sábado, 5 de septiembre de 2009

Una música calma,
la materia que todo lo respira.
Ingravidez armónica del hombre,
se impone una irrealidad
que transmuta la piel y la deshace
del reflejo constante de su cuerpo.

De ahí arrancan todas las revelaciones:
las palabras que crecen minerales
y libres, estos párpados que lamen
los espacios
en que habitan los planos de la nada.
Porque morir es darse al infinito
trasiego en la memoria.

En ese trance, en esa vibración,
se traducen los sueños.
Una quimera diluida
en el espeso tramo donde todo
abandona la límpida existencia,
hasta dejarse pronta en la partícula
de los pasos perdidos que conducen
irrefrenablemente
al estado en que se proclama en grito
originariamente nuevo.

¿De qué cosa eres rostro?
Para que la oscuridad de las cosas
nos sea concedida,
¿qué decir debe convocarnos
y desasirnos
de lo que somos?

No importa que seáis innombrables.
No puedo concebir que un día
la música que suena transparente,
la talla indefinida de los hombres,
me sea extraña para siempre.

***
Cioran es testigo del oído de la vida. Esa tendencia del hombre a ahuecarse en la música para deshacerse de sí mismo. La música es la faringe que nos dice para siempre. Estas impresiones me ha causado el comienzo de El libro de las quimeras, el desarrollo de un éxtasis provocado por la música. Cioran proclama, al incio de las páginas, la poderosa virtud del sonido para trasladarnos a los limítrofes recursos de nuestra materia. Endebles, torpemente limitados.
Añade que la voluntad suprema y persistente es la que nos vacía de nosotros mismos, porque decir yo es poner una línea en el agua. Para entonces, he agarrado un par de cedés y he puesto una música de Bach. Esta irrealidad que me invade es indolora, a pesar de que me esté despellejando vivo. Dice Cioran: “Quien no haya tenido la sensación de la desaparición de este mundo, como realidad limitativa, objetiva y separada, quien no haya tenido la sensación de absorber el mundo durante sus éxtasis musicales, nunca entenderá el significado de esa vivencia en la que todo se reduce a una universalidad sonora, continua, ascensional que evoluciona hacia lo alto en un placentero caos”.
El caos es el preludio del placer. Es un lenguaje en potencia, presto a ser ordenado por la voluntad de quien lo percibe. Luego, la vida no es más que la sintaxis de esa voluntad: nunca ordenar un caos costó tanto. En ese éxtasis, se funden la voluntad y la humanidad. Tomar conciencia de la mortalidad es la mayor virtud de un hombre. Entonces el caos habitará en sus adentros.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Lecciones.

Al otro lado del canal, desde San Polo y entre unos árboles que crecen desafiando a la humedad que todo lo impregna, veníamos recordando la novela de Hemingway. Ante de comenzar el viaje, quisimos comprar la novela para llegar a Venecia con una nueva predisposición, es decir, con la esperada sensación de poder encontrarnos a la joven aristócrata de diecinueve años, Renata, en los brazos y a las barbas canas del coronel Cantwell, alter ego de Hemingway.
El libro estaba tan agotado como el cúmulo de lecturas que habíamos pensado para darle al viaje ese sesgo literario que tan necesariamente nos acompaña siempre. Wiesenthal, Magris, García Martín se habían convertido en pasajeros del viaje, compinches de este asalto veraniego a las suelas de la bota de Europa. Por este motivo, no nos preocupó que el libro de Hemingway estuviera descatalogado.
En el primer recorrido que hicimos hasta la Plaza de San Marcos, en la Librería Mondadori, nos hicimos con una edición de bolsillo, inglesa, del susodicho libro. Esta compra no iba, ni mucho menos, a detener las ganas de buscar la edición española de Seix Barral.
Ayer por la mañana, sin más esfuerzos que los del orden alfabético, cacé una presa mansa, dejada caer en unas baldas en que las ediciones reposan hasta el vuelo de una mano. Allí, impoluto, agarré el volumen, Al otro lado del río y entre los árboles, (Seix Barral, 2001), con un prólogo de Gonzalo Suárez.
Este libro de Hemingway cuenta, en realidad, sus aventuras con la baronesa Adriana Ivancich. Esa circunstancia y la cantidad de detalles que ofrece, provocó, a la hora de la publicación, un revuelo enorme. Mas la advertencia que colocó al principio de las páginas acrecentó, en los lectores, las suspicacias más candentes. La ficción, cuando es pura, no necesita de afeites ni aclaraciones. Sobre la mesa, el libro de Hemingway, las copas en el Harry´s Bar y las noches de cama en el Gritti, siempre, claro está, al servicio de la ciudad en que la mañana se desviste entre el fulgor de los canales.

***
Mi admirado y querido Fernando Iwasaki acaba de publicar otro libro en la editorial Páginas de espuma. En esta editorial, puede el lector hacerse con otros volúmenes de Iwasaki como Helarte de amar, Inquisiciones peruanas y el exitoso Ajuar funerario. Este último, colmado de microrelatos, creo que va por la quinta edición.
Iwasaki se presenta ahora con un libro que llevaba unos años rondando por su mollera, España, aparta de mí estos premios. Solo al abordar las solapas del libro se me vienen a la cabeza dos autores que, estoy seguro, son la fórmula mágica de este taurino volumen, a saber: Vallejo y Roberto Bolaño. Ál igual que la concepción extraterritorial que ofrece Iwasaki desde que escribió aquella miscelánea deliciosa intitulada El descubrimiento de España.
Destaco estos dos autores no solo por el título, en clara referencia al autor de Poemas Humanos, ni a la cita de Bolaño colocada al inicio, sino por la concepción de la vida de ambos autores. El chileno y el peruano se encuentran en Monsieur Pain, de Bolaño, en esa tragicómica sentencia que otorgan los libros sobre la vida. Esa aspiración, claro está, es la predilecta de Iwasaki.
De ahí este variado ramillete de premios que, al mismo tiempo, es una estupenda crítica sociológica de la literatura.
Por último, acompaña al volumen de cuentos un "Decálogo del concursante consuetudinario (y probablemente ultramarino)" que desarrolla los consejos pertinentes, siempre con la ironía de forma exponencial, para todo el que quiera adentrarse en esa selvática enunciación de los premios. Lista esta faena, suenan ya los clarines que anuncian su lectura.

***
A estos dos libros, se suma uno que poco o nada tiene que ver con ellos. G.W.F. Hegel dictó en Filosofía del arte o Estética, posiblemente, una de las obras más citadas y de las que más veces hace uno referencia en la historia de la crítica literaria y de la Teoría de la Literatura. Por eso, como me ocurrió con la Poética, de Aristóteles, no pude más que comprarla en una edición magnífica, bilingüe y puesta al día de la Unam.
Leer sus páginas es un apasionante deslizamiento por uno de los monumentos de la concepción y racionalización del arte. Es evidente que, con el paso del tiempo, muchas de sus propuestas se hayan visto rectificadas, remodeladas o reducidas al absurdo. Lo mismo da, los logros son demasiados. La filosofía del espíritu, tendencia que sigo de cerca y con la que, en fin, me parece hallar más afinidades en relación a mi escritura. El mismo racionalismo que se contrapone, con Kant a la cabeza, persiguen, en definitiva, la verdad en la obra artística.
***

La literatura -y lo extiendo al arte, como sinécdoque- es un conducto de la verdad que jamás desemboca en ella. Sólo encamina, ofrece, aturde y desmiembra los cauces estipulados para llegar al conocimiento. La literatura es conocimiento y dispersión en el orden finito del arte. A pesar de las potenciales abstracciones que desprende una obra pictórica, la existencia de un concepto ya delimita el objeto artístico y ahí la palabra, el sonido, el dibujo o el color detonan la humana dimensión del arte. Eso es lo primero, el arte es humano y los límites del arte son los del hombre, aún descomocidos.
Quiero decir que, esta Estética hegeliana es un divertimento más, un aparato que resulta de la imposibilidad del hombre por analizar su creación. Eso es la literatura, criatura del hombre que lo traspasa, materia infinita que surge de lo dado, de lo caduco.

martes, 1 de septiembre de 2009

Oficio de Pavese.

