lunes, 21 de marzo de 2011

Extenuado por asuntos volátiles, me dispongo a escribir acompañado de una copa de vino italiano, exactamente un lambrusco de Mantua que hemos descubierto hace poco. Como en una conversión distendida, he dejado la voz en barbecho. Las ideas, las reflexiones, los poemas que han invadido los días de antaño se han arremolinado como en una suerte de crisol armónico. Todo parecía poseer la cadencia de una música oculta encerrada en una tumba negra.

Ahora suena la música de Fletcher Henderson y su banda de jazz. En la perfección de sus interpretaciones pergeño una huida, una huida hacia no se sabe dónde. Los metales acompasan la acción con lengua de cobre y la madera otorga la calidez a la melodía de gran avenida. el clarinete de Benny Carter se confabula con los agudos para ofrecer una delicia. Al unísono, la música parece un pasaje especular, trufado de ritmos que la penetran y le dan forma. La música es formarse en movimiento siendo. Es así como me pienso, atravesado de continuo por lo que me trascenderá aun dejando de ser.


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Desde luego, cuando uno lee poesía durante cierto tiempo sin cesura, abandona cualquier otro género. Me está ocurriendo desde hace unas semanas. Un libro prodigioso por aquí, una relectura necesaria por allá y el descubrimiento de nuevos libros acullá. Hay en la poesía una verdad depositada que no existe en otros géneros literarios. No sé si por su cercanía a la música o por su origen compartido como lírica, pero todavía anida en lo poético una extraviada presencia que proviene de los hombres y los devuelve como humanos.