el ramillete de lo deseante.

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Leo el libro de poemas de E.S.R. como envuelto en el sueño del origen. Lo hago lentamente, como propone el libro su lectura. Me satisface encontrar tanta mesura en la poesía y la simpleza de lo profundo. En esta poesía, la naturalidad es una cualidad necesaria, porque no de otra forma puede decirse el ángulo desde donde avistamos el origen del sueño que somos.

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Siento la piedra de la tumba negra, tan benévola y tan rotunda. Siento su frialdad de magma, su estancado armónico de estatua. La respiración, siento, del muerto que lo lee en la eternidad de la tierra.