Si dejamos que nos lleve el viento, como decía Onetti, la vida, antes que narrada, se vuelve tosca e insípida. Aunque, después de pensarlo demasiado, creo que la vida es insípida en sí, infructuosa. La vida no contiene ninguna virtud y cuando los moralistas o escritores que se han preocupado por el comportamiento humano, hablan de las virtudes, siempre encuentro una voluntad o una fuerza teleológica que los empuja. No quiero hacerme aristotélico esta tarde, defendiendo la potencia que posee la vida y las predicaciones que devienen de ella. Quizás la vida es una predicación artificial y se acumula en ella aunque depende de los usurpadores de la misma para llevarla a un estado u otro.
Todo pierde sentido cuando me dedico a nada; el problema mayor es que cada vez considero que la nada lo invade todo, desde el trabajo hasta la amistad más próxima. Una nada que levanta las miserias de los que no somos conscientes más que cuando nos ejercemos en alguna disciplina artística. En ese trance, el hombre vislumbra la cortedad de sus actos y la intrascendencia de los mismos. Y es entonces cuando busca el absoluto y el reposo de su acción, de su deseo, de su voluntad en forma artística, en el atril de las artes.

***
He ignorado la palabra pensada.
Después del sueño el olvido:
la secuencia de un útero narrado,
el degüello de un verso compartido.
Si uno lanza su voz a las esquinas
de este círculo efímero y acuoso, decidme,
¿cuándo fue esta vida nuestra,
acaso permanece en esta voz
que proclama el ocaso de la carne?


***

Esta tarde, al leer a Cesare Pavese, El oficio de vivir, me ha dejado la juventud por unos momentos. Al leer un fragmento de su obra, la vida se ha tornado evanescente, pero ¿no es esa su condición? La juventud, un estado de la conciencia nueva que jamás deja de habitarnos nada más que para el fin. Dice Pavese: “Se deja de ser joven cuando comprende que expresar un dolor deja el tiempo que encuentra”. El dolor es un término que puede incorporarse a cualquier concepción de la vida, el dolor. Siempre hay, por naturaleza, una placentera y dolorosa contemplación de los días. El dolor es un sucedáneo de los deseos reales y esos terminan por descontar hasta al más oficioso de los humanos. Por otra parte, el dolor es un remiendo, el eco de un tiempo que descubre, tiempo danzante.

lunes, 31 de agosto de 2009

La experiencia literaria.

La obra del polígrafo mejicano Alfonso Reyes siempre atrajo mi intención por la singularidad de sus análisis y por agudeza de su escritura. Sus obras completas, una summa inabarcable para cuya lectura es necesaria veinte años ininterrumpidos, siempre fueron y son un sueño inalcanzable. Me conformo con leer algunas obras que han salido publicadas desgajadas de algunos de los tomos reseñados. Un caso particular es Una experiencia literaria (Bruguera), un libro que me ha acompañado en esos ratos en que uno decide qué libro leer, en que uno apela a la intuición para entregarse a la lectura. Compré el libro cuando comenzaba a explorar las librerías de viejo en Sevilla y llegaba a ellas en busca de algunos volúmenes comentados en las clases o referidos por un algún crítico o, simplemente, indicado por un compañero. En esos días, me hice con la primera edición, ahora reeditada, de Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, un libro repleto de míticos comentarios, ya que el peruano se encargó de prohibir la reedición de ese libro durante décadas. En sus obras completas, Galaxia/Gutenberg, decidió publicarlo en un gesto que le honra, porque su análisis de la obra marquiana es sobresaliente. El libro me costó pocos euros y fue un hito para mi biblioteca, que comenzaba mal que bien, a ramificarse. También encontré un libro maravilloso de Rodríguez Padrón, América en sus novelas. El libro está en un estado magnífico y pude comprarlo a pesar de mi economía de estudiante.
Como estos libros, han sido, a la postre, muchos otros. Pero siempre tiene el del Alfonso Reyes desprende una lectura grata, una frescura necesaria, una inteligencia en sus páginas fuera de lo común. En un libro de Alfonso Reyes puede uno leer una oración de este calibre: “la idea es abstracta; la palabra nace concreta” y entonces pensar que está leyendo un bello libro de sentencias o que su autor está construyendo una novela en que los géneros se amalgaman en la hilaridad del narrador. Un libro que describe ese combate de Jacob con el ángel, lo que A. Reyes llama “continua victoria de la conciencia sobre el caos de las realidades exteriores. Lucha con lo inefable es la literatura”.

***
En la mesa, unos libros
afilan el trinar de la mañana.
La vida que discurre entre estos libros,
tan ajena a mí mismo,
tan descarnada y poderosa, late
guardada en el silencio,
como el cantar desierto de una plaza.

domingo, 30 de agosto de 2009

Sobre estos campos
el horizonte es solo una promesa
de pájaros cruzados.
Una luz los invade
marcando un sendero entre sus grietas:
son lomas los deseos de esta tarde.

Como el destello de la vid
que redime su caldo entre las viñas,
como el saliente claro de un deseo
que confisca la estancia de los días,
como el verdeo en la mañana
que tañe entre la tierra
las profundas raíces que vienen delirando
con el canto secreto de los círculos,
las palabras revisten el sonido
de antiguas profecías de los hombres.
Es el oscuro hueco de la nada.

¿Qué música ternaria te proclama,
qué incipiente desasosiego
te desgaja del ritmo de la noche?

sábado, 29 de agosto de 2009

Senecadas con calima.

La calima de estos días y cierto efervescente revolver de lo cotidiano, me llevan a que abra un libro de Séneca. No sé por qué motivo, desde que escuché por primera vez el nombre del cordobés, siempre lo he vinculado con el sofoco y la dilatada morada del verano en agosto. Parece que, en mi entender, se conjugan perfectamente las palabras del estoico con esta sobreexcitación veraniega. A lo mejor, todo proviene de la sonoridad del nombre, esa reminiscencia o eco al secano; o de ese busto de un hombre con mirada torva y con el flequillo empantanado por el calor.
Al abrir alguna página de sus tratados morales y recordando con una sonrisa en los labios su supuesta disposición al suicidio, leo en un escrito dedicado a Paulino y que versa sobre la brevedad de la vida: “lo cierto es que la vida que se nos dio, no es breve, nosotros hacemos que lo sea”. Ah de la vida...
Esta sentencia sacada del libro de Séneca me parece que encuentra analogía en la literatura, en la concepción de la literatura. No es extraño que leyendo un tratado moral, que tiene a la vida como epicentro, observe ángulos aprovechables para la literatura. La literatura en la vida es un espejo cóncavo, es cierto,que la refleja deformada y que la engulle y trastoca, pero también es el material del espejo. Quiero decir que el tiempo en la literatura es una cuestión capital, tanto como en las cuestiones vitales. Por este motivo, cuando Séneca sostiene que la vida en sí no es breve sino que nosotros la hacemos breve, encuentro una lección vital esclarecedora: tu comportamiento, tus actos o tu pensamiento hacen de la vida un compuesto breve. ¿Qué hay más parecido a la literatura?
En literatura, el tiempo es el material de las páginas, la intrínseca sustancia que sostiene en pie toda la significación. No hay un tema mayor que el tiempo o, en mejor decir, del uso o de la concepción que el escritor propugna de él. La lectura es una edificación avocada a la destrucción, aun así los lectores son insaciables. ¿Qué es Faulkner, Joyce, Kafka o Shandy? Trapecistas del tiempo. Sus obras hacen de la literatura en sí un nuevo axioma y con ellos surge la genialidad.
En algún momento, pensé en comenzar estas líneas con una pregunta, pero creo que la pregunta encontrará mejor cabida en otro texto. Ya con el que lees el tiempo ha engullido a toda cuantificación de escritura. Una vez terminado un libro, se desprende éste de todo amarre: con abrirlo, las manillas de la conciencia individual comenzarán a brotar, como mariposas disecadas que alcanzarán la vida de nuevo.

