martes, 19 de abril de 2011

Son las cinco de la mañana. La noche se muestra reluciente, acaso inflamada por las nubes de acero. Las entrañas me duelen, mas no me resigno a levantar la cabeza y observar a M. dormitando en la oscuridad. Su respiración parece la de la madrugada, la de la noche blanca, la de la noche invadida de sueños y templos, de piedras y melancólicos jilgueros.

No puedo dejar de recordar que el manuscrito de San Juan, en Sanlúcar, ya puede visitarse. Así lo han decidido las carmelitas descalzas que lo custodian desde siempre. Toda la noche pensando en este encuentro que me persigue desde que fui niño, desde que alguien mencionó su presencia no ha dejado de estar en mi vida la figura del poeta y del místico. De una u otra forma, turbado en una candente ensoñación, el mundo ha dejado de ser mundo para poder escucharlo, ha dejado sus bagajes y sus pertrechos de insólita tierra para adentrarse en mí, profundo, delicuescente, hasta decirme las palabras secretas que dirán lo que fuimos. Hoy tengo el secreto guardado de mí mismo... y sigue M. durmiendo como una música de Corelli que se pronuncia eternamente en la respiración de la noche.

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Acaso la armonía es la estancia de la palabra poética. La que sostiene la arquitectura de la belleza implícita. La armonía entendida como la trayectoria ajustada de los sonidos o las renuncias, porque en ella siguen existiendo los silencios. La armonía con su poliédrica faz, con su incalculable designio. Como una vasta aurora, nos precipitamos en ella cuando la advertimos, pero qué difícil su acechanza, qué difícil aprehenderla y decirla y silabearla.

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Libros amontonados encima de la mesa. Páginas de hombres diversos que fueron el mismo. Volúmenes que aguantan la imprudencia del deseo. Sostengo uno con mis manos y el resto los mantengo en vilo con el alma. Es tiempo ya de renuncias y esa es la vejez. Porque uno no puede escribir sus memorias en la juventud, solo le queda inventárselas, pero, ¿qué se hace en la vejez si no reinventar lo ya vivido? Al fin todo se iguala, como en los versos de Manrique, y es la edad lo que nos reconoce como hombres, la edad del espíritu, digo, la interna música que nos hace fugitivos y tiernamente muertos de antemano.

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Debe ser este cielo turneriano que observo en la desembocadura lo que me hace variar la sintaxis. La retuerce hasta que expulsa un rojo de ceniza. Incluso la semántica, esa franja de la palabra pensada, esa estancia del verbo en la idea, la reconozco impropia. Pero es necesario, de vez en cuando, airear lo que siempre decimos, porque siempre decimos lo mismo. Dar nuevos giros y bríos en la espesura de un diario. Elipsis de verbos, anáforas incesantes, oxímoros que completen el absurdo. Como ahora, que duermo en la mañana el sueño de la noche y soy el horizonte en que se vierten las miradas del que fui.

lunes, 18 de abril de 2011

Algunos me reprochan el tono de estas páginas e incluso la grafomanía que me incita a escribir a diario. No escribas tanto, no se sabes qué escribes, para cuándo la novela, deberías dejar eso del blog y dedicarte a algo más serio, no gastes las energías en esas menudencias, son algunas de las afirmaciones que algunos allegados se atreven a mencionar sin cuestionar sus repercusiones y su trascendencia en mi persona. Ya Javier Marías escribió toda una novela para hablar del caso, de esa percuciente presencia semántica de las palabras que las personas importantes pronuncian acerca de uno sin tener el más mínimo recato y sin conocer el alcance de las mismas. No sucede otra cosa ante estas circunstancias que me reafirmo y que cuando comienzo a escribir en este trópico, de cieno cervantino y luz juanramoniana, me siento pleno, satisfecho y capaz de pronunciar las sílabas que pertenecen al silencio aunque solo sea en soledad…porque la escritura pura, la que dice lo oculto y tantea el abismo, es la soledad del caminante.

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Hoy, por ejemplo, he querido retener el primer empuje y las incipientes ganas de escribir para comprobar hasta cuándo puedo existir sin ello. En estos casos, utilizar un adverbio, ya sea de tiempo o de lugar, no es lo que se ajusta más a la esencia de la escritura, pues todo esto no es más que trabajo en acción, presente sucesivo. Quizás es esa la fascinación por escribir, la de la espontaneidad y el riesgo. El ejercicio de escribir la lectura me es primordial para unir una cosa a la otra, para que lo leído encuentre asidero en lo escrito y para que lo escrito sea sustancia recreada de lo leído, para ir configurando el haz y el envés de los días.

Llevo toda la jornada leyendo distintos volúmenes. Esta mañana terminé de leer un libro de poemas en el que voy anotando las impresiones, los desajustes, lo que cambiaría si fuese mío. Lo hago con cariño, movido por la prudencia, pero ha sido emocionante entrar en la catarsis, -como un violín mojado-, y hacerse poeta en otro.

Después de eso, Trapiello, Marías, Tolstoi, Rilke, Pessoa y Virgilio. Por último, agarré el volumen de Dante y comprobé que la maravilla se mantiene intacta. En ese trasiego de lecturas, no pocas veces me vi citado por la anotación y, para ello, utilicé el cuaderno que me acompaña. Tomé notas, copié líneas, incluso comenzó a brotar los primeros indicios de un poema. Todo se anuló con los primeros aullidos de la luz penetrando por la grisura del cielo.

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Después de todo, sigo pensando que Parménides era un poeta que intentaba definir la poesía.

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En este conato de cesantía de la escritura que he perpetrado hoy, no he querido decírselo a M. Ella está aprovechando estos días de descanso para leer algunos libros en italiano. Cuando la observo reclinada en sofá, tan ensimismada, deseo que sus pupilas se claven en mí como lo hacen en las páginas y que su quietud me pertenezca a mí como le pertenece a la ficción que la sostiene. No he querido decirle que iba a renunciar a escribir el diario hasta que no lo consiguiese, pues estas horas de escritura forman parte ya de la rutina de la casa y ella, mejor que nadie, sabe que cuando comienzo a escribir no puedo hacer nada más. De esta forma, como ella es la que guarda el tiempo para que estas letras vayan fraguándose, la que otorga, no podía comunicarle la intentona que ya sabía fallida de antemano. Ahora, que está a mi lado, voy narrándole, paralelamente, qué estoy escribiendo en el momento y ella no deja de reírse de estas aleladas anotaciones de amenazas juveniles. Así, con las risas y las amenazas no cumplidas, el gris y áspero mundo, tan violento y desatinado, va encauzándose así, sin vaticinios, sin prefijos, tal y como deberíamos entendernos a nosotros mismos.

domingo, 17 de abril de 2011

Cuando alguien intenta arrimarse a la gracia sin tenerla, cuando pretende impregnar sus líneas de frescura y espontaneidad, son marros sus páginas. Cada vez creo más en el talento natural y, por ende, en el reconocimiento de su falta. Es decir, debe uno caer en la cuenta cuanto antes de que no posee esta o aquella cualidad. Forzar lo que uno no posee, en esto de las letras, es demasiado descarado, ya que la literatura otorga, pero también humilla. Solo hay que leer algún poeta que pretende convertirse en poeta o las primeras páginas de una novela que ya es mediocre de antemano. Ocurre lo contrario en los primeros empujes de una obra lograda, como en una música armónica, los primeros compases abren el alma a una cascada de emociones y de codificaciones de la belleza que nos dejan perplejos, estupefactos. O una pintura que envuelve y desconcierta, es desde la primera mirada una figuración bella del mundo.

Cuando uno lo hace ajustándose a sus virtudes es cuando se produce una aproximación a la armonía. Ese levantamiento misterioso que reúne y reconcilia lo que nunca intuimos y lo que nunca antes había pervivido ni siquiera en los sueños, en la muerte, en la vida, acaso.

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El otro día, mientras paseaba por la orilla y el río terminaba su discurso entregándose al océano, comprendí por qué lo trágico supera a lo humorístico o lo irónico. El hombre es ruego constante entrecruzado de aspiraciones infinitas, pero con material finito. Lo cómico y lo humorístico es precisamente la condición de lo efímero, porque una broma o una escena humorística o irónica se pierde en cuanto se dice, pero lo trágico, ay, lo trágico, es la sustancia que no recorre y percute de continuo. Así lo vieron los griegos, que lo descubrieron todo.

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Puede decirse que Trapiello se expande demasiado en sus escenas en Las Viñas o que sus páginas a veces parecen cansinas repeticiones de lo misma fórmula o cualquier otro argumento para renegar de la lectura de sus páginas. Sin embargo, hay una cuestión innegable. Sucede que su prosa es tan potente y abigarrada que, como con los directores de cine que son prodigiosos, uno no se cansa de ver las escenas, de contemplarlas y releerlas, porque son tan justas verbalmente, que solo cabe el regocijo.

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Con Paul Valèry me ocurrió lo que con Bach o con Rilke. Ellos, y otros tantos, abrieron tal abismo en mi vida después de la experiencia de su obra, que todavía hoy los asumo como nonatos en la experiencia. Quiero decir que la música de Bach cumple la virtud de lo divino, se renueva a cada momento. Y con Rilke, por ejemplo, no puede el hombre que lea su poesía seguir viviendo sin más después de ese trance.

