La uva es un diamante gastado por la albariza, que surge de una madera avejentada y retorcida que se hospeda en los campos. Su encarnadura es melosa y acuática y soprta la presencia de varias semillas que, al moderlas, se vuelven ásperas. La uva, en septiembre, se recolecta y entonces nos otorga, en Sanlúcar, el aroma prodigioso del joven mosto que espera engalanarse con manzanilla en la solera. En las criadreas me imagino la orgía de las antiguas madres esperando la frescura y la húmeda presencia de los nuevos.
sábado, 31 de julio de 2010
jueves, 29 de julio de 2010
domingo, 25 de julio de 2010
Este verano no he descansado lo suficiente. No lo he hecho por diversos motivos que debería alejar de inmediato de mi vida. Motivos sin esencia, cuyas horas son inadvertidas para la escritura y la lectura. Por eso, cuando todos comiencen a proponer esto y lo otro, llevaré anotadas en mi libreta, las prioridades que deben fortalecer mi existencia: el amor, la lectura y la escritura. Todo lo que venga después, tendrá que sublevarse a esta tríada capitolina que debo defender como un coloso en Rodas. Si no es así, no será nada.
viernes, 23 de julio de 2010
Con J., en Rávena, delante de la tumba de Dante. Dos volúmenes de la Comedia, uno es verso, en tercetos, traducido; otro, en prosa, con texto original. Dos hombres, dos lectores, atraidos a este lugar lítico por una obra literaria. La peregrinación ha sido efectuada. No sé qué cumplo con este gesto, pero la conciencia me ha conducido hasta aquí, hasta esta tumba en que reposa un cuerpo en un lugar que aún desconozco, que sólo intuyo.
jueves, 22 de julio de 2010
miércoles, 21 de julio de 2010
lunes, 19 de julio de 2010
viernes, 16 de julio de 2010
Tienen gracia esos personajes que revolotean junto a ciertos escritores con poder en editoriales y premios. Escribo esta nota, porque dentro de unos años, a lo mejor, el panorama cambia y todo este entramado se disuelve. Quisiera que alguien, un lector futuro, leyera qué sucedía en este año y por estas fechas con la poesía y la literatura en general. A lo mejor la situación es todavía más deprimente, pero también valdrían estas líneas para contraponerlas a lo que haya. Lo cierto es que la literatura está en las garras de los que se han creído en posesión de una verdad política y social que han trasladado a las letras.Se menosprecia el trabajo hercúleo del pensamiento, la palabra bien macerada, las constantes visitas inteligentes a la tradición, tanto en la lengua materna como en lenguas extranjeras, y se menosprecia, en definitiva, y a causa de la ignorancia, el verbo que rige y vertebra la tarea del poeta.
jueves, 15 de julio de 2010
Cadogan Guides.
La última vez que estuve en Siena, donde la catedral es el mausoleo del viento en la Toscana, encontré, dejada sobre un muro de piedra que asomaba a un recinto ajardinado, una guía de la Toscana en inglés. La guía pertenece a la colección Cadogan Guies y está centrada en Tuscany. Fue editada en el 2002 y propone una serie de rutas por las ciudades de esta región italiana.
No sé si su dueño la había dejado allí a conciencia, con la intención de que algún curioso como yo terminara abriendo sus páginas y leyendo algo sobre aquel lugar que tanto le había fascinado o que tanto lo había fastidiado. Porque en el momento en que comencé a proyectar todas las variantes posibles que habían llevado al libro a aquel lugar, comenzó a surgir la literatura. Lo vi, en su momento, como un acto de entrega, un acto amatorio al prójimo en que no se sabe quién será el destinatario porque poco importa esa cuestión. Lo cierto es que imaginé al señor, quizás con su mujer y el resto de su familia o quizás sólo, merodeando por Siena o acompañado de una amistad pasajera que le había llevado a aquel rincón recóndito. Porque el lugar en que estaba la guía era como un recodo de una calle que hay que conocer para saber que, al final de la misma, se ofrece una panorámica espectacular del entorno de la ciudad. Por eso pienso que alguna dama había llevado allí al viajero despistado para enseñarle la visión. El viajero, en un acto de compromiso, dejó allí la marca, la huella de aquel acto que tanto lo había sobrecogido. O quizás no, sólo hubiera dejado allí, el señor con su familia, la guía por un descuido.