***

¿Será la genialidad una consecuencia de la incapacidad? Montaigne no fue capaz de escribir un libro de filosofía con la sistemática escritura de los filósofos. Para entonces, con sus escritos, fundó una nueva manera de escribir: el ensayo. ¿Sería incapaz Rilke de escribir un poema al uso y se entregó por ello a la rotunda esencia de los ángeles? ¿Quiso Cervantes parodiar porque no fue capaz de escribir una novela de caballerías?
La última pregunta lanzada fue, por unos meses, motivo de discusión con unos amigos de la Facultad. Yo mantuve, con seriedad y vehemencia, que Cervantes quiso escribir, en realidad, un libro de caballeros andantes, en serio, con todas sus señas de identidad, pero que, ante su incapacidad, prefirió parodiarlos. Ahora, con el tiempo, recupero otros escritores que quisieron hacer justo lo contrario porque eran incapaces. Creo que Proust escribió En busca del tiempo perdido porque jamás saboreó una magdalena. En ese caso, la literatura es una papila que segrega incesantemente una sustancia. Proust la transformó en literatura.

***
El 30 de agosto de 1942, Cesare Pavese dejó escrito en El oficio de vivir: “Amor es deseo de conocimiento”. Estas palabras aleccionan sobre el continuo discurrir de uno en el otro. El curso de una vida puede explorar, por sí misma, los límites de su individualidad. El amor ensancha, todavía más, esa exploración: la conduce al otro, en donde somos más yo que nunca. Recuerdo a Juan Goytisolo asertando sobre las otras realidades que nos configuran. Siempre acudía a una idea que vertebraba su tesis: no terminamos de ser nosotros mismos sin los otros”. Estas divagaciones me traen a la memoria a Octavio Paz, Piedra de sol. El poema no cesa de interpelar al lector en la creencia de que parte de nuestra existencia está en los ojos, las palabras, los pasos o la concepción de los demás sobre nosotros. Ahora bien, el amor es la única vía en que podemos acercarnos a la sincera existencia de uno en el otro. Ya sobre la mesa, preparado, san Juan de la Cruz.

jueves, 27 de agosto de 2009

Canto y desilusión.

Nombrar lo que no existe
es tarea de los mortales.

Quebradizo sendero,
¿qué azul es tu locura?
¿Conducen tus relámpagos
a las estancias del olvido,
a las mareas de la muerte;
qué meditar propones,
un canto de amanecida en la noche?

Canto girado, danza de la piedra,
este cuerpo que reposa como un claustro
cruzado por el llanto
de un millón de ángeles muertos.

Estática viudez, rama desnuda
y verdadera,
desnuda por la gracia de los astros.
Un son de capiteles se pronuncia.

El tiempo te atraviesa:
Bérgamo, Nápoles,
Milán, Venecia, Roma,
aquel atardecer en Trieste.
¿Cómo nombrar al ser que ya es vigilia?

La poesía, donde nombrar lo que no existe
es naturaleza de lo uno en lo diverso;
encarnadura del mortal entre las aguas
estancas por el tiempo, por los dones
de la palabra
que son los de la vida.


***

Cuando uno termina la lectura y escritura de un libro como el de Kertész, siente que un hueco se precipita sobre los días para ocupar, por un tiempo, el lugar de la lectura. Sucedió lo mismo con Márai, con Pessoa o con Jules Renard. Ahora es Kertész quien se me ha muerto en las retinas.
Es cierto que el recuerdo nos procura para las letras una realidad, pero el desflore, la frescura diaria de la genialidad, quedan vituperadas por la ausencia de ese libro. Ya no habrá más galeras, ni diarios encubiertos para ser recitados con el susurro del viento. Habrá que esperar a que el tiempo borre y difumine las huellas de la lectura para que, al comenzar, todo huela a tierra húmeda, tierra transitada por el otro que somos.

***
Escritores. Veo la literatura actual cada vez más obsoleta, menos encendida, más entregada a los sones del mercado, a los halagos de los amigos, a las cuadrillas de políticastros metidos a poeta, de tontos apoderándose de las tertulias, de zotes lameideas que poseen sus tribunas sociales, editoriales y premios. Con ella, los escritores se interesan por los regocijos de sus publicaciones, por escribir el libro por encargo, por inventarse un membrete y lanzarlo al aire para que haga fortuna.
Algunos tienen la posibilidad de escribir en los suplementos literarios de más difusión y por ese hecho, se sienten portadores de la razón y el juicio necesarios para opinar sobre la literatura. Realmente, algunos escritores que dejan sus cuentos en los periódicos nacionales son pésimos, aun así publican en las editoriales del ramo. Ni siquiera los articulistas se esmeran en dejar perlas en miniatura con la que poder paladear alguna reminiscencia literaria; igualmente los grandes del momento, se entregan a las siglas de los partidos políticos como rehenes bajo una coartada o terminan en el observatorio vaticano con la mano diestra lanzando azotes como si fuera un vate de la moralidad. ¿Será la publicación la esclavitud del escritor del siglo XXI?

Merodeadores del fenómeno. Los críticos y el mundo universitario van a la deriva. La escasez de lucidez, de profesionalidad, de verdadera vocación por el fenómeno literario hacen que la Universidad sea un ente que no produce nada ante la sociedad, un círculo cerrado y endogámico. No puede suceder que la Universidad española deje a la deriva y en el olvido la literatura europea simplemente por el descomunal desconocimiento de los profesores. ¿A qué viene enseñar la producción de un escritor de medio pelo que correrá el sueño de los justos, cuando no se dice nada de Thomas Mann, Kafka o Joyce?¿Hasta cuándo los papeles de hace décadas seguirán siendo el guión de las clases de aquellos profesores enamorados de los congresos, los simposios y las estancias, las becas y los jolgorios extraliterarios? ¿Cómo puede enseñarse qué es la literatura mediante una novela en la que es difícil encontrar alguna muestra literaria y dejar a un lado a Homero o a Proust?

Libro electrónico. Nunca leer más ha sido signo de mejora para el acercamiento a la literatura, por ese motivo cuando hablan del libro electrónico siempre argumento que a la literatura no le viene ni mal ni bien. El libro electrónico es una cuestión del mercado editorial, un cuento chino de los editores, un reflejo del afán de almacenamiento masivo del hombre actual que suma y sigue sin la más mínima conciencia ni reparo.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Con Dante y Rafael en Italia.