Recuerda Sergio Pitol en El arte de la fuga que Thomas Mann, mi admirado Mann, esbozó una novela cuando tenía vente años, una obra que no terminó hasta cincuenta años más tarde. Claro, Doktor Faustus es una obra que otorga la inmortalidad a cualquier escritor y, por eso, la demora, los repliegues, las ausencias, las elipsis en la creación hay que tomarlas como parte intrínseca de la fertilidad. Es por ello por lo que adoro a Valèry, porque siempre tuvo presente que la prolífica obra de un autor no debe dejar de mantenerse viva, especulativa y errante. Como él dejó en sus cahiers: “Un buen poema es silencioso", y yo creo que la creación más solemne es la que deviene de la ausencia y el retiro para edificar lo que de tráfico y humano soportamos.

jueves, 14 de abril de 2011

He vuelto sobre algunas páginas de Introducción al vocabulario de Platón, de Gregorio Luri. Exactamente he releído lo concerniente a lo que el autor cataloga como “No escrito”. Luri recuerda un famoso pasaje de Timeo en que se dice: “Del principio o de los principios de todas las cosas o como quiera que tenga que llamarse eso, no diré nada”. En el momento en que he vuelto sobre estas líneas, he ido raudo a leer algunos pasajes del Tao. Las coincidencias, en este respecto, son prodigiosas. Lo que no puede nombrarse pertenece al silencio, lo que pertenece al silencio –la belleza plena, la conciencia, el amor, el conocimiento- serán siempre las fuerzas teleológicas que nos sostengan mientras nos mantengamos con vida. Por eso, cuando uno tiene conciencia, lo hace hasta los tuétanos, con el alma toda, y por ese motivo el conocimiento que puede transmitirse, de orden científico, solo es asombro, apesadumbrado, insuficiente excavación en lo inabarcable.

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Decir mucho con poco es una fórmula desafiante, pues la palabra no se conforma con su insinuación, siempre aspira a desbancar la realidad y lo innombrable. El que hace uso del verbo no sabe que la lengua es un reflejo de la mentalidad humana o que la mentalidad humana no es más que un reflejo de la lengua. La lengua aspira a todo y por todo es capaz de sacrificar la paciencia y el conocimiento del hombre.

Así las cosas, la poesía es un género de resistencia, que apacigua y medita, que mantiene y sopesa con la cadencia necesaria. Un poema no es un ejercicio de la lengua, es una pirueta de la conciencia humana, porque nunca llegará a decir lo que quiso, solo a tantear, insinuar, acariciar de soslayo. Y con eso hay que conformarse, porque el que prosigue cae en la riendas del desboque, de la inconsciencia.

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Definitivamente, los días se componen de dos o tres zamarreos que nos espabilan de repente, que nos expulsan un aliento pútrido y desasosegante. Sin embargo, a veces se cruzan otros que sin quererlo ofrecen momentáneas alegrías o conversaciones fructíferas. A pesar de que esto no sea lo común, debe uno atenderlas con esmero, entusiasmado, haciendo de la vida algo extraordinario a pesar de su ordinariez, y provocando un ictus feliz, aparentemente feliz en el devenir del tiempo, por muy poco que este valga en un reloj.

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Hoy, por ejemplo, ante la euforia de un grupo, me he sentido estepario, alejado, casi marginal. Así lo he deseado ante la festiva actitud del grupo que celebrara un acto que para mí es la vitalidad. Piensa el que no lee que cuando se arrima a un libro los demás querrán saber qué está haciendo y qué le ha llevado a ello, a esa tarea tan solitaria. Sin embargo, el lector, el lector de fondo, cuando habla con otros compañeros que comparten la misma condición, jamás pregunta sobre lo que se supone. Es poético en definitiva, la posición del lector de fuste, porque con sus elipsis, hace refulgir la acción de leer. Lo complicado viene cuando, esos que leen a tirones, obras de escaso valor literario, de vacuidades diversas, se alzan como adalides de la lectura y quieren, además, manifestarlo en público. Es ahí donde, como Borges ante el amor, tendré que ocultarme que huir, porque no tendría lugar una manifestación oral sobre qué es la lectura en ese foro.

Esta anécdota, que otras veces he referenciado, puede extenderse a otras tantas actitudes. El que no dice o habla o comenta lo que hace parece que no nunca lo hizo. Y van a ser verdad esas palabras de Orcar Wilde que decían: “Lo que no se comenta no existe”. Porque uno, que comenta poco, que dice poco, nada, en mejor decir, tiene que soportar que la mediocridad lo invada, lo embadurne y lo execre como un plancton marino que merodea por el lugar. No es así, no, pero como un verso paciente, prefiero la satisfacción personal, intrínseca, solitaria, silenciosa, a la algarabía, el guirigay y la demostración en público de mis carencias, que son todas. Sigan, pues, los mediocres avivando la llama de su ignorancia, expóngala en público, será un espectáculo patético, pero también un índice de qué está sucediendo con el hombre.

miércoles, 13 de abril de 2011

Traslado las anotaciones realizadas a mano en mi moleskine a este diario, porque allí son hojas sueltas de una emboscada, aquí, a lo mejor, hilazón de un recorrido. Son versos de distintos poetas, antiguos, los unos, modernos, los otros. En cualquier caso, poesía.

Yo había abierto mi ser a la mansedumbre,

vaga la armonía por el valle,

lo pensado todo,

silencio errante,

con todos sus ojos ve la criatura lo abierto,

el estar sobre el dorso de sí mismo.

martes, 12 de abril de 2011

Ya en los primeros trancos de la prosa de Los enamoramientos, de Javier Marías, advierte uno que la novela es otro prodigio narrativo del novelista. Uno, que lo ha leído casi todo del autor, pero que guarda con especial celo la lectura de Tu rostro mañana (quizás la mejor novela escrita en España española en el siglo XX), comienza a recuperar ecos, resonancias, melodías perdidas de esta prosa tan envolvente y majestuosa. Se ofrece en estas páginas una novela que aporta, además de todo eso, madurez en el punto de vista y virguería en el uso de los tiempos verbales. Marías es un narrador nato, no un prosista de diarios o de notas o artículos, sino un narrador como lo es Bernhard o Vargas Llosa. Los enamoramientos es un deleite para los que amamos esta prosa serpenteante, esquiva, meditadamente espontánea y condicional. Espero con anhelo la semana de descanso para poder terminarla como es debido. Felicidad. Días de novela dignas.

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La prosa es otra cuestión y en ella Trapiello es insuperable. Apenas sensitivo comienza con la recuperación de un fingimiento, el de vivir. Para ello se remonta a la inscripción que gobernaba el hospedaje de Leopardi cerca del Vesubio, sine sole sil(e)o, para advertirnos que el tiempo que permanece resguardado en las manillas de un reloj, acariciado por el minutero de un aparato incesante, no es más que el recorrido a diario de un fingimiento: nuestra vida. Apenas sensitivo es el maridaje de nuestro paso por la tierra y la conciencia que al fin alcanzamos de ella. Solo la literatura es el reducto de la memoria, pues la música es perpetua transparencia.

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Caben en mí todos los sueños, en mí todas las formas de tu ausencia. Las palabras que nunca fueron pronunciadas así como las visiones de la luz encíclica. No soy más que un recipiente ajeno de sí y que torna los mediodías en graves lamentos. Como esta luz que declina su presencia, arranco la raíz en donde fui una vez soñado.

lunes, 11 de abril de 2011

Lo primero de hoy, escribir. Es como volver a respirar después de varios días de asfixia en que no he terminado ni una sola línea, como abrir la ventana y provocar que una bocanada de aire fresco y oxigenado lo invada todo. Volver a respirar. Inspirar y espirar, espirar e inspirar. Qué palabras más envolventes y literarias, eso de la inspiración como el soplo que penetra tenue y tremebundo, pero que acaba dando los frutos inciertos de la creación. Entiendo como Rilke defendía la respiración con tanta vehemencia como territorio literario.

Ahora, en este banco del parque aledaño a la calle central de la ciudad en la que vivo, junto a la librería, leo las páginas del nuevo volumen de Trapiello, Apenas sensitivo. Me observo como una de esas cartas desbarajadas, es decir, como una de esas páginas que pudiera ser todas o ninguna, como un holograma desmarcado de la conciencia del cosmos que se evade y se disgrega sin más ni más.

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Qué bonito está el campo por estas fechas, el campo que atravieso todas las mañanas. Ya sus lomas pobladas de encendidos trigales, ya su tierra preñada de semillas apunto de bullir. Todavía queda la humedad rezagada del agua que se resiste a ser evaporada, porque la tierra la ha expulsado de su seno. La luz del sol busca rasgar el terruño como si estuviera tañendo un instrumento vaporoso. Las raíces, huelo las raíces de los girasoles, su penetrante poderío…y la aurora, pletórica y sinestésica, la aurora que amanece cada vez menos en mis pupilas.

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Esta mañana, con el profesor y escritor J.C., en Lebrija. Un puñado de alumnos habían leído su libro de memorias ambientado en la ciudad de marras y esta mañana vino al centro a tener un encuentro con ellos. Es agradable su presencia, pues otorga aires renovados y una conversación alegre y abierta. Sin saber cómo, cada vez que nos vemos hay una afinidad entrañable, sobre todo por mi parte, que se refleja en enfervorizadas conversaciones sobre libros, poemas, poetas y otras cuestiones. No cabe duda de que este profesor y poeta es un lector de fondo, bibliófilo empedernido. Hoy, por ejemplo, me ha regalado los tres volúmenes que editó junto a J.L. sobre Joaquín Romero Murube, el escritor palaciego. Cuando he llegado a casa, M.C. se ha alegrado mucho ya que ella nació en la localidad sevillana del autor de Siete romances. Realmente, no hemos podido hablar de muchas más cosas, porque mi horario laboral no me lo ha permitido, pero nos hemos tomado algo al término del acto y aún tengo la sensación de que me espera, algún día, el día que lo llame y pueda acercarme a su finca, en Lebrija, una conversación grata, culta, amena, sobre todo porque pienso que este señor es músico y poeta y en sus palabras de madurez siempre habrá, a la espera, el rayo luminoso de la senectud.

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No me interesan nada los escritores de mi edad, quiero decir, los que son de mi quinta. Sé que, algún adelantado, saldrá diciendo que es conveniente saber qué hacen los otros, qué leen los otros o qué piensan los otros. Nada. Únicamente de los que son más avejentados que yo y poseen cierta cualidad para la literatura espero algo. Solo en ellos confío el criterio y los consejos, solo en ellos. Cuanto más joven, más vanidad y menos poesía.

