miércoles, 16 de marzo de 2011

Es uno de esos libros que pasan desapercibidos en la bibliografía de un autor del tamaño de Stefan Zweig, pero, sin duda, lo considero enjundioso y de una profundidad envidiable. En cuanto uno abre el libro, se encuentra con un golpetazo de lucidez, con un chorro de vivacidad e inteligencia inusuales: “Sólo cuando uno mismo haya dudado haya desesperado y dudado de la razón y de la dignidad humanas, puede alabar como una proeza el hecho de que un individuo se mantenga ejemplarmente íntegro en medio de un caos mundial”.

Un libro de la vida: “Una de sus más misteriosas leyes es que descubrimos siempre tarde sus auténticos y más esenciales valores”, que se despliega a la sombra de la obra del ilustre francés. En este puñado de reflexiones puede que estén encerradas algunas de las páginas más preclaras de Stefan Zweig. Pongo por caso el momento en que Zweig se refiere a la muerte del padre de Michel. Para el pensador francés supone la llegada de una herencia económica muy destacada. Es notable cómo el filósofo comienza a reflexionar sobre la gestión espiritual a partir de este momento. En la casa heredada hay una torre. Allí traslada su biblioteca. Lo demás, el fruto del pensamiento de un hombre que renunció a la humanidad, le pertenece a la humanidad. Soledad y trino.

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Mientras atravesaba las lomas, ojeaba una casa abandonada que puede observarse desde la carretera. Es de un tamaño considerable y su estructura posee grandes dimensiones. De pronto me acordé del poema de Machado sobre el hospicio y fui silabeando lentamente algunos de sus versos. Cuando no pude traer a la memoria más versos, estacioné el coche en el arcén de la carretera, justo en la entrada de un cortijo que se llama Majuelo. Anduve por el sendero de la entrada hasta que me arrimé a un árbol, pelado por el frío, en el que se cobijaba un pájaro. Al advertir mi presencia, el pájaro comenzó a moverse nerviosamente, de un lado para otro de la rama. Comenzó a cantar, a decir en el silencio de la mañana un mensaje de bienvenida y de plenitud por la belleza del momento. Entendí, en el canto del pájaro, que la vida ofrece ,en ocasiones, algunas migajas de felicidad y que, casi siempre, están vinculadas con algún orden estético de la percepción. era la mañana un rumor de raíces. Eran los versos de Machado los que se asomaron a la rama reseca y al plumaje de mi soledad.