Oscuro, precipitado por la confusión, solos en medio de la nada. Esa condición, aun cargada de cualquier moral antigua, es la perfecta analogía del hombre en todo tiempo. La desaparición de hombre a través de los rasgos de la humanidad. Si Kafka utilizó el paradigma de un castillo, si Borges vio en Piranesi una arteria de la condición humana, si Cervantes instaló en la ficción el territorio de la mancha, si Shakespeare congregó todas las vertientes del hombre en la literatura, Dante ofrece una exploración antigua sobre un asunto nuevo.
Puede decirse que Dante relata una aventura, una odisea medieval arraigada al espíritu.
Recuerda Bloom en Genios que Benedetto Croce dividía en dos las formas de leer a Dante: la moral o la genial. Obviamente, él prefería la genial. Croce viene a decirnos que Dante fue el hombre de su tiempo que buscó con más ahínco conocer todo lo cognoscible y esa extravagancia de los hombres es una tendencia de los genios.
En todas las ciudades que he visitado en Italia hay una plaza Dante: perpetua, como una comedia humana. Una estatua, recuerdos lapidados de su paso por distintas ciudades en las que estuvo residiendo, exiliado; alguna que otra Via conmemorativa, versos enroscados en la pulcritud del mármol. Con todo, al volver a deslizar mis manos por los lomos de los libros, rescaté la Divina Comedia. Aquí leyendo la Divina Comedia Italia se me hecho de ficción así como los recuerdos que florecen sobre sus imágenes.
En el Vaticano, en la Stanza de la signatura de Rafael. Destaco la testa de Dante en el cuadro El Parnaso. Por lo menudo, deberíamos señalar la mandíbula prominente y la nariz rotunda del florentino. Está coronado y su cuello sostiene el rictus de un poeta que ha descendido hasta los círculos de la literatura. Sigue a Virgilio en señal de fidelidad a los clásicos de la antigüedad. Su gesto es una concesión de un hombre de su tiempo a la tradición más venerable.
Quiso Rafael que Apolo maneje en la escena una lira de braccio, lo que supone un elemento que pertenece a otro tiempo llevado a las manos del dios. Un anacronismo. Con esta juego histórico, abre la posibilidad de introducir, junto a los poetas antiguos, los modernos maestros de las letras. Entre ellos, por supuesto, Dante. Apolo rodeado de las nueve musas. Dante, Homero y Virgilio flanquean al dios de la poesía. Virgilio parece conducir a Dante a la fuente simbólica de la que brota la clara emanación de la verdad. Entre ellos, Homero: un clarividente anciano que tantea con su mano derecha los confines del hombre.
Virgilio quiere conducir a Dante al manantial, pero su rictus es de sospecha. Su cuerpo hierático, las manos recogidas delante del torso, el laurel que lo corona es una tragedia, el rojo de su túnica, los pasos de la pérdida. El semblante de austeridad que suscita su ingravidez. Su mirada parece una sentencia del purgatorio.
El cuadro parece la corriente infinita de la poesía y el conocimiento. Un parnaso que circula en los brazos de Safo, que descansa al final de la escena, casi invadiendo el espacio del espectador. Música, naturaleza, poesía.

***
Siempre he pensado que, como Cortázar entendía la literatura, el escritor no hace más que jugar, jugar en el lato sentido del término y de sus consecuencias. Por ese motivo, cuando paseábamos por Venecia, sobre todo por los campi, rodeados por unos carteles que anunciaban la celebración de una especie de congreso o simposio que versaba sobre el arte. Su lema no dejó de suscitar en nuestras charlas todo tipo de insinuaciones. M. llegó a decir que se trataba de una broma de propia de los serios artistas del arte para que los viandantes dejarán aparcadas sus reservas veraniegas a las aguas frescas de la literatura. Il gioco serio dell´Arte, rezaba con solemnidad. Seriedad y juego n son más que el haz y el nevés de la misma creación. Cervantes supo de esta cualidad al final de sus días. Y Joyce vislumbró el serio juego en Trieste. Un lector no es más que un dado en la partida.
***
Al llegar al café San Marcos, inflado por las páginas de Microcosmos, de Claudio Magris, bajo la calima de agosto y la bora azotando mis nalgas, solo pude comprobar que estaba cerrada, chiusa per ferie.

martes, 25 de agosto de 2009

Ajenidad.

Después de muchos días alejados de los objetos comunes y, más aún, de las actividades diarias, emprende uno la vuelta con una prístina melancolía del espíritu. Parece haberlo dejado uno todo al desvarío de los días, pero, en el retorno, el resultado solo hace confirmarnos que el tiempo es un capricho de la sangre. Todo sigue en su sitio, con otro olor, con otra textura, con la entrega a la soledad.
Había dejado por unos días la escritura, la lectura y quizás otras tantas manías que hasta el momento las tomaba como honrosas mediciones de mi vida. No lo había hecho por descansar en las vacaciones o por darle un respiro a la incesante cita con el diario. La escritura es la renovación del diario, el diario la laguna de la escritura. En alguna ocasión me pregunta si escribo. Con mi respuesta nada queda satisfecho. Doy por descontado que, según los estancos sociales, un escritor es aquel que escribe una novela, un libro de poemas o una obra de teatro. Siempre digo que escribo a diario, que en esa puntualidad está lo que puede llamarse escribir. No quedan satisfechos y me dicen que debo escribir una novela o algo parecido. Una vida contada es una novela, con sus desvíos y sus misceláneas, no hay una autoridad en la vida que ponga orden, por supuesto, la literatura así entendida es la vida reemplazada.
Basta con retomar a lo lejos, con revisar con templanza, con asir los textos y acercarlos a los ojos para darse cuenta de que una vida debe entregarse para ser escrita. En Italia, durante unos días, he querido aprender los artificios de otra lengua, las costumbres de otros hombres, el arte que invade el recorrido sentimental de los habitantes de otras tierras.
He visto como un hombre no es más que un hombre, como la literatura es una y en ella se proclaman los literatos, como la vida, la voz, la palabra, los atardeceres, el grito de un niño es uno, uno original, verdadero, secuenciado entre las cavidades de la humanidad. Como todo sólo puede decirse desde la convicción de la piedra: casa de tiempo y silencio.

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No nos realizamos nunca, ni dejamos de ser nunca. Somos un estadio en el abismo. La literatura, que surge y mana de la vida, termina por habitarla. Todo más claro, a pesar del abandono de la carne. Thomas Mann vino a decirnos en Tonio Kröger que para ser escritor es fundamental deshacernos de nuestra vida, por ese motivo los escritores de la desaparición son mis predilectos. La desaparición en literatura tiene un territorio: la metamorfosis. Cervantes y Joyce, Kafka u Ovidio, Shakespeare u Homero, se han valido de esta tremenda virtud para enseñarnos que el canto a lo cotidiano es una grito perdido, madera hueca.
No somos más materia que la difunta, hilván de la memoria.

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Acabo el libro, Diario de una galera, de Imre Kertész. Lo vuelvo a abrir por la primera página y vuelvo a escribirlo, a escribir después de leer, claro está. Este libro es una evidencia: el yo es una condición de la creación. Si el estilo literario es una variación de la genialidad, la construcción de un yo ajeno es el fundamento del estilo. En cualquier caso, pudiera decirse, en algún momento, que, tal vez, un estilo es la melodía de un yo o que si un escritor nunca consigue un estilo es el equivalente a decir que jamás existió.
Kertész: “Cuando estés muerto disfruta del silencio”. En ese silencio proclamado en la muerte debería haber apostillado Kertész que la vida es un preludio en el que el silencio produce las estancias del tiempo.

lunes, 24 de agosto de 2009

No hay permanecer en parte alguna.

Como Ulises, después de un viaje -qué es la vida- soy Nadie. Así me doy al mundo, como una rúbrica indescifrable, alimento de los sueños, remiendo de las letras, articulada secuencia de la literatura. Nadie, por falta de tierra, por ausencia de palabras. Nadie. Sine die.
***
En Trieste, después de remontar el sendero por el que Rilke paseaba cuando el Castillo de Duino se le hacía canto mudo, vuelvo la mirada al propio Castillo en busca de una plenitud irreconocible. Y los senderos, como los ríos, son recorridos de precipitada eficacia para el caminante. No conducen a nada, pero te alejan del todo. En el trayecto debe uno cuidar cada pisada sobre la tierra para guardarse del riesgo de verse con un hueso roto o con su cuerpo arrumbado y maltrecho. Por eso la elegía atrapó a Rilke: poesía en el sendero; cada paso, como cada verso, debe costarnos la vida o la muerte.
Con la lluvia, con la poesía, el rastro del camino en la tierra se pierde, así como los pasos de sus caminantes dejan de imprimir en las piedras la trama del paseo. Vuelve la naturaleza a recomponer sus espinas y la disposición del campo vuelve a abrirse a un rito genésico. Con Rilke, “no hay permanecer en parte alguna”.
Al fondo, ya alejado, a las espaldas, siempre el Castillo, como una locura precipitada al Adriático, como una elegía dictada por un ángel en un paraje de vocales arbóreas.
A mitad del sendero, noto que mis pasos se solapan con otra melodía, como una música inalterable que acuña las extremidades de mi discurso. Sondeo la intrincada ruta y me desvío con voluntad de pájaro. En otros caminos, en esos inciertos ángulos de la nada, vislumbro entonces un perfil tallado en el silencio. No lo dudo y me entrego. La mano de un ángel arruga mis certezas.