Hace dos días, por diversos motivos, alguien me recordó unos versos de un cuaderno que me publicaron en los años de Facultad, cuando uno comenzaba a eyacular versos sin sentido y acaso sin poesía, por el mero placer de sentirse auspiciado por la creación. Los poemas que forman ese cuaderno son nefastos, pésimos, realmente horribles, aunque formen parte de una época anterior. Por este motivo, cuando me recordaron algún pasaje, sentí un estupor y una renuncia inauditos. Obviamente fueron escritos por uno, pero eso no implica que deban ser defendidos por uno, no es ese el caso. Si algo tengo que decir de todo aquello es que fue una etapa de acercamiento, de deslumbramiento por la palabra y, en más de una ocasión, he manifestado la necesidad de cursar esa etapa por el mero juego de la palabra. Y eso es, en definitiva, lo que se ofreció, juegos y jugueteos sin más sustancia que me aburren y avergüenzan.

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Como escribió Romero Murube, en el romance del crimen: “la sombra quedó cosida/ con el cuchillo, a la carne”. Mientras, suena todo el día Debussy, las entrañas de su fauno. Ahíto por el trasiego de estos días pasados me envuelvo en la prosa lírica del escritor palaciego. Es así, con la sombra pegada a la carne, como suceden estas jornadas de incipiente calorina. Como si hubiera perdido el cielo y ya solo quedara como agua que se lo lleva la tierra.

viernes, 8 de abril de 2011

Dulce soñar y dulce congojarme. Semana de desasosiego pleno. Turbio horizonte. Deshabitada lentitud. Solo en el proceso de la escritura, en el enigmático movimiento silábico, encuentro regocijo. Regocijo de la huida, podría decirse, de la escapada a la espera. Dar cuerda a lo absurdo es peligroso, porque puede uno acabar encrespado en no se sabe qué delirio sin horizonte, los montes sonoros, la memoria encontrada en otra vida.

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Eso es escribir, la memoria encontrada de otra vida. Para esa tarea, recurre uno a la prosa almibarada de la observación. Ese ejercicio, que puede no ser siempre meritorio, merece que la prosa se revuelva y se evada como las olas irrumpiendo en un acantilado. Porque los hechos que relata serán pasajeros, de eso debemos estar seguros, y la fuerza que ensimisma la palabra solo es perenne cuando un lector las alienta. Mientras tanto, un libro cerrado, un diario peregrino, no es más que un acuerdo tácito del silencio y la observación. Quizás por este motivo la pintura esté tan presente en este diario que escribo desde hace años y que parece no agotarse nunca y no abandonarme nunca. Decía que, de la pintura extrae uno aquellos retales de la observación que predican la esencia. Un bodegón, un retrato, una crucifixión o un cuadro de Rothko terminan por convertirse en índice y paradoja que pueden extrapolarse a la prosa.

Pongo por caso esas líneas que aparecen en la llanura del folio reivindicando una reflexión sobre lo que uno dijo en la mañana o lo que opinó hace unos días o acaso advirtiendo que el libro que se lee incesante es una maravilla. Un prodigio solo para quien escribe, estaría en mejor decir. Un libro o una actitud más convenientes para el que suscribe estas palabras, pero en ningún caso para los otros que, en alguna ocasión, puedan leer estos marros que me persiguen.

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Hoy he querido verme desde el cosmos, he querido observarme desde lo más lejano para percibirme como lo más ajeno. Desde el cosmos no hay fronteras y todo en el planeta parece perecedero. No hay fronteras ni ideas que las fustiguen, como tampoco nadie vindica el amor ni la piedad. Así observados, desde la posición más alejada posible, el hombre es una mísera presencia inadvertida. Sustancia volátil, cósmica, sucedánea. Qué será de esta tierra ya caduca y qué será de los versos escritos.

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Una montaña de libros para unos niños, pasajes, libros abiertos, poemas de memoria, fragmentos de El Quijote, Picasso pintando, La muerte en Venecia, J.R.J., niños de 4 a 120 años, los libros de una vida, separadores e imaginación, palabras, reveses, pasarelas de ingratos, alguna ineptitud, silbo sin verso en cualquier caso…

miércoles, 6 de abril de 2011

Esta semana ha sido como un pasaje de novela folletinesca, cuando prefiero que las paginas de esta vida tengan el reposo de un libro de ensayos o de aforismos, es decir, que lo que suceda lo haga con mesura y haya que degustarlo detenidamente, una vez y otra, hasta que nos demos cuenta de que no somos capaces de pertenecer a su esencia.

Dentro de esa vertiginosa sucesión de acontecimientos, algunos han sido maravillosos, de los que jalonan una vida a golpes de entusiasmo y lucidez, pero entre tanta zarza, entre tanta mezquindad, estoy resguardándome. Son días de desconcierto y desarmonía. Porque la armonía es la pronunciación de la luz que nos invade y penetra hacia los días.

Ha llegado un texto que para mí supone una esperanza. Como si fuera un papel pautado en que hubieran escrito las notas de la partitura que debo hacer sonar en la vida. Al leerlas, fue como esa respiración que nunca cumplió su ciclo, que nunca terminó de abandonarme. Respiración mineral, renovadora a la que debo estar agradecido siempre.

Quizás Bécquer, poeta mal leído y reinventado, tuviera razón. Debe uno escribir en el sosiego, después de la eclosión, cuando el ser vuelve a su raíz primera. Es por eso por lo llego al diario comedido, con demasiadas reticencias para expresarme por libre, sin remiendos y por lo que estoy pensado en dejar de escribir ahora mismo. Agur.

lunes, 4 de abril de 2011

El mismo escribir pierde la dulzura. Sucede cuando la misma vida perjudica a la expresión de la vida. Probablemente, este yo que se declina en estas páginas no sea más que una proyección estética de lo que realmente soy, día a día. Me vivo, como decía Pessoa, estéticamente en otro.

En estos casos, pienso que la lógica de una vida imaginaria es la más real y placentera. Visitas de poetas, viajes a ciudades donde la niebla es una brigada de la calma, amoríos, música, piedra de cielo…que quien mejor nos conozca, si apenas nos conozca, que quien nos piense completos y entregados sientan el escurridizo siendo de nuestra vida.

Sería un triunfo de la vida poder ser contada o un triunfo del poema dejar en abierto la vida expresada. Como dejó escrito Petrarca: “Stanco già di mirar, non sazio ancora,/or quince, or quindi mi volgea, guardando/cose ch´a ricontarle è breve lóra.” Cansado de mirar pero no saciado, me volví a todas las partes contemplando tanto que no podré contarlo. Contarlo como fue percibido es una entelequia, porque la vida poética es una sucesión armónica y continua de difícil filiación y asentamiento.

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Vuelvo los ojos hacia lo profundo y solo podrán ver así. Los vuelvo hacia donde nunca tuvieron horizonte. El mundo comienza en la palabra, tiene su pórtico en sus sílabas, pero estas no esconden más que un silencio cósmico. Si alguien dejara de respirar, podría comprender qué es la poesía, porque cuando un poema arranca, cuando un poema comienza su acorde, una respiración nueva nos invade, transforma, resucita de la humillación de habernos conocido solo en la superficie. Volver a la mansedumbre de la música blanca.

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Esa mortal natura a la que se refiere Leopardi en el poema titulado "El ocaso de la luna". La paradoja humana de su naturaleza mientras la naturaleza es un ciclo de cierres y entrantes, de muertes y vidas renovadas. Los pájaros cantando, de J.R.J., el paso de la edad madura, para Leopardi. En cualquier caso, llega un punto en que el hombre deviene de su naturaleza para asimilarse a la naturaleza. En ese punto me encuentro estos meses. No desvío ni un ápice de esperanzas a la proclamación de mi vida. Más bien, la voy diluyendo entre la perennidad del que podrá mantenerse erigido más allá de sí mismo. Es este tema una obsesiva percusión de celeste timbre. Una percuciente reflexión que va germinando en poemas elegíacos que, como del rayo, han vuelto de la nada, de lo nunca presentido, para ser yo, total, enteramente.

domingo, 3 de abril de 2011

Termino de leer las últimas páginas de una recentísima Historia de la literatura porque creo que, en esas páginas que atienden a lo más próximo, es donde mejor se puede calibrar la calidad del filólogo o del crítico de turno. Digo todo esto porque escribir sobre el inicio de la literatura española a comienzos del siglo XX no deja de ser un ejercicio de recopilación, comparación y exégesis de todo un material ya ejecutado. Sin embargo, en la nuevas voces de la lírica o de la narrativa y qué decir del teatro, un filólogo se la juega con sus escritos, sobre todo si el profesional se deja llevar por otras cuitas que no sean estrictamente las críticas y objetivas.

Decía que, en esta nueva Historia, los señores que se han encargado de prepararla ofrecen no pocas páginas interesantes y renovadas sobre ciertos temas ya manidos en la bibliografía. En cualquier caso, caen en falta, en estas páginas últimas, por redomados y replegados a la pura descripción de los fenómenos.

Parece que, para esos capítulos de la modernidad y la posmodernidad y las tecnologías se han apegado demasiado a describir lo que existe en el mercado. Han reducido la literatura del momento a una simple nómina de autores que tienen, por diversos motivos, éxito mediático. Llegan a nombrar a una poeta que es tan nefasta y tan triste y tan insípida y tan poco poeta como la punta de lanza de la lírica actual. Así, por otro lado, mencionan constantemente al señor de la Nocilla y a los adláteres. En definitiva, todo el mérito que podían tener las páginas remozadas sobre Trapiello, Marías, Gil de Biedma o el postismo fondean hasta lo más bajo al término del volumen.

