domingo, 13 de marzo de 2011

El ejercicio consiste en reunir unos volúmenes, sin más criterio que la afinidad electiva, dejarlos encima de la mesa y comenzar a escribir al albur de unos armónicos. Dice, por ejemplo, T.S.Eliot en Four quartets: “Midwinter spring is its own season, sempiternal”, la primavera en invierno es su propia estación, interminable, estación por sí misma. La rosa y el fuego siendo uno, unión de záfiros y de estrellas. Esta primavera comienza con el pensamiento, la regeneración del ser es un acto de presente continuo cuya forma verbal es el gerundio. No cabe el soy ni el fui, solo el siendo. Es la primavera más exacta y pendenciera, la que se afirma sin llegar a ser y sin haber tenido fin.

Exactamente lo que proclama el Tao en cuanto al hombre lleno de virtud. El hombre repleto de virtud, que la concentra en sí mismo y la desarrolla, es la primavera en el invierno con sus mecanismos: “El hombre de virtud superior no es virtuoso y por ello está en posesión de la virtud. El hombre de virtud inferior se aferra a la virtud, y por eso carece de virtud”. Por otro lado, los versos de Eliot conducen a una reflexión profunda en la que el hombre debe ejecutar una acción sin ornamentos y con una declinación individual y vertical. Algo que el Tao define de la siguiente manera: “los grandes hombres se atengan a lo que acrece y no a lo que menoscaba, se atengan a la esencia y no al huero ornamento.

La armonía es lo permanente, lo que de continuo crece y se expande hacia lo que nunca fuimos. Es el axioma de lo que una palabra nueva, acabada de nacer, ofrece al hombre. En ese espacio de imposibilidad para nombrar, la poesía conduce sus pasos ayudada de la filosofía y el pensamiento. Cuando la palabra ha fecundado la realidad, o ha sido la realidad la que ha fecundado al verbo, entonces comienza el decir estético y musical que consiste, ni más ni menos, que en poner orden armónico en lo que jamás comprendimos. De ahí que la música sea el más elevado proceso de entendimiento de la realidad que nos rodea y de la que todavía sabemos apenas su timbre.


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Si tuviera que rescatar, en estos momentos, una obra poética de las que he leído, no tendría duda. Aún no ha sido superada en su ambiciosa descripción del hombre y en la trabazón de su estructura. Tampoco hay quien haya aunado mejor lo eterno y lo circunstancial, lo moderno con lo antiguo, lo personal con lo ajeno. No hay quien haya dejado un descenso tan pedregoso y al tiempo tan sereno para el alma. Toda la obra, desde el comienzo, es una incesante percusión de la imaginación sonora. En ella los límites no son principio ni fin, más bien umbrales de renovación.

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Leo algunas líneas de Eugenio Trías con el asombro de siempre: “la música significa la posible transformación de esa masa elástica en vibración en sentido sensorial, emotivo, intelectual. La música puede promover la unión simbólica de sensibilidad e inteligencia, de idea y materia sin necesidad de palabras, sintagmas, construcciones sintácticas que hagan posible la performance de la significación”. ¿No hay en estas palabras, una prolongación de la filosofía última de Wittgenstein?

El ensayo de Trías sobre la música y su potencial simbólico vale por toda una teoría poética. Va más allá, pues sitúa la palabra al margen de su centro. No es ella la única vía de aprehensión y conocimiento del mundo. Por eso, el Tao y Eliot, después de tantos siglos, abundan en la primavera del invierno.

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En Asís tiene uno la certeza de que la piedra es símbolo inmutable. En cuanto uno pisa sus calles, deambula por sus recovecos históricos y se adentra, con silente reflexión, en el espíritu que la recoge, siente la particularidad del lugar. La primera vez que la vimos fue desde un balcón de Perugia al que acudimos después de atravesar una puerta etrusca de enormes dimensiones. Estaba reclinada la ciudad sobre un corazón verde, estático, desfigurado por el efecto de la lejana luz. Al día siguiente, cogimos el autobús y llegamos hasta su centro. Fue allí donde agarré el libro de R. Gaya y comencé a leerle a M.C. algunas impresiones del pintor: “en sus caminatas, San Francisco debió sentirse tan cercano a los yerbajos, de las piedrecillas, de los arroyos, que se inclinó sobre ellos como nadie”. Viene a decir Gaya que el santo interiorizó la naturaleza sin exaltados beateríos ni otras alaracas. Fue esa intensidad natural la que nos invadió de repente, sin presentirlo, apenas sensitivo, como el brutal lamento de una primavera en invierno.

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Emily Dickinson lo escribió en poesía. La naturaleza, el paseo, la interioridad, la respiración, la primavera, el invierno: “Nuestro viaje tocaba ya a su fin./ Los pies casi rozaban/ la impar bifurcación en la senda del ser/ llamada eternidad”. En puridad, la poesía y la música atienden a lo que no se puede tantear con los sentidos. Unas palabras de Confesiones, de San Agustín: “Lo cierto es que de las cosas que no veía quería estar tan seguro”. Por este motivo, escribió sus íntimas caminatas interiores, aquellas que sólo uno traza sin saber adónde conducen ni qué las sustancia. Lo que no puede pronunciarse es el Tao y la poesía es el híspido decir de lo oculto.

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Así Peire Vidal, hijo de un peletero, de Tolosa, nacido quizás en 1183 y muerto acaso en 1204. Decían de él que era loco y que creía verdad todo aquello que pensaba. Se dice que un caballero de San Gil le cortó la lengua debido a que decía que era el amante de su mujer. Después de este pasaje, fue curado. A pesar de la disparatada biografía escribió acerca de las fuerzas metamórficas del amor, del tema tan traído de la transformación de los amantes: “[…]E s´ieu sai ren dir ni faire,/ ilh n´aia.l grat, que sciensa/ m´a donat e conoissensa/ per qu´ieu sui gais e chantaire.” ("Y si yo sé decir o hacer algo,/ es gracias a ella, que ciencia/ y conocimiento me ha dado,/ y por eso estoy contento y canto.”). El furor, atendiendo a su étimo griego, como el movimiento interior de las primaveras.

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En un pasaje de mi admirada novela de Flaubert, Bouvard y Pécuchet, éste último le dice a su inseparable: “lo Absoluto es al mismo tiempo el sujeto y el objeto, la unidad en la que convergen todas las diferencias. La sombra permite la luz, el frío unido al calor produce la temperatura, hay un principio que divide otro principio que une”. De nuevo Eliot, la primavera en el invierno tiene su estación.