***
Manejo mis días con la agilidad de un fauno. Entre mis dedos, el tiempo es una posibilidad del infinito. Uso las palabras de otros hombres para hablar de mí, para acechar al verbo que descubra mi existencia.
La literatura es la manifestación de que existe una vida de la que brotamos todos, una sola existencia de la que manan los hombres como arañazos sobre un muro. He comprobado que el hombre es mísero y uno. La literatura es la fisura que ausculta los latidos de la verdad camuflada. Esa vereda que incita al fusilamiento de la carne. Dice Kertész: “Siempre he tenido una vida secreta y siempre ha sido la verdadera”.

martes, 4 de agosto de 2009

Luz de vísperas.

Luz de las vísperas, ancho salón del presentimiento, futuro decir, arrepentido regreso. Mañana, pasado el mediodía, llegaré a Bergamo. Por unos días estaré atravesando algunas ciudades italianas. No sé si, de esa experiencia próxima, surgirá algún texto, alguna parrafada estrambótica o los mimbres para una narración extensa o siquiera las protuberancias de unos poemas o -a lo sumo y como casi siempre ocurre- ideas fugitivas que terminan en migajas de un diario.
A decir verdad, nada de eso hace falta para escribir, pero el estímulo es notable. Las ciudades me esperan con la cadencia de unas páginas en blanco, con la apertura de un puente que aproxima a otra orilla. El amanecer, las noches, las miradas ajenas sobre nuestro rostro, el candor modelado por una tierra, un lugar en que el sol aplica el amor a los desterrados.

***
He querido esta tarde terminar la lectura de Kertész. Cosa imposble. Su profundidad y genialidad hacen que uno no arranque de un impulso más de dos páginas. Con esta lectura aprende el lector que la literatura es el comienzo de una postura frente al mundo, una postura profunda y radical. Descreo de los escritores que dicen que necesitan contar historias o de aquellos que argumentan que la poesía debe estar a pie de calle. Pienso que nunca lo ha estado, al menos, en épocas modernas y si lo ha estado fue bajo unas circunstancias muy determinadas.
Sin embargo, la narración ha sufrido un cambio en la relación con la sociedad. Su sitio es otro. Kertész: “Piensa mal del arte quien considera que transmite sentimientos. El arte transmite vivencia, la vivencia de vivir el mundo y sus consecuencias éticas. El arte transmite existencia a la existencia. Para ser artistas, hemos de sustanciarnos en existencia, igual que el receptor, que también ha de sustanciarse en existencia. No vale conformarse con menos; y su algún significado posee este rito, únicamente se puede buscar aquí”. Me van a perdonar la extensión de estas líneas de Kertész, pero el párrafo es de un calado en que la glosa o la respuesta se diluyen en esta sintaxis galérica.

lunes, 3 de agosto de 2009

Entre el cielo y la tierra.

Cuando escribo me preocupan más las palabras que dejaré sin decir que las mencionadas; la realidad guardada en estas últimas más que la que intento desvelar.

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En ocasiones Kertész me deja encallado en una galera de la que tardo unas horas en salir. Desde luego, pocas palabras bastan para dislocar la sensibilidad o desvanecer los criterios que uno pretendía mantener erectos frente a las tempestades. Rodeado uno de esas condiciones, resulta todo una bella dispersión de pareceres y mejunjes de la conciencia. Kertész: “Nuestro condicionamiento metafísico depende, en gran parte de nuestro condicionamiento terrenal”.
El observatorio es la cualidad de la literatura, el alambique en que se vierten memoria, deseo, realidad y ficción. Cuál sea su resultado depende de las manos de un hombre, del alfarero meditabundo y sostenido. Leer el moldear el barro, escribir crear su sustancia.
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Sólo un hombre contiene la verdad, aunque toda verdad es manifiestamente humana.

domingo, 2 de agosto de 2009

La poesía, ramaje del olvido.

El discurso de la memoria no basta para desmembrar los recuerdos. La ficción es un mecanismo autosuficiente, tanto que invalida los límites entre realidad y ficción. De un tiempo a esta parte, no hago más que distribuir mis energías entre el amarre a la realidad y el impulso a la desaparición que, en puridad, consiste en convertirse en personaje de ficción.
No creo que el grado cero de la escritura consista simplemente en hacer desaparecer al autor y dejar que el texto sea por completo. Más bien considero que el autor debe aparecer y desaparecer en el texto, hacer como el que escribe y dejar de escribir al público cuando de verdad trenza su obra. Debe ser su figura como una presencia fantasmal; como el padre de Hamlet, conviene que parezca que algo se nos ha aparecido y nos ha dado la anatomía de una realidad desconocida. Sólo el escritor entiende que debe escribir esa realidad, aunque sea inexistente, aunque todo parta de la imginación.
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¿Qué innombrada verdad dejará de ser dicha
cuando los hombres mueran?
¿Cómo será el sonido
de la palabra última
sobre la tierra?
¿Qué sentencia, qué olvido
vendrán en esa música
cautiva,
en el canto rodado de una luz
que en sus senos trasluce una danza;
la danza de la vida
sobre la muerte,
el decir transparente de lo oculto,
el sonar mismo de los pasos
como una fuente que se agota,
la cadencia de un hombre inhabitado
por la virtud de la poesía?



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Sanlúcar dejó de ser, desde hace mucho tiempo, un lugar de partida, para convertirse en un territorio de la llegada. A esos espacios hay que dejarlos respirar, que recuperen las virtudes que robaremos con nuestra presencia. Decía Cernuda que las ciudades, pasado un tiempo, dejan de decir la realidad, se agotan y que, entonces, conviene marcharse de ellas para recuperarlas con el paso del tiempo.
Con Sanlúcar sucede ese mutismo con frecuencia, aunque cuando la naturaleza se conjura sobre su piel, nada más sublime ni más olímpico. Ayer mismo, intentando pensar en la secuencia de mi infancia, sumando los olvidos, vertiendo los acuíferos del sol batiendo sobre el coto, no pude más que escribir. Es la escritura la respuesta sincera que puedo lanzar a ese periplo estanco de mi vida, a ese espacioso meandro de mis pasos.
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“La memoria es ya un rastro sobre el mar”
J.M. Caballero Bonald
Tan firme como un trazo imaginario
así te inventan mis recuerdos:
volcada toda en la impostura
de un horizonte paramero,
de un mirar de marismas coaguladas.
Pusiste límites al hospicio
de un niño sin fisuras ni lamentos,
detuviste al mismo océano en sus manos,
infantes ramajes de esqueleto.
Y lo dotaste de absoluto fingimiento marino.
Todo pasa. Otra banda
en su lengua te tornaste
y tus orillas, tu piel negra,
la inalterable argónida
hecha de verbo y ramajes.