En estos casos, siempre recuerdo a los grandes filólogos y críticos de la literatura española que, en mi opinión, siguen sin ser superados. Pongo por caso a Alarcos, quien escribió un libro magistral sobre un contemporáneo llamado Blas de Otero; o a Dámaso Alonso en cualesquiera de sus páginas sobre la poesía de sus propios compañeros de correrías; o a Carlos Bousoño, Rafael Lapesa, Eugenio de Nora, al polígrafo Alfonso Reyes o al mismo Ángel Rama u Octavio Paz. Ellos, entre otros tantos, supieron desgajar de la literatura de sus contemporáneos lo que de profundo, novedoso y eterno aportaban. Ahora, con estos libros de filología mercantil, lo que tenemos son someros y reciclados pensamientos sin fundamento que solo pretenden asentar una historia falsa y desacreditada de lo que es la literatura.

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Ayer, por diversos motivos, estuve leyendo algunos libros de poesía mientras lo que sucedía era lo más alejado de la poesía. Para ello, decidí llevar en la maleta libros de Luis Rosales y otros tantos que habían llegado desde La Isla de Siltolá. En relación a esta última, puede decirse que la colección va tomando las hechuras de un territorio poético de calidad y bien asentado, sobre todo por libros como el de de Antonio Colinas, La tumba negra. Este tipo de publicación alza a un catálogo a cotas muy notables y provocan en los lectores las expectativas más notables. El caso es que el libro de Luis Rosales, que se publicó hace poco en Cátedra, ofrece una versión muy convincente y bien preparada de La casa encendida, Rimas y El contenido del corazón.

Agarré el moleskine que me acompaña en estas lides y quise anotar aquellos versos que podrían formar una galería de cumbres versiculares, esto es, de versos que han embalsamado la sintaxis en un solo orden. Pensaba uno que los versos serían menos, quiero decir, que terminaría por anotar dos o tres versos de relumbre, de aquellos que sacuden la memoria y la conciencia y son capaces de agrietar la sombra de una mente acomodada. Antes al contrario, tengo ahora una reunión multitudinaria de versos que serán de otras creaciones, palabras que irán acomodándose en la poesía de otro, filtrándose en el imaginario de quien escribirá, si los astros lo permiten, las oscuras procedencias de una elegía contenida.

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Después de todo, como decía Hemingway, un libro terminado es como un león muerto, deja de tener importancia, porque la preparación, el estudio, la ejecución, el disparo, el peligro ya forman parte del pasado. Sin embargo, en la poesía no existe esa linealidad de la prosa. No hay quietud en la ejecución, porque nunca el alma fue una estatua quieta, sino más bien agua cambiante, principio activo, como dijo Darío, es carne viva. Desde este perspectiva, es probable que la terminación de un libro de poemas no sea más que el principio o acaso un principio que demuestra una incapacidad, pero, cuando este último caso es el resultado, más de un poeta piensa que no es posible alejarse de lo dicho. Yo digo ahora y aquí, bienaventurado el que se aleja de lo que nunca pudo ser poesía, porque de él podrá ser el reino del silencio.

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Qué plena la mañana con las luces plantadas como un himno secreto de los árboles. Qué plena y qué apaciguada la conciencia con tan solo un silbo peregrino de algún pájaro, con tan solo una rama abisal de la conciencia. Como una llamada de tumba en lo perenne, ha escandido lo oculto su presencia entre las manos abiertas de mi boca y entre la luz apaciguada de ciencia llena.

jueves, 31 de marzo de 2011

El lugar en que uno escribe debe ir acomodándose irremediablemente en la prosa de cada cual. Recuerdo que en la casa de Lezama Lima, en La Habana, me quedé estupefacto cuando nos dijeron que los objetos (cientos, miles) que estaban situados en la casa del creador de Paradiso coincidían con páginas enteras del artefacto lírico. Muchos de los objetos allí presentes habían ido configurando una espacialidad que, en manos de la literatura, había ayudado a que la creación brotara con una forma previa y anclada en lo más cotidiano. Los ídolos, las plumas, los libros, los vasos, la máquina de escribir aparecen como satélites que giran alrededor de la creación.

Escribo todo esto porque, hoy, lo hago desde un lugar poco habitual y que además tengo por inapropiado. La escritura es tan potente, sin embargo, tanto lo es la concentración y el vínculo, que he agarrado un teclado y he comenzado a engavillar una frase por aquí y una idea por allá.

Con el libro de Joyce en la maleta, esperando a que prosiga la lenta lectura de sus páginas, he decidido encender un aparato de música y escuchar, sí, aquí, en soledad, en este salón, So what, de Miles. Sus notas siempre me parecieron tercetos encadenados, notas que habían conseguido aunar la brillantez del sonido con la espontaneidad y el brío del jazz. Suena Miles y acabo de leer un correo electrónico que me ha contentado el día. En él he tenido noticas de que un escritor al que admiro tanto, acaso el mejor prosista de las últimas décadas, ha leído algunas líneas de este diario y lo ha hecho con placidez. Al enterarme de la noticia solo he podido sentir cierto estupor, una sensación contenida de vergüenza y desesperanza. La misma desesperanza que me sobrevino cuando, hace dos días, quise lanzar al viento algunos poemas que se habían enquistado en las retinas, en los reflejos huidos de una pira. Necesitaba la córnea de otros para poder proseguir en el lance, pero me he sentido por ello infame, un desertor de la privacidad y un usurpador de la voluntad ajena.

martes, 29 de marzo de 2011

Podría decirse que es la primera lectura a conciencia que realizo en una lengua que no es la española. No tengo en cuenta la lectura de poemas sueltos de Yeats, Eliot o Whitman, o ciertos textos aislados que hubieran llegado en lenguas antiguas, románicas o de otro pelaje. Con este libro de Joyce la cuestión es diferente, hay simbiosis. Será porque llevo unos meses con el estudio del idioma o porque necesitaba, precisamente, esa traslación a otro universo lingüístico por lo que comencé a leer hace una semana A Portrait of the Artist as a Young man, de Joyce. Es la primera vez que he conocido la satisfacción de la espera, pues este libro no podría haberse leído en otra lengua. La espera es el proceder del artista, pues su postura ante la realidad es de contemplación y sosiego.La experiencia está siendo fabulosa, excitante, porque me encuentro como un lector primerizo que tantea las palabras sopesándolas detenidamente, analizando sus sonidos, su sintaxis excéntrica, sus repeticiones semánticas. A portrait. Eso es lo que necesitaba, un retrato renovado de lo literario.

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Toda pira contiene los restos de un cuerpo difunto inorgánico, yacente. Es por eso, por lo que considero que todas estas páginas inorgánicas y hueras que va uno escribiendo, deberían terminar en una frondosa y espumosa pira. Colocaría dos monedas para el barquero, una en cada inválido sintagma. Para la poesía ni siquiera necesita uno las monedas pues el barquero es virtuoso y sabe, por la experiencia, tratar con los desafíos.

Un libro es una pira antes de ser escrito, una poderosa llama que se advierte en los adentros,- como las pinturas de Turner-, que se trasluce en la declinación de unas palabras fugitivas. Un libro de poemas es una renuncia, pero si además, uno tiene la conciencia de que los poemas son zafios y algunos indeseables, la conciencia percute insostenible. No hay cesárea para este trago.

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Uno de los capítulos que más me ha agradado del libro de Schama es el concerniente a Turner. Tengo ahora el recuerdo de la visita a la National Gallery, en Londres, este verano. El otro día le dije a R., a quien debo no pocas satisfacciones personales y el subterfugio para los días, que Turner fue un estallido en la sala cuando contemplamos su pintura entre el gentío. En la Tate ,cuando vimos La muerte sobre el caballo pálido, comprendí que se había producido un cambio en la concepción de su pintura y que, sin embargo, mantenía la ejecución, así como en Estudio para el saqueo de una gran mansión (Petworth).

Turner, sacudido por los males de la artritis y el asma, llegó a pintar un boceto que adquiere la categoría de obra artística, a saber, Desastre en el mar (El naufragio del “Anphitrite”), de 1835, una obra que ha quedado, como las esculturas de Miguel Ángel, apiadada por la fuerza que sigue brotando de los trazos primerizos. Esa pintura es una fascinación de la ceguera, es apología de lo visual, ensueño del mar que está en sí mismo, todo, es la geometría del color, el estallido de lo quejumbroso. Un cuadro que conecta con otro posterior, de 1840, titulado Barco de esclavos y que declara las intenciones primitivas de Turner: la denuncia política por la esclavitud. Como dice Schama, esa pintura nos ataca el nervio óptico. Y como escribo ahora, lo ataca y los subvierte.

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“Quien no tiene en alta estima a su maestro,/ quien no ama lo que para él es un espejo,/ pese a su inteligencia se hallará en gran extravío”, con estas palabras advierte el Tao de la importancia que reside en el aprecio de las virtudes de quienes pueden ser nuestros maestros. Así, he llegado a la conclusión de que hay que rechazar lo grandilocuente, lo extravagante. Con lo que dice este libro milenario tendríamos para estar pensando varias vidas: “Con la pura quietud se lleva la paz el mundo”. Esa paz es la que anida en las grandes obras del arte por muchos delirios que quieran presentar. La pintura es silencio, la poesía deviene de él, la escultura es quietud, la música convoca los inicios de la quietud y los vuelve a recoger en un haz de armoniosa trascendencia..

lunes, 28 de marzo de 2011

Con la templanza armada y con el sosiego necesario, cada mañana comienza uno disponiendo su vida. A decir verdad, cada vez siento menos míos este suceso y esta trama. Así, los pronombres, que tanta alegría dieron a Salinas, acaso me resultan islas desaparecidas. No existo en el pronombre como tampoco lo hago en la conjugación. Más bien, sucedo. En cualquier caso, asisto impávido a este trasiego cada vez menos solemne y más deshilachado que llamo vida y que dicen que hubo un tiempo en que fue mía y la viví.

Soy satélite y ahora respondo a lo accesorio. En los extremos es donde ejercito el pálpito y en donde ejecuto la palabra. Por eso nunca llamamos ciertamente y con exactitud a quien vivimos y lo que vivimos, porque, al final, vamos poseyendo lo que nunca fuimos.

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Así como la realidad deja de poseernos, los pintores se lanzan a desgranarla. Lo hacen por diversos métodos, pero quiero atender a la pintura de Van Gogh. Dice Schama que el pintor del trigo realizaba una obra desde el pensamiento y que, a diferencia de los que se mencionan en el volumen, ejecutaba una pintura conceptual desde el comienzo que iba tomando cuerpo en el lienzo lentamente. Es decir, había en la mente del genial artista un engendro previo, un bastión mental desde el que se proyectaba luego su más soberbia disciplina y la técnica más personal, a pesar de que esta fuera atrofiada y tuviera que encaminarse por caminos poco explorados. No observar con los ojos, no oler el trigo en el verdor del día, sino concentrarlos en la cabeza, en la memoria, hacer zumo de la mañana luminosa…es el Tao, de nuevo, el que vibra.

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En no pocas ocasiones, debo mantenerme más firme en mis trece. Lo que sucede es lo siguiente: si converso con alguien a quien considero que no puede ir más allá de los argumentos que me está desplegando, termino por auxiliarme en el silencio y por alejarme del reproche, pues bien sé que todo intento de diálogo será insuficiente. Por el contrario, cuando atisbo que un interlocutor interpela desde la sugerencia y la inteligencia, comienzo forzar el debate, ya que estoy seguro de que terminaré por aprender si en mis palabras ven los otros a una mansa fiera a una redimida persona.

domingo, 27 de marzo de 2011

El caso es conocido, pero lo ignoraba, como casi todo. Por eso este libro de Simon Schama me está aportando tanto, porque se aleja del romanticismo biográfico sin olvidar que en la vida de cualquier hombre puede darse la vida de la humanidad. Es precisamente esa suerte de metonimia la que se defiende en todas las biografías artísticas que se van trenzando, desde Caravaggio hasta Rothko, pasando por Bernini, Rembrandt o Turner. Es cierto que echo en falta más presencia española a parte de Picasso, porque la vida de Velázquez, pongo por caso, bien vale la escritura de un drama. En este sentido, Tiziano o Vermeer son otras figuras que me hubiera gustado leer en este fascinante relato (porque es un relato sobre pintores y sobre el arte) que tan notablemente ha sido ejecutado.

Toda vida, como dice Galdós, lleva su novela, por lo que visto así, cualquier vida, máxime cuando se trata de un artista (que la maltrata, la deshecha, la desvive, la tritura, la revivie, la metamorfesa, la aleja, la aprieta,…) lleva una tragedia griega.

El caso al que me refería al comienzo de estas líneas era el de Caravaggio, el pintor que asesinó a un individuo. Recuerda Schama que cuando Caravaggio volvió de su estancia en Sicilia, comenzó de nuevo a verter en sus cuadros la extravagancia y la desmesura, la visceralidad religiosa que lo caracterizaba. Por su asesinato, se dictó una pena capitale que prometía una recompensa por la cabeza del asesino fugitivo. El pintor había tomado una falúa, que zarpó de Nápoles, en dirección a Roma, donde esperaba encontrar el perdón y en la que fue cargado con no pocas pinturas. En el pueblo de Palo, el jefe local, que no tenía noticia de su causa o que lo confundió, determinó su encarcelamiento. Caravaggio permaneció allí hasta que entregó todo el dinero que llevaba encima, pero era demasiado tarde, la falúa, con las pinturas que portaba (sobre todo para Scipione Borghese) había zarpado. Inimaginablemente, una de las pinturas más prodigiosas de sus últimos años iba en ella, David con la cabeza de Goliat.

Imagino al personaje purpurado, inserto inconscientemente en una serendipia, observando estático, la cabeza de Goliat chorreando sangre y la mirada desconsolada, redimida, de David, con la espada en mano y toda la inclemencia del claroscuro.


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Tanto se habla de ella, de sus designios y futuros derroteros. Tanto se especula sobre su evolución y de cómo debe escribirse en estos años, que me pregunto si en la poesía, en la que no hay duda de su presencia, ocurrirá alguna vez esto mismo.

Una novela es un ejercicio del raciocinio. Ella jerarquiza, ordena, dispone la realidad, haya sucedido o no. Desde este punto de vista, la novela ha dejado de reflejar lo que el espejo en el camino, porque la sociedad así se ha desarrollado. No hay espejos, sino virtualidades. Y siempre he pensado que los espejos más potentes son aquellos que se encuentran en las oscuridades, porque nunca nadie supo qué estuvieran respondiendo. Toda claridad que se deja apreciar sin la confabulación de los ético y estético termina siendo mera circunstancia, reflejo fugitivo, estancia breve. No importa esto en la literatura, porque el espejo lo que debe hacer es mantenerse en el ángulo preciso y exacto y pronunciar los silencios que advierte.

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Leo este libro y aquel, releo los poemas de otros maestros antiguos, retomo pasajes de novelas predilectas,... una línea de Platón los supera, una perspicacia de Heidegger los arrasa.

¿Para qué tanta medianía?, ¿Porqué no se empeñan los escritores en dejar la esencia y aislar lo aleatorio y anejo a un lado?,... quizás en el cajón o en el pequeño fuego en que arden, por ejemplo, estos poemas que escribí hace un año. Si algo queda de ellos, deberá aparecer en la memoria. Si ello no sucede, mejor será haber mundanizado la obra.

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Al final, el libro de poemas de E.S.R., me ha parecido más endeble de lo que había pensado. Hay poemas de una solemnidad estremecedora en los que se desarrolla una poesía natural, abierta, plena, cadenciosa. Sin embargo, hay poemas que tientan en lo que nunca arrojará poesía y en esos poemas, que el autor debería haber arrojado a una fogata, el libro se pierde en moralinas de poca monta. Los poetas no pueden confundir los géneros y los cauces por los que se dicta la palabra, el que quiera decir o exponer una tesis que escriba un ensayo, porque si no es así, los poemas terminan por recordar a las humoradas de Campoamor o a los poemas de los poetas del dieciocho, esto es, lo patético y triste.

Sin embargo, el libro de A.C. que acaba de publicarse en Siltolá, es un dechado de poesía, un alegato de lo que un aspirante debe mantener junto a su mesa de noche. Poesía. Sí. No de las que habría que arrojar al fuego, sino de las que arrojan fuego y luz en su lectura.

viernes, 25 de marzo de 2011

Querido Iam:

En cualquier caso, me sostengo con pocos hitos durante el día, a saber: la mañana que vislumbro entre las cepas y las lomas al amanecer; los versos y algunos párrafos sueltos en los libros; el amor; la memoria; a veces, la conciencia de entender mi ser. La amistad es una vuelta al origen. La admiración es el reconocimiento.

Caigo en la cuenta de que cada vez tengo la manía de registrar o enumerar acontecimientos, como si fueran momentos estelares de una vida privada, por lo que tiene de luminosa y de salvable. Acaso esa luminiscencia no exista y todo esto no sea más que un giro especular intransigente que azota la vanidad y la derrite.

Así las cosas, prende uno unas sílabas, las precipita sobre un cuaderno. Les otorga descanso, cadencia. Les ofrece el silencio para que se maceren. El olvido refulge de entre la vida como dador de ritmos…al final, leve música y leve amanecida en el territorio en que jamás debí aparecer.

Te mantendré informado debidamente,

Tú.

jueves, 24 de marzo de 2011

Hay una obviedad: la poesía pertenece a la lentitud, o mejor, la lentitud es una propiedad de la creación poética y del propio discurso lírico. Quiero decir, que su discurso abriga la cadencia meditada entre el vértigo y la desmemoria. Lo transitorio nunca le perteneció, por más que se empeñen los nuevos poetas, ni siquiera lo efímero, insustancial. Ella es todo, palabra y estación y devuelve a la palabra una plenitud y una osadía que la renueva por siempre y en cada lectura. No cabe en ella la improvisación, ni el manejo pertinente de sus rudimentos por la huera demostración de virtudes. Sólo es posible contemplarla, en silente pose, intentando escuchar su susurro para devolverlo a la palabra acaso como un reflejo, una imagen sobre el agua, un rastro y adiós. Es, por tanto, deseo de lo huido, rastro sonoro, huella amorfa, caracol sin mar, fósil del ser, remembranza sin éxtasis, conocimiento sin profundidad, amarga levedad en lo eterno.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Meditabundia.

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Probablemente me hice músico por la séptima sinfonía de Beethoven, no porque la considere la obra cumbre de la música, sino porque creo que, en el momento en que estaba escuchándola tuve una revelación, una armonía que me mostró el mundo. Nada ha vuelto aa tener de brillo de entonces. La imagen es la siguiente: la melancólica presencia del segundo movimiento atravesando a una persona de catorce años extasiada.

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Leo un libro que se titula El poder del arte, de Simon Schama. El volumen está vertebrado por ensayos acerca de ocho vidas que cambiaron la historia del arte. Todos ellos pintores, desde Caravaggio hasta Rothko. Lo compré porque, en uno de los paisajes iniciales, junto con un detalle de la cabeza de Goliat que sostiene David, retrato de puede leerse: “Sólo hay dos cosas que debemos saber de Michelangelo Merisi: es el pintor que ha llevado al cristianismo a su dimensión más física y material y que asesinó a una persona”. Al término de la parrafada inicial, repleta de claves interpretativas, dice Schama que el rostro de Goliat trasluce una inculpación.

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Por mucho que uno vaya trenzando, día a día, palabra con palabra, uno vago rumor del pensamiento con la convicción de que se irá formando una arquitectura ajena de uno mismo, la sensación es siempre la misma: la música del más allá en la ciudad del resplandor.Hasta dónde se extenderán no se sabe, ni siquiera qué verdad cifrada están resguardando. Es ir arañando sombras, arañando sombras y dialogando con un abismo.En muchas ocasiones, me encuentro con la convicción de dejar de escribir, mas no puedo efectuar dicho desiderio.

martes, 22 de marzo de 2011

Fisonomía de un día:

Las palabras y las cosas.