Un ave sobrevuela el firmamento.
Las branquias de un poema me respiran.




viernes, 31 de julio de 2009

Bien dice nuestro admirado Michel de Montaigne que vivimos atormentados o míseros por las ideas de las cosas y no tanto por las cosas mismas. Obviamente el ensayista francés se refiere a la muerte, el dolor o el odio, abstracciones que pueden considerarse en una relación singular con las palabras que las designan. Es cierto que ese tipo de vocablos los tenemos reservados para ciertas reuniones o amigos afines a la cuestión. Nadie suelta de pronto en el mercado o en la playa, por jemplo, la muerte es el dolor de una infinita anestesia, ni siquiera la muerte levanta el vuelo y en sus plumas somos. Claro, sería levantar la extrañeza en los otros y dejar claro que estamos cercanos a la locura, aunque la locura en occidente se haya entendido como una clarividencia.
Con esta conjetura he estado observando hoy cómo se sucedía la mañana: la luz reptante, el cálido aliento. He salido a la calle. Tenía preparada un par de sorpresas para los que tuvieran la ocasión de dirigirme la palabra. He ido a comprar la prensa y ya intuía que el señor del quiosco me iba a dedicar unas palabras referentes al sofoco que sufrimos. Por eso había preparado una respuesta para comprobar mi experimento. En cuanto me arrimé a su lugar me dijo, "Hola, ¿qué hay?, ¿qué calor, verdad?", lo obvio y lo obtuso, como diría Barthes. Raudo le respondí, "El resplandor de una llama derrite la voluntad de los hombres. En ella somos debilidad". Lo hice, además, de forma socarrona, modulando la voz a tal propósito. El señor se quedó de una pieza, mirándome como nunca.
En el silencio que se produjo pude vislumbrar la evidencia. La literatura es un lenguaje desgajado de la lengua, pero al mismo tiempo una intensificación. La literatura desentraña los toscos virajes de la rutina, y los hace brillantes, y los rescata de su muerte.
¿Qué idea tenía ese señor de la poesía? Ninguna. Por eso no hay conmoción, ni temor, ni añoranza. Esa falta no es grave, ni mucho menos.
Hay que llevar grabados en el cielo de la boca las inscripciones que nos hacen hombres, tal y como Montaigne las grabó en la madera. Aun muertos, abriremos la boca y brotará la vida. La ausencia de ideas es la ausencia de vida.
Por eso pienso que la literatura es la que acecha, no la que surge y se precipita de pura búsqueda. El escritor vive en ese anillo que rodea las palabras inciertas, socialmente desmotivadas para darle un nuevo brío. Un discurso vacío, el del escritor, si se tiene en cuenta la soledad a la que está sometido. Aunque en esa soledad la luz entra por la mañana como un abecedario huidizo.

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Definitivamente, los autores que Kertész leyó para Diario son Goethe, Kafka, Márai, Nietzsche, Onetti, Beckett, Shopenhauer y alguna que otra mención. De Wittgenstein recuerda algo hermoso y desconcertante, lo hace en octubre de 1987, “así como la vida está siempre rodeada por la muerte, la cordura está continuamente rodeada por la locura”. Aplico este razonamiento a la literatura y digo: así como la lengua está siempre rodeada por la literatura, la palabra moribunda está continuamente asediada por el escritor.

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La poesía es un solar antiguo transitada por pasos nuevos.

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En el quieto rumor de los vencejos,
en la mirada limpia de la tarde,
este decir oculto, esta aspereza,
la consonante trama de una música.

Ausencia. Sed de prematuros balbuceos
con el color rotundo de la noche. Palabras.
Huellas deformadas en la desnudez de los olvidos.
Tiene la sed espinas en la piedra.

jueves, 30 de julio de 2009

nada descansa más allá de la palabra.

Con Scardanelli

Nada descansa más allá de la palabra.
Ninguna cosa sea en ese límite
en que vertimos lento nuestro canto,
porque el canto de un hombre es una especie
de colectivo meditar,
de trastorno insondable ante su misma vida,
ante el amanecer de un discurso indescifrable.

Como una música callada:
la palabra desnuda y taciturna,
un fugitivo tramo del olvido,
los ecos recorridos en silencio
sobre el candente rostro de la muerte.

Con la palabra un mundo se levanta,
un mundo en que el deseo es lo decible.

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Puestos a escribir, qué poco somos. No hay más que leer el cuaderno de algún grafómano para caer en la cuenta de que los temas son los mismos, de que, a lo mejor, siempre está uno escribiendo la misma página. Últimamente tengo esa sensación, la de escribir siempre la misma página. por eso hoy quiero desvincularme de este cuderno y pensar que estoy escribiend en otro lugar, sobre otra persona, con las cualidades de otro.Aunque es cierto que cada día lo recorro como un acantilado del que desconozco su medida.
Empiezo el día escribiendo, casi silabeando la llegada de la luz a las retinas. A partir de ese momento, imagino que todo lo que sucede forma parte de una ficción y que, después de meditarlo, la literatura es una conversión. Esta conversión establece que la vida fue creada a partir de la ficción y que, todo lo que sucede en ella, es materia de los sueños. Ves, ahora no puedo hacer otra cosa que nombrar a Pessoa, con el desasosiego de saberse mutable en lo aparentemente inmutable. Casi sin darme cuenta y al escribir estas notas, el que escribe forma parte de ese auspicio literario que tanto me agrada y que tanto zarandea mi entendimiento.
Hoy me comporto como un personaje rebelde y cuando acometo las acciones pienso que están escritas. Para desviar esa escritura, cambio el orden, trastoco las acciones y, después de lo acometido, me río profusamente. A pesar de esta circunstancia, me guardo los secretos que nadie jamás podrá sonsacarme, ni el autor de esta letras, ni siquiera el lector más agudo. Porque un personaje debe poseer, al menos, un par de secretos para confirmar que la realidad siempre está adjunta al deseo. Cuando llevo unos minutos riendo, me doy cuenta de que esa risa forma parte de otra trama en la que participo: la irónica manía de leer la realidad.

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Me faltan muy pocas páginas para terminar el libro de Kertész. Ay, Imre, tus páginas son maravillosas y yo no puedo más que escribirte, así, sin rumbo cierto ni prospecto alguno. Dices que los protagonistas verdaderamente buenos de las novelas tienen sus propios secretos y que lo guardan ante sus lectores y ante el autor mismo. He pensado en Alonso Quijano, en Ulises, en K., en Lázaro, en Bovary, en los Buendía y los Aurelianos, en Montano, en Deza, incluso en un ser transparente como Raskolnikov, en Hamlet, o en el propio Edipo. De todos tengo la sensación de que sus secretos aún perviven a pesar de los lectores, a pear de haber sido inventados.

miércoles, 29 de julio de 2009

La musculatura de las ideas.

La creación es un ejercicio del pensamiento, una consecuencia, acaso una morada de sus tentáculos. La creación lleva a la comprensión, aunque ésta desborde cualquier perspectiva posible. En el vacuo panorama de estos tiempos, el afán de conocer es lo que mueve a los escritores.
La vida es la novela que contemplamos, desde luego. Una novela en marcha, work in progess, que sucede con todas las aromáticas sustancias del absurdo a ritmo narrativo. La vida es una narración inmensa, cuyo inicio nadie recuerda, cuyo final nadie percibe. Esa es la grandeza de la narratividad de la vida. Por eso, creo en la literatura que surge sin saber qué quiere nombrar, sin establecer un cauce de antemano para discurrir por él. Creo, sobre todo, en que el escritor debe deambular por esos parajes limítrofes entre la realidad y la ficción; páramos en que nadie establece relaciones rutinarias, sino en que cada vez que se acude a su llamada, la ficción convoca las más insospechadas maneras de escribir. Por este motivo leo a Cervantes como un autor kafkiano y a Kafka como si fuera Cervantes. El rigor imaginativo es similar en Proust y en Joyce: el tiempo es el atajo a la eternidad.

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Un señor francés llamado Ambroise-Paul-Toussaint-Jules nació en 1871. Ante todo fue poeta, pero mantuvo un ataque de grafomanía desde 1894 hasta los últimos días de su muerte. Eso le llevó a escribir 26.600 páginas que recogen desde un teorema a una disculpa pública, desde un aforismo hasta una anotación inconclusa.
El señor tenía veintitrés años cuando comenzó a escribir estos cuadernos y se llevó más de cincuenta años escribiéndolos a diario; desde las cuatro o las cinco de la mañana, durante tres o cuatro horas al día
. Con estas potentes palabras comenzó el profesor de Estética la lección. Era costumbre en él arrancar las lecciones con datos crípticos. Nos quedamos arremolinados y confundidos. Una vida escribiendo a diario. Un diario escrito durante una vida.
Después de un largo silencio, el avejentado profesor hubo de concluir la clase. Antes de lanzar sus últimas palabras, vimos que sostenía entre las manos uno de los tomos de la edición de la Pléiade. Lo acariciaba como si fuera un gato manso.
¿El registro de una mente o el registro de una vida?, espetó por último al público después de un silencio anestesiado. A partir de ese momento, todo el mundo debía escribir un pequeño ensayo sobre la cuestión.
Cuando acabé de contar esta anécdota a los escritores que tenía enfrente de mí, con el efecto de la ginebra quebrantando la razón, uno de ellos me miró buscando la parte de la estampa que no había relatado. Pensaba que el profesor había dejado el enigma resuelto, que había dado a sus alumnos la lección cerrada, que había culminado, el rotundo y calvo catedrático, con la solución a la pregunta o simplemente que yo sabía la respuesta pero prefería no hacerlo público, para agrandar las expectativas. Alguien miró al cielo, otro tomó un trago, alguno se encendió un cigarrillo, algún atrevido quiso fumar opio.
El café era el lugar idóneo para relatar batallas como estas, sucesos en los que nada se sabe al final, en los que la simple manía de relatarlos, de recontarlos, de cambiarlos a fuerza de memoria y recuerdo supone una satisfacción necesaria.
Después de todo estos años con esa pregunta en la cabeza, sólo atisbo a pensar que al igual que aquel escritor francés, hablar es decirme. La diferencia es rotunda, es cierto. Sus palabras quedarán en el gozoso aroma de los libros. Eterna secuencia. Mis palabras, en la resaca maltrecha de una tarde de café cualquiera. Olvidadiza. Ya desaparecida.

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Olvidadiza y desaparecida era la vida para Pessoa. Un trémulo sucedáneo de acontecimientos que poco valían para confirmar su existencia.
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Kertész sufre porque intenta abordar el problema del estilo en la literatura. Menciona, cómo no, a Flaubert. También a Thomas Mann. Después de rezagarse en las cuestiones más teóricas, nos dice que el estilo es la adaptación del individuo al objeto.
También es cierto que el escritor debe escribir para que lo entienda dios, por ejemplo. O para que no lo entienda nadie. Y en ese intento de escribrle a un demiurgo o a la nada en persona, quizás, a la larga, le estemos hablando a los hombres sobre lo que nunca atisbaron con toda la claridad de las visiones.

martes, 28 de julio de 2009

Ya mis pasos allí.

En las vísperas de mi nuevo viaje a Italia, me quedo solazado a Una furtiva lágrima, de Donizetti. En su melodía edifico la prodigiosa arquitectura que velarán mis pasos. Donizetti nació en Borgo canale, un rincón suburbano de la ciudad de Bergamo. Allí llegaré dentro de una semana cargado de versos y junto a la mujer que contrapuntea estos días vanidosos, de salón y escritura. Los últimos años de Donizetti estuvieron agarrados a la locura. En Bergamo, después de sufrir la muerte de sus hijos, sus padres y su esposa, soportando el golpeo de la sífilis que acuciaba sus sostenidos y rimbombantes estrenos operísticos, llegó la locura. Una parálisis cerebral que trastocó el fin de sus días. Unos años de locura que culminan en la muerte del autor del Elixir de amor (1832). Por unos momentos lo he imaginado como Hölderlin, a la luz del espíritu de los hombres en primavera, asomado a una ventana cuyo paisaje era el terruño de los hombres en flor.
Su cuerpo descansa en Bergamo y allí haré cumplido homenaje recitando en el abovedado silencio un fragmento de su aria. La recitaré en mi tosco italiano. En el paladar la dejaré inscrita, como si fuera una cúpula.
Caigo en la cuenta de que llegaré a Venecia como el personaje de Thomas Mann, atemorizado por una epidemia. El halo epidémico para una ciudad como Venecia es un color, es el mar ardiendo. En el dédalo de sus canales, proseguiré los pasos desandados de Lord Byron, para luego citarme en el Florian con Goldoni. Al otro lado del río, entre los árboles de los jardines y del cementerio, desquiciaré mis retinas con la lítica manía de los mares en Venecia. La piedra y el mar no es el título de un libro, es la esencia de una ciudad que se subleva diariamente contra la belleza. Ella es rincón del paraíso, conturbada semilla de los deseos.
M. sigue leyendo a Wiesenthal, Kapuscinski o García Martín. Ha logrado construir una pequeña biblioteca en que las ciudades son los narradores. Venecia, Roma, Milán…nóminas de hombres universales que nunca dejan de aclarar y maldecir, de atestiguar y proclamar las aritmética disposición de los hombres. Ella logra dotar de melancolía un viaje que comenzó de un tiempo a esta parte, como dice Kapuscinski en Viajes con Heródoto: “Al fin y al cabo un viaje no empieza cuando nos ponemos en ruta ni acaba cuando alcanzamos el destino. En realidad empieza mucho antes y prácticamente no se acaba nunca porque la cinta de la memoria no deja de girar en nuestro interior por más tiempo que lleve nuestro cuerpo sin moverse de sitio”. El autor polaco describe las virtudes del viajero Heródoto, haciendo una reflexión sobre la condición humana. Los modelos de Odisea y de los propios libros griegos están muy presentes y se confirma que, una vez, hace siglos, unos hombres nos dijeron lo que fuimos. Lo que somos ahora.
El viaje como rito iniciático de la despersonalidad, de la anulación del espacio y el tiempo del lugar de lo cotidiano. Esa desaparición del espacio lleva implícita una poética y en ella reside los inacabables frutos de un viaje. Frutos que hay que morder con el paso del tiempo, con la memoria desvencijada por el trastoque, para luego convertirlos en literatura.
Estas líneas han comenzado a brotar sin destino ni arbitrio. Es la naturaleza propia de las vísperas. Revuelco, impaciencia, levantamiento de las almas. Itinerario que se sucede en la cabeza como una melodía, como un elixir o testamento de que un día cercano estuvimos allí, donde soplará el viento de una furtiva lágrima.

lunes, 27 de julio de 2009

Dublinesca.Variaciones sobre un mismo tema.