Lectura del Tesoro de la lengua castellana o española (1611), de Covarrubias.

Acopio de notas en un cuaderno en que pocas veces escribo.

Algún verso por añadidura. (Escribo poesía cuando la leo).

Poesía.

Algún mensaje feliz.

La luz de la tarde enrabietada entre los grises de cobalto.

Tentativa a lo eterno.

Enmudeció el estornino al intuirme junto a su lado.

Laxa meditación sobre la mediocridad.

Apuntes, reminiscencias.

Poesía.

Objetos para la noche: libros, música, cuerpos, el velo de lo luminoso.

Contemplación del cielo ahora que la calle se ha quedado sin farolas.

Después, la usurpación de los sueños (…).

Ahora, el silencio es lo demás en la casa encendida.

lunes, 21 de marzo de 2011

Extenuado por asuntos volátiles, me dispongo a escribir acompañado de una copa de vino italiano, exactamente un lambrusco de Mantua que hemos descubierto hace poco. Como en una conversión distendida, he dejado la voz en barbecho. Las ideas, las reflexiones, los poemas que han invadido los días de antaño se han arremolinado como en una suerte de crisol armónico. Todo parecía poseer la cadencia de una música oculta encerrada en una tumba negra.

Ahora suena la música de Fletcher Henderson y su banda de jazz. En la perfección de sus interpretaciones pergeño una huida, una huida hacia no se sabe dónde. Los metales acompasan la acción con lengua de cobre y la madera otorga la calidez a la melodía de gran avenida. el clarinete de Benny Carter se confabula con los agudos para ofrecer una delicia. Al unísono, la música parece un pasaje especular, trufado de ritmos que la penetran y le dan forma. La música es formarse en movimiento siendo. Es así como me pienso, atravesado de continuo por lo que me trascenderá aun dejando de ser.


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Desde luego, cuando uno lee poesía durante cierto tiempo sin cesura, abandona cualquier otro género. Me está ocurriendo desde hace unas semanas. Un libro prodigioso por aquí, una relectura necesaria por allá y el descubrimiento de nuevos libros acullá. Hay en la poesía una verdad depositada que no existe en otros géneros literarios. No sé si por su cercanía a la música o por su origen compartido como lírica, pero todavía anida en lo poético una extraviada presencia que proviene de los hombres y los devuelve como humanos.

viernes, 18 de marzo de 2011

Durante mucho tiempo, me acosté temprano. Tarde de cobalto y racimadas nubes. El sol postrado entre la calidez del naranja. Sus destellos son frugales sobre la piel y en las retinas, sin embargo, inunda su presencia los almíbares. El pájaro en la rama y el verde de plácida nitidez. Estampa perturbada, sintaxis del retorcimiento. Decir de lo perseguido. Balbuceo huero, búsqueda de continuo. Transitiva levedad.

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Todavía recuerdo el pasaje. Comencé a leerlo una noche cercana a julio. En Sevilla, el día había sido soporífero y tenaz. El calor lo había inundado todo y se me ocurrió comenzar a leer esa obra. Aquella situación extrema para el cuerpo beneficiaba al desajuste psíquico que la convoca. Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja.

Recuerdo que me levanté después de leer el párrafo y me dirigí al cuarto de baño del piso que compartía. Agarré una navaja que teníamos para comer el pan y el queso. Me coloqué delante del espejo y el párrafo comenzó a transmutarse, a penetrar en la conciencia hasta que una mano me apartó del espejo con tal brusquedad que me tiró al suelo. Siempre le he recriminado ese acto al compañero, pues me encontraba en el seno de la obra, justo en posición mental desde donde hay que precipitarse hacia ella.

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Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adrático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial. En su frente estaba escrito el signo de la muerte. Estaba el signo en la frente del poeta, del gran poeta de la antigüedad que ungió la poesía con la más noble y certera sustancia humana. En la nave su memoria, pero también sus complacencia. Su vida se había convertido en algo inoportuno para él. Para él, quien habitaba ya dentro de sí.

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El ser del mundo se hace girar en torno a lo ausente. Al igual que la literatura, el poeta coronado por Rafael en la estancia vaticana, supo decir al final de su obra lo que todavía ningún poeta ha escrito. Lo hizo sobre lo que no vieron sus ojos, sobre lo que nunca sintió, más no por ello dejó de intuir. Convirtió y agasajó las especulaciones y las certezas en ritmo poético. Embadurnó la palabra poética con las profundidades del ser, con lo absolutamente ausente.

jueves, 17 de marzo de 2011

Harón era el término que utilizaba mi abuelo para referirse a los holgazanes o a los perezosos del barrio. La usaba con mucha frecuencia y yo mismo la incorporé pronto en mi idiolecto. Es un término común en la familia y en el pueblo e incluso en otras localidades cercanas. Pertenecen a ese tipo de palabras que resguardan una época de tu vida o que sabes que pertenecen a un territorio concreto de la memoria. Cuando con el tiempo, y debido a diversos motivos, tuve que marchar a Sevilla, donde viví durante diez años, dejé de escucharla en la ciudad. Sólo permanecía viva en el piso que compartimos algunos sanluqueños.

Hasta esta tarde, llevaba mucho tiempo sin volver a escucharla y a deleitarme con la supervivencia de un arabismo en estas geografías tan pródigas de maharones. Maharón es, sin duda, un vocablo frecuentísimo que, sin embargo, sorprende en otras localidades de la provincia sevillana no muy retiradas de Cádiz. Acaba de ocurrirme lo que a M.C. que, cada tarde, deleitándose con el idioma italiano, me cuenta cómo hay palabras que le suscitan una emoción desconocida, un ensimismamiento precoz y repentino, como sucedió ayer con sventolare, toda la tarde precipitados por un el sonido y la significación de un grupo de letras.

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Leo un libro de poesías de un autor notable, de verso sereno y cadencia de dórico. Me embeleso al recitar la claridad de sus poemas tan simples en apariencia… es un buen libro, me digo, un excelente libro, pero, acabo de leer un libro de poemas de otro poeta, de un enorme poeta. Ante la potencia lírica de este último, el primero me suena a cascada desangelada, ya su claridad me es insuficiente.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Es uno de esos libros que pasan desapercibidos en la bibliografía de un autor del tamaño de Stefan Zweig, pero, sin duda, lo considero enjundioso y de una profundidad envidiable. En cuanto uno abre el libro, se encuentra con un golpetazo de lucidez, con un chorro de vivacidad e inteligencia inusuales: “Sólo cuando uno mismo haya dudado haya desesperado y dudado de la razón y de la dignidad humanas, puede alabar como una proeza el hecho de que un individuo se mantenga ejemplarmente íntegro en medio de un caos mundial”.

Un libro de la vida: “Una de sus más misteriosas leyes es que descubrimos siempre tarde sus auténticos y más esenciales valores”, que se despliega a la sombra de la obra del ilustre francés. En este puñado de reflexiones puede que estén encerradas algunas de las páginas más preclaras de Stefan Zweig. Pongo por caso el momento en que Zweig se refiere a la muerte del padre de Michel. Para el pensador francés supone la llegada de una herencia económica muy destacada. Es notable cómo el filósofo comienza a reflexionar sobre la gestión espiritual a partir de este momento. En la casa heredada hay una torre. Allí traslada su biblioteca. Lo demás, el fruto del pensamiento de un hombre que renunció a la humanidad, le pertenece a la humanidad. Soledad y trino.

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Mientras atravesaba las lomas, ojeaba una casa abandonada que puede observarse desde la carretera. Es de un tamaño considerable y su estructura posee grandes dimensiones. De pronto me acordé del poema de Machado sobre el hospicio y fui silabeando lentamente algunos de sus versos. Cuando no pude traer a la memoria más versos, estacioné el coche en el arcén de la carretera, justo en la entrada de un cortijo que se llama Majuelo. Anduve por el sendero de la entrada hasta que me arrimé a un árbol, pelado por el frío, en el que se cobijaba un pájaro. Al advertir mi presencia, el pájaro comenzó a moverse nerviosamente, de un lado para otro de la rama. Comenzó a cantar, a decir en el silencio de la mañana un mensaje de bienvenida y de plenitud por la belleza del momento. Entendí, en el canto del pájaro, que la vida ofrece ,en ocasiones, algunas migajas de felicidad y que, casi siempre, están vinculadas con algún orden estético de la percepción. era la mañana un rumor de raíces. Eran los versos de Machado los que se asomaron a la rama reseca y al plumaje de mi soledad.

martes, 15 de marzo de 2011

Hay una claridad que se nos junta en las palabras. Ocurre a la amanecida, cuando el campo está levantando sus faldones con la aritmética de la aurora. En ese instante, debe uno retirarse a escuchar el curso del río que nos atraviesa, el río profundo, la tumba negra que somos. Sin menoscabo de la memoria, conducimos entonces la vida hacia otra claridad. Es cuando puede uno decir "soy natural de voz, límpido de música". En mí se acrisolan las edades de la certeza. Y comienza uno a cantar a la vida, aunque sea con elegías y odas fútiles, a reconocer la belleza que quizás subyace bajo el vuelo de la luz. Sucede el milagro por el que el verbo renueva lo vivido y lo junta con el deseo, une las palabras en el ramillete de lo deseante.

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Leo el libro de poemas de E.S.R. como envuelto en el sueño del origen. Lo hago lentamente, como propone el libro su lectura. Me satisface encontrar tanta mesura en la poesía y la simpleza de lo profundo. En esta poesía, la naturalidad es una cualidad necesaria, porque no de otra forma puede decirse el ángulo desde donde avistamos el origen del sueño que somos.

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Siento la piedra de la tumba negra, tan benévola y tan rotunda. Siento su frialdad de magma, su estancado armónico de estatua. La respiración, siento, del muerto que lo lee en la eternidad de la tierra.

domingo, 13 de marzo de 2011

El ejercicio consiste en reunir unos volúmenes, sin más criterio que la afinidad electiva, dejarlos encima de la mesa y comenzar a escribir al albur de unos armónicos. Dice, por ejemplo, T.S.Eliot en Four quartets: “Midwinter spring is its own season, sempiternal”, la primavera en invierno es su propia estación, interminable, estación por sí misma. La rosa y el fuego siendo uno, unión de záfiros y de estrellas. Esta primavera comienza con el pensamiento, la regeneración del ser es un acto de presente continuo cuya forma verbal es el gerundio. No cabe el soy ni el fui, solo el siendo. Es la primavera más exacta y pendenciera, la que se afirma sin llegar a ser y sin haber tenido fin.

Exactamente lo que proclama el Tao en cuanto al hombre lleno de virtud. El hombre repleto de virtud, que la concentra en sí mismo y la desarrolla, es la primavera en el invierno con sus mecanismos: “El hombre de virtud superior no es virtuoso y por ello está en posesión de la virtud. El hombre de virtud inferior se aferra a la virtud, y por eso carece de virtud”. Por otro lado, los versos de Eliot conducen a una reflexión profunda en la que el hombre debe ejecutar una acción sin ornamentos y con una declinación individual y vertical. Algo que el Tao define de la siguiente manera: “los grandes hombres se atengan a lo que acrece y no a lo que menoscaba, se atengan a la esencia y no al huero ornamento.

La armonía es lo permanente, lo que de continuo crece y se expande hacia lo que nunca fuimos. Es el axioma de lo que una palabra nueva, acabada de nacer, ofrece al hombre. En ese espacio de imposibilidad para nombrar, la poesía conduce sus pasos ayudada de la filosofía y el pensamiento. Cuando la palabra ha fecundado la realidad, o ha sido la realidad la que ha fecundado al verbo, entonces comienza el decir estético y musical que consiste, ni más ni menos, que en poner orden armónico en lo que jamás comprendimos. De ahí que la música sea el más elevado proceso de entendimiento de la realidad que nos rodea y de la que todavía sabemos apenas su timbre.


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Si tuviera que rescatar, en estos momentos, una obra poética de las que he leído, no tendría duda. Aún no ha sido superada en su ambiciosa descripción del hombre y en la trabazón de su estructura. Tampoco hay quien haya aunado mejor lo eterno y lo circunstancial, lo moderno con lo antiguo, lo personal con lo ajeno. No hay quien haya dejado un descenso tan pedregoso y al tiempo tan sereno para el alma. Toda la obra, desde el comienzo, es una incesante percusión de la imaginación sonora. En ella los límites no son principio ni fin, más bien umbrales de renovación.

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Leo algunas líneas de Eugenio Trías con el asombro de siempre: “la música significa la posible transformación de esa masa elástica en vibración en sentido sensorial, emotivo, intelectual. La música puede promover la unión simbólica de sensibilidad e inteligencia, de idea y materia sin necesidad de palabras, sintagmas, construcciones sintácticas que hagan posible la performance de la significación”. ¿No hay en estas palabras, una prolongación de la filosofía última de Wittgenstein?

El ensayo de Trías sobre la música y su potencial simbólico vale por toda una teoría poética. Va más allá, pues sitúa la palabra al margen de su centro. No es ella la única vía de aprehensión y conocimiento del mundo. Por eso, el Tao y Eliot, después de tantos siglos, abundan en la primavera del invierno.

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En Asís tiene uno la certeza de que la piedra es símbolo inmutable. En cuanto uno pisa sus calles, deambula por sus recovecos históricos y se adentra, con silente reflexión, en el espíritu que la recoge, siente la particularidad del lugar. La primera vez que la vimos fue desde un balcón de Perugia al que acudimos después de atravesar una puerta etrusca de enormes dimensiones. Estaba reclinada la ciudad sobre un corazón verde, estático, desfigurado por el efecto de la lejana luz. Al día siguiente, cogimos el autobús y llegamos hasta su centro. Fue allí donde agarré el libro de R. Gaya y comencé a leerle a M.C. algunas impresiones del pintor: “en sus caminatas, San Francisco debió sentirse tan cercano a los yerbajos, de las piedrecillas, de los arroyos, que se inclinó sobre ellos como nadie”. Viene a decir Gaya que el santo interiorizó la naturaleza sin exaltados beateríos ni otras alaracas. Fue esa intensidad natural la que nos invadió de repente, sin presentirlo, apenas sensitivo, como el brutal lamento de una primavera en invierno.

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Emily Dickinson lo escribió en poesía. La naturaleza, el paseo, la interioridad, la respiración, la primavera, el invierno: “Nuestro viaje tocaba ya a su fin./ Los pies casi rozaban/ la impar bifurcación en la senda del ser/ llamada eternidad”. En puridad, la poesía y la música atienden a lo que no se puede tantear con los sentidos. Unas palabras de Confesiones, de San Agustín: “Lo cierto es que de las cosas que no veía quería estar tan seguro”. Por este motivo, escribió sus íntimas caminatas interiores, aquellas que sólo uno traza sin saber adónde conducen ni qué las sustancia. Lo que no puede pronunciarse es el Tao y la poesía es el híspido decir de lo oculto.

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Así Peire Vidal, hijo de un peletero, de Tolosa, nacido quizás en 1183 y muerto acaso en 1204. Decían de él que era loco y que creía verdad todo aquello que pensaba. Se dice que un caballero de San Gil le cortó la lengua debido a que decía que era el amante de su mujer. Después de este pasaje, fue curado. A pesar de la disparatada biografía escribió acerca de las fuerzas metamórficas del amor, del tema tan traído de la transformación de los amantes: “[…]E s´ieu sai ren dir ni faire,/ ilh n´aia.l grat, que sciensa/ m´a donat e conoissensa/ per qu´ieu sui gais e chantaire.” ("Y si yo sé decir o hacer algo,/ es gracias a ella, que ciencia/ y conocimiento me ha dado,/ y por eso estoy contento y canto.”). El furor, atendiendo a su étimo griego, como el movimiento interior de las primaveras.

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En un pasaje de mi admirada novela de Flaubert, Bouvard y Pécuchet, éste último le dice a su inseparable: “lo Absoluto es al mismo tiempo el sujeto y el objeto, la unidad en la que convergen todas las diferencias. La sombra permite la luz, el frío unido al calor produce la temperatura, hay un principio que divide otro principio que une”. De nuevo Eliot, la primavera en el invierno tiene su estación.

sábado, 12 de marzo de 2011

Sucede cuando me levanto demasiado temprano y el sueño transmuta todo en onírica presencia. Se ha sumado, a esta madrugada, una fiebre demoledora que ha detonado que el día toma varios perfiles, incluidos los momentos de la escritura. En esos días de tramas inconexas escribo varios textos en el diario, anotaciones, a lo sumo, que se unen por una vaporosa sensación del subconsciente. Poliédricamente el día sucede con voz de fagot. Pasa en el campo, en la mar. La noche y el día tienen mecanismos que ni el amor comprende. Son ocultaciones para el ser que tantea sólo por insinuación.

En cualquier caso, no entiendo la escritura como ensayo ni siquiera en un cuaderno de apuntes o un diario. Mucho menos en la poesía. ¿Podríamos hablar del tirador que ensaya en su casa los ajustes de la muñeca y la mirilla que desacierta adrede? Incluso en los disparos fuera de la diana n existe la intención de sacarlos de la diana. No cabe eso que algunos dicen del diario, porque solo ellos conocen los ensayos fallidos. La escritura consiste en levantar las tripas y ponerlas encima de la mesa; en punzar incisivamente en el ser que soportamos y decir lo oculto, decir lo no dicho o lo que se dijo, pero con otras palabras; en ejercer de oráculo en soledad, en la más plena y soporífera soledad; en acudir a la caverna de la conciencia individual para extraer lo que hace que seamos humanos y darle brillo, acrisolarlo; en sacudir los pleonasmos que nos invaden con los poetas mediocres, con los novelistas mediocres, con la literatura mediocre, la que se cree siempre en ensayo y nunca dijo nada.

Si todo lo que fue en un tiempo pudiera contemplarse como estatua, campo o semilla recogida en el surco de este cuerpo; si todo lo que fue un sueño vivo acabara brotando como magma de la noche, quedarían fundidos los otoños en la figura estática del verbo que pronuncia bendito este silencio. No hay verdad que pronuncie lo vivido como la muerte exacta del deseo.

miércoles, 9 de marzo de 2011

En el cuaderno de tapas negra aparecen unos versos que escribí esta mañana. Los urdí porque quería escribir poéticamente sobre el fulgor que descansa en las ramas de las encinas cuando el sol las abate y las abandona. Pretendía cobijar el rescoldo caducifolio que permanece más allá de la noche y la oscuridad a través del calor de los cuerpos y el reflejo de lo opaco. El juego especular que tan hondo se produce, cada día, en el ser humano.

Tan sólo hay un puñado de palabras y un par de oraciones bien encabalgadas. Fíjense que hablo de la poesía en pasado, pero ¿no es la poesía la suspensión de lo eterno en lo finito? ¿Cuándo arranca la creación poética y hasta cuándo perdura?

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Probablemente la creación poética sea el resultado de un ensañamiento de la memoria con dos o tres temas que nos han creado la conciencia. Es una disyunción entre el deseante y lo deseado. Aparece cuando el ser se encuentra ofuscado y resentido en demasía con los otros hombres. Y quiere el poeta, acaso sin saberlo, dejar musicada y rítmica la poesía profunda de un ser pasajero.

Hasta que no se macera la memoria y la conciencia a través del conocimiento, el poeta va acercándose a la poesía superficialmente. Gusta de usar sonidos extravagantes, de utilizar la imagen más original que conozca, de explorar, -como un niño hace con el habla-, las palabras que les resulta más atractivas únicamente por sus hechuras y su sonido en la boca. Le sucedió a Borges, a Vallejo, a Machado, a J.R.J., todos sufrieron una parábola hacia la claridad.