La escritura registra de uno lo que de verdad tiene su vida o lo que puede aspirar a la verosimilitud. Escoge un suceso o un comentario, una reflexión o sus manías cotidianas para dar pábulo a su escritura. Dar cuerda a las letras es una tarea cada vez más difícil y más comprometida porque con el tiempo los temas van siendo los mismos y termina uno por darle la razón a Borges y confirmar que la circularidad del hombre es una evidencia. Un escritor se imbrica con la vida desde un estado de sombra que aspira a la luz. En esa taimada secuencia de su escritura, la exploración es un talismán de la lengua con la que escribe.
Se anuncia -(con la polémica de los fichajes editoriales)- que Vila-Matas va a publicar una novela titulada Dublinesca. En ella, dejando a un lado la velada trama que hilvanará las páginas, el autor escribirá, con su peculiar magisterio, sobre el impacto de la tecnología en la cultura. Esta supuesta temática me ha llevado hoy a divagar, sin brújula ni astrolabio, sobre un tema que me parce el mismo de siempre: la escritura. Así que hablaré de la escritura en las bitácoras a través de una bitácora, cuando realmente debería hacerlo a escondidas, a contraluz, en el silencio de una pluma marcando la celulosa.
Esta nueva realidad en forma de bitácora o de cuaderno electrónico va mostrando sus virtudes, pero igualmente sus carencias. Leía con entusiasmo algunas páginas electrónicas que hacía de la lectura una actividad amena, personal y formativa. Pero los cuadernos van tomando ese cariz de tertulia de amiguetes en que cada uno va mostrando sus logros, las loas o las palabras de ensalzamiento de otros compañeros. Es un sustituto, en mucha ocasiones, de un café, una copa o un encuentro entre persnas con inquitudes afines. Eso me lleva a pensar en la distancia que hay entre ese tipo de escritura y la esencia misma de los diarios o cuadernos de notas personales, formatos propensos a la intimidad y, sobre todo, a la distancia absoluta con los lectores si los hubiera.
Todavía recuerdo cómo Jules Renard, al llegar a casa, escribía elogiosos comentarios a las palabras y actuaciones de Schwob. Líneas de las que Schwob era desconocedor, pero que no necesitaban de esa transparencia para ser escritas.
Los diarios que uno ha leído (Renard, Kafka, Márai, Pessoa, Flaubert, Tolstoi, J.R.Ribeyro, Gombrowicz, Kertész…) poseen la magna entidad de la soledad. Esa es la manera de presentarse ante sus lectores y esa característica es, precisamente, la que más conmueve mi lectura. La falta absoluta de conexión o complicidad con las expectativas de los lectores, porque si uno escribe en un cuaderno personal las rutinas más nimias o las observaciones más intrínsecas no sabe qué lector llegará, después, para interpretarlas. Cosa distinta ocurre con las bitácoras de ahora, se escriben para los amigos y para tener un perfil determinado en Internet, buscando una polémica o la congratulación de turno.
Es cierto que, este formato tecnológico conduce a la lectura pública y que pretender escribir para la soledad es una entelequia. Cualquiera puede acceder a tus comentarios, a tus anotaciones o tus creaciones.Tú mismo, ahora, lo haces con toal libertad. Si tu deseo es el anonimato, no hay más que agarrar un cuaderno de papel y un bolígrafo y arrumbarlos en un cajón o en una estantería.
Por este motivo, escribo esta reflexión sobre los diarios personales. Hay que buscarle una ubicación nueva, tanto en la lectura como en la escritura. El escritor deberá ajustarse a las nuevas tecnologías, pero sin abandonar la literatura. El lector deberá comprender que hay bitácoras informativas, cuasiperiodísticas y otras puramene literarias. Incluso la mezcla de ambas tendencias puede darse en concierto perfecto. Y así debiera discriminarse por le lector o el crítico.
La soledad ha dejado de pertenecer a la naturaleza de esos diarios del XIX o de principios de siglo XX que aguardaban en los cajones de las viudas para ser publicados. Eran vidas secretas de los escritores que surgían a posteriori, dejando asombrados a los lectores de las novelas o los poemas, las anotaciones que el escritor hacía sobre un personaje, un suceso o la influencia de algo en su literatura. No puedo pensar más que en Pessoa para entender esto que escribo.
Así las cosas, la primera criba que hace uno de las bitácoras que lee es la calidad literaria con la que están escritas. Esa es, al menos, mi perspectiva como lector. Por eso, cuando me encuentro con buenos cuadernos, entiendo que no todos son literarios en sí; los hay que informan de noticias literarias, que hacen crítica, que informan de publicaciones o que, y esto es cada vez más común, dicen cuándo y dónde van a publicarle un libro.
Por lo tanto, el lector de bitácoras debe ser un lector plural, que conozca de antemano las pretensiones de las bitácoras a las que se acerca cada día. Ellas son muy variadas, una mezcla de periodismo con ínfulas librescas, de muestrario personal de alegrías o logros, de diseño gráfico a través de imágenes o viñetas, etc. De todas ellas, me quedo con las puramente literarias, las que hacen que la literatura oxigenen sus renglones virtuales y las que harán, supongo, que la influencia de este formato se diluya en novelas, cuentos o cualesquiera composición literaria como las de Vila-Matas o José Saramago. Eso sí, hay una cuestión impepinable, una bitácora siempre aspira al papel.
En cualquier caso, tomo unas palabras de mi admirado Kertész para cerrar estas divagaciones y para dar testimonio mi encuentro diario con el Nobel: "Mi vida es terrible en todos los sentidos, excepto en el sentido de la escritura: así pues, escribir, escribir, para soportar mi existencia; es más, para justificarla".

sábado, 25 de julio de 2009

Mencionaré una playa.

Mencionaré una playa y unos zapatos nuevos; la caída del sol, desmayado, entre las óseas esferas del mar. Con la abolición del tiempo, leeré estos microgramas de Walser que tanta perplejidad desprenden. Una cautelosa manera de hacer la sintaxis mencionaré después, cuando todo haya acabado. Acabó.

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Paseaba esta mujer cercana a las tiendas. Aquel señor de hombros limados, se aquejaba de lo otro. Un niño ejercía su inocencia a fuerza de llantos. Una joven como un pétalo refrescaba la plaza. He estado sentado un día entero en el mismo lugar. He querido emular aquello que Perec defendía para los lugares: nunca se acaban, hay que escribirlos. Para esa tarea, lo primero es elaborar una lista con toda la realidad que se ve desde el lugar. Para ello comencé a escribir en el moleskine. Aunque deberé comprarme otro. Mañana. La realidad no cabe en un cuaderno.

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Kertész estuvo leyendo a Nietzsche durante toda su vida. Es omnipresente en Diario. Así como Pascal, con el que trata de conectar y contrarrestar la influencia del bigotudo alemán. También es cierto que la escritura es la única perpetua solución a su vida. Sus desafíos como hombre pensante siempre están entre el ansía de infinito y el desarrollo del individuo. Tras leerlo durante estas semanas, creo que Kertész quiere descifrar el individuo universal que escribió sus libros. Saludarlo, con efusión. Gracias, le diría, has mantenido este cuerpo en vilo.

viernes, 24 de julio de 2009

Ser es natural es.

No me cabe duda, estoy con Ray Bradbury en su defensa apasionada de la celulosa. El libro es un objeto insuperable, su naturaleza supera a la tecnología, porque su olor, su fisionomía, sus cualidades naturales, pertenecen al imaginario sensitivo de los hombres. Aspiración vacua e imposible para un texto electrónico.

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Dijo Caeiro: “Yo soy del tamaño de lo que veo…”, y esa visión se amplía considerablemente si adjuntamos “y de lo que leo”. El escritor consigue crear una red de arterias y venas hasta alcanzar un sistema de circulación emocional. Ese sistema lo recorren la vida y la literatura, el ver y el escribir; la música lo hace abstracto. El bombeo viene motivado por la sensibilidad. Luego, tras años de existencia, la aspiración del escritor es deshacerse de ese sistema intrínseco y hacerlo desaparecer; fundir su vida en la letra y quedar en el tiempo en que no existirá su persona, en cualquier caso, dotar a la literatura de una personalidad producida de una mixtura.

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Yo escribo que Cervantes dice que Cide Amete cuenta que don Quijote dijo que uno no puede morir sin más ni más. Y en esta escala de verdades, la credibilidad es relativa. Por eso la literatura es una jerarquía en que desde el primer grado hay que conseguir el pacto con el lector. Las grandes obras son aquellas que antes de leer corroen los prejuicios del lector, por su fuerza ficcional.
Algo parecido sucede con los genios. Ya lo he comentado alguna vez, las palabras de Harold Bloom en Genios (Anagrama), me parecen muy esclarecedoras en un tema en el que todo son especulaciones. ¿Qué es un genio, cómo surge? ¿Qué hace que un hombre escriba y otro no?

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Ser, res. Etimologitis literaria. Palabras que, en su seno, poseen otras.

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La suma de todas las perspectivas ayuda a afrontar la idea mejor. La idea a secas, sin abalorios. Uno condensa unas palabras, las macera inconscientemente y luego termina escribiéndolas en un cuaderno, en una novela, en un poema. Convive con ella a pesar de que, con el tiempo, tenga que modificar alguna parte de su procreación, limar alguna aspereza. Y eso se produce porque el que construyó en ese momento la sentencia dejó de ser. Por este motivo, cuando le achacan a J.R. Jiménez su afán de corrección siempre digo que su obsesión era retardar la muerte de su yo. Porque sabía que, con cada borrón, con cada trueque de sustantivos o adjetivos, su vida pasada se tornaba despierta. ¡Qué grandeza! Aún su obra nos parece no concluida.
Lecciones magistrales. Kertész se lleva un espejo al camino. Lo aplica durante horas. Y repite la misma acción a lo largo de varios días. Cuando llega a casa, todas las tardes, escribe. En una de sus notas leemos: “¿Cómo puede ser una novela como la vida cuando ni siquiera la vida es como la vida?”.