Poco a poco, el poeta comprende que lo verdadero se pronuncia en susurros, silabeando una melodía de prodigios que se acerca, demasiadas veces, al silencio. Luego, cuando se hace portador de ese fábula de fuentes interna comienza a escribir con el sólo lamento de lo lírico: poesía plena. Es entonces cuando llega eso que llamamos la voz del poeta. Y también cuando se decide si algún día lo fue o quedó todo en malabarismo de infante.

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Me comentaba J.S.M. que, últimamente, los textos de este diario le resultaban demasiado cortos. Sin él saberlo, hizo el mayor de los halagos posibles, pues escribo de un tiempo a esta parte, dejando entrever sólo los ecos, las conjeturas, las palabras especulares con toda la intención posible. Es una consecuencia de la pérdida de convicciones reflejada en la sintaxis y la escritura en general. Cuando uno se diluye y atiende aquí o allá, la sintaxis se hace escurridiza y sólo cabe acogerse a lo tenaz, como ese pájaro silencioso en la rama que incita al abismo aritmético del campo o como esa rama que encierra el calor del día en tan solo una reminiscencia.

martes, 8 de marzo de 2011

Desde hace unas semanas, he vuelto a tocar el clarinete casi a diario. Hace años, dedicaba como mínimo dos o tres horas diarias a ensayar y practicar. Con mucho anhelo recuerdo los ensayos del cuarteto de clarinete que montamos por puro entretenimiento, si es que el entretenimiento en la música no es la forma más encrespada de ensimismamiento. Con la misma intensidad, se me vienen a la memoria los ensayos del Réquiem, de Faurè, con unos músicos de Salzburgo que habían sucumbido a las virtudes del vino sanluqueño. El clarinete tiene, en esa partitura, una participación escasa, interviene con dos o tres notas tenidas. Eso es todo. Siempre que vuelvo a tocar el clarinete se agolpan las horas y la dedicación de entonces, porque fueron gozoso tránsito.

Es innegable que la digitación, para un clarinetista, es fundamental. Y ese aspecto sí comienza a perderse después de un gran tiempo de abandono. Un stacatto, el picado en la lengüeta. Sin embargo, he notado que el cuerpo de ébano del instrumento vibraba con placidez y que no parece estar sordo ni destimbrado, antes al contrario, inundó pletórico los rincones de esta nueva casa, como si estuviera reconociéndome por de dentro, emocionado, con los sones olvidados de los días. Fueron muchas las horas con el instrumento y de ello queda la reminiscencia, acaso la diadema del sonido.


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Hoy me siento triste porque la ignorancia es destructiva. Por eso escucho a Antonio de Cabezón, porque sus melodías me resultan apotegmas de la antigua península.


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Suele ocurrir después de leer poesía durante varios días. Dejo de escribir con tanta veleidad. Y lo hago precipitándome hacia dentro, hacia no sé sabe qué pureza.Por ejemplo, he estado revisando el libro de poemas que tenía terminado. Lo he vuelto a leer y me parece que no hay poesía. Lo mandaré al fuego o al agua o la basura.

domingo, 6 de marzo de 2011

Cargado de libros, después del cumplimiento poético, comencé el viaje de regreso a casa. A decir verdad, el viaje de regreso había comenzado en cuanto salí del hogar. En ese entonces, el cielo poseía una grisura inconmensurable que se adjuntó a los ánimos como una música oculta. Antes de emprenderlo, leí un poema de Elías Moro mientras sorbía un café rodeado de nadie. Reconozco la manía esquizofrénica de analizar lo que he dicho en una reunión al detalle y siempre me entristezco por mis pésimas aportaciones. Cada vez más me observo con menos recursos, mustio de verbo. Eso me lleva a estar demasiado callado, a elidir un comentario al respecto de una opinión o a permitir que alguien llegue a defender una información manida y alzarla, incluso, como novedad de tertulia. Decía que, mientras apuraba el sorbo de café, leía unos versos que me dejaron las necesarias conjeturas como para hacer del viaje una vuelta simbólica: “A medio camino de todo/ no es la muerte lo que temo […]/ temo esa edad que multiplica el olvido/ el azar aliado con el tiempo/ que infalible y sin retorno pasa”.

Nunca sabemos cuándo arranca la mitad de nuestra vida y cuándo escribiremos con el arrebato de la nostalgia absoluta. Es por eso por lo que creo que en la poesía no hay cabida a las medias virtudes y que la poesía es el axioma parmenídeo más riguroso: se es o no se es, hay o no hay. La poesía es el pronunciamiento de la última conciencia. Y ella ya no nos pertenece; no conocemos su repercusión.

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Por entonces, venía pensando en los tentáculos de la vanidad y en cómo, con el tiempo, mis certezas han ido desmoronándose hasta reducirse a ninguna convicción. Cada cual se engola en su ego y esparce nombres, obras, datos como quien acaba de despertar de un letargo, aleccionando y escuchándose a sí mismo. No son estas palabras muestras de hosquedad alguna, sino de fijación en los demás que, al fin y al cabo, soy yo mismo.

Cada uno piensa que el mundo que existe y que es posible es el que se resguarda en su mollera y que, por ejemplo, la literatura es esto y no aquello, posee estas cualidades y no otras. La ignorancia es demasiado arrogante y a poco que se incite salta y enviste.

La humildad, ese tópico denostado, se ha evaporado de los diletantes, acaso de los que aspiran a la creación artística. Sin embargo, a poco que uno escarba por la vida de los grandes creadores, confirma que, al principio, todo es rendición, arrodillamiento, imitación, consagración a los otros. Quizás nunca pueda pasarse de esta etapa y no seamos capaces de desarrollar eso que los mediocres creen atisbar en cuanto quedan deslumbrados.con todo, hay que saber rendir pleitesía a lo mudo y al silencio como una opción poética de absoluta dignidad personal.

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Compré el libro de Pietro Citati, La luz de la noche, porque al abrirlo di con unas páginas sobre Leopardi que explicaban, con una fogosidad templada e inusual, cómo fue el infinito para Giacomo: “Cuando Leopardi concibió el poema que tituló `El Infinito´, estaba sentado en el suelo, encogido sobre sí mismo, acurrucado junto a un seto”. Las palabras que prosiguen el capítulo son fascinantes, dignas de una relectura.

Sin embargo, ante estas portentosas interpretaciones, me siento como la mujer de Tintoretto que, envidiosa, le decía a su marido: “los colores apestan, manchan, pringan, destiñen, estropean la ropa. Tu piel huele a laca. El pincel hace que te salgan callos en las manos. Estar horas de pie delante del caballete agarrota la espalda. Te vas a quedar jorobado, renqueante y ciego”. Como el envidioso que lanza improperios sinsentido y que denigra la dedicación del susodicho.

Obviamente, he rescatado de las baldas el volumen de Leopardi. No en vano, en el salón está enmarcado el poema en una copia manuscrita que compramos en Arezzo el verano pasado. Después de leer el poema varias veces, pienso que en nuestra lengua pocos podrían haber escrito esta prodigiosa poesía. Ni F.G.L., ni L.C.desde luego. Sólo se me ocurre J.R.J., el único poeta infinito.


jueves, 3 de marzo de 2011

A veces, la brevedad es certera andanza. Otras tantas, insoportable necedad. Sólo quien imprime a su discurso una conjetura sintáctica engolada en el pensamiento, puede recoger ciertos frutos. El fructífero decir de la paciencia, de las encinas meditabundas.

miércoles, 2 de marzo de 2011

El cielo cerúleo mostraba su enigma en la mañana. Entre las ramas del árbol, se cobijaba una mancha de luz dispersa y sin contornos. Podría decirse que estaba ante un alumbramiento de las hojas húmedas por el rocío. Los pasos en la tierra eran de cobre, porque no ofrecían más que levedad. Y todo, al unísono, como enjambre de laureles, precipitaba una paz mineral que deseé para siempre.

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Dice Adorno que la música y la pintura comparten la capacidad de cifrar la realidad, de ofrecerla a través del cedazo de una propuesta estética y ética remozada en la inteligencia. Sin embargo, más allá de esa apreciación, y como sucede siempre con los estudios sobre la música, yerra el filósofo en sus presupuestos posteriores. Ante esa incapacidad, me imagino que la música, para los filósofos (incluido San Agustín) ha sido la física cuántica de las artes.


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Acabo de leer los casos de algunos autores que, como Virgilio, tuvieron la tentativa de quemar o destruir sus libros. Es el caso de Cioran que, después de escribir más de treinta y cuatro cuadernos de unas mil páginas, escribió una inscripción bien clara y concisa: “Destruir”.
Durante varios días, y después de que I. me estuviera alentando con sus nuevas teorías sobre la relación entre el autor y su obra, no ceso de pensar en la relación de propiedad con la obra creada. Sobre todo, en aquellos escritores o pintores o músicos que considero extraordinarios. Es obvio que la mayoría de las obras han sido aportaciones para la evolución espiritual y artística del hombre y que, por tanto, no les pertenece desde ese instante en que lo público engulle a lo privado. Sin embargo, no siempre está a las claras que la aportación de un artista merezca la difusión pública y mucho menos que su obra sea merecedora de la atención del resto de hombres. Vanidad, prepotencia, inconsciencia de lo creado…En cualquier caso, merece una reflexión el fenómeno que comienza en la más absoluta soledad y que termina en las retinas de millones de hombres, a pesar de lavoluntad póstuma del autor. No sé hasta qué punto y cuándo se produce la desunión entre la obra y el autor, ¿desde el mismo momento en que es ejecutada o desde que se comienza a trabajar en la cabeza?
Lo observo como un problema platónico que se adhiere a lo que el filósofo propuso en sus diálogos. La obra artística es, quizás, un ser que se encuentra entre la estabilidad de la cosa y su estado puntual. No posee la magnanimidad ontológica del ser por ser eventual, aunque hay obras artísticas que se acercan y penetran en lo que siempre es presente y constante. Las obras menores son opiniones que constatan lo efímero, la doxa. Esa es la literatura de ahora, doxa, opinión de lo efímero.