Entonces, cuando me disponía a seguir leyendo entre sus páginas, saltó un papel que estaba plegado y que vertebraba el volumen fatigado. Era un recorte de una revista que ofrecía una ruta por Roma. Encabezaba la página las siguientes palabras: “Guide to Rome” y el señor había escrito con bolígrafo delante de ellas “The best…” con una caligrafía que parecía sostener toda la emoción del viajero anónimo. Su anonimato dejó de ser una incógnita, ya que al lado de este título, se mostraba su nombre: James Marin.
A continuación, después de unos mapas pequeños que recorrían imaginariamente los alrededores del Trastevere, había una anotación: “Hotel Jolly Villa Carpegna, Via Pio IV, ****” y, seguidamente, Hotel Meditt…eraneo, Via Cavour, 15, near train station. Very Nice”.
No sé si su dueño la había dejado allí a conciencia, con la intención de que algún curioso como yo terminara abriendo sus páginas y leyendo algo sobre aquel lugar que tanto le había fascinado o que tanto lo había fastidiado. Porque en el momento en que comencé a proyectar todas las variantes posibles que habían llevado al libro a aquel lugar, comenzó a surgir la literatura. Lo vi, en su momento, como un acto de entrega, un acto amatorio al prójimo en que no se sabe quién será el destinatario porque poco importa esa cuestión. Lo cierto es que imaginé al señor, quizás con su mujer y el resto de su familia o quizás sólo, merodeando por Siena o acompañado de una amistad pasajera que le había llevado a aquel rincón recóndito. Porque el lugar en que estaba la guía era como un recodo de una calle que hay que conocer para saber que, al final de la misma, se ofrece una panorámica espectacular del entorno de la ciudad. Por eso pienso que alguna dama había llevado allí al viajero despistado para enseñarle la visión. El viajero, en un acto de compromiso, dejó allí la marca, la huella de aquel acto que tanto lo había sobrecogido. O quizás no, sólo hubiera dejado allí, el señor con su familia, la guía por un descuido.
Entonces, cuando me disponía a seguir leyendo entre sus páginas, saltó un papel que estaba plegado y que vertebraba el volumen fatigado. Era un recorte de una revista que ofrecía una ruta por Roma. Encabezaba la página las siguientes palabras: “Guide to Rome” y el señor había escrito con bolígrafo delante de ellas “The best…” con una caligrafía que parecía sostener toda la emoción del viajero anónimo. Su anonimato dejó de ser una incógnita, ya que al lado de este título, se mostraba su nombre: James Marin.
A continuación, después de unos mapas pequeños que recorrían imaginariamente los alrededores del Trastevere, había una anotación: “Hotel Jolly Villa Carpegna, Via Pio IV, ****” y, seguidamente, Hotel Meditt…eraneo, Via Cavour, 15, near train station. Very Nice”.
***
Al cabo de unos días en Florencia, el siguiente destino fue Roma. Desde el momento en que esa guía cayó en mis manos, no pude dejar de condicionar todo el viaje a aquella circunstancia pasajera. Por momentos, me creía el dueño primogénito de aquel libro en inglés y, por otra, como un usurpador de los bienes de otro. De cualquier forma, tenía una cosa muy clara, en cuanto llegara a Roma, iría a dar un paseo por la Via Cavour y por la Via Pio IV en busca de esos hoteles. Así ocurrió mientras M. descansaba en la habitación del hotel debido al sofocante clima del ferragosto. Habíamos estado en los mercados de Trajano y en el Coliseo por la mañana y la calima nos había tumbado. Pero mientras M. dormía, no pude contener los ímpetus de explorador del abismo que me recorrieron en esos momentos. Llegué a Via Cavour, 15 y efectivamente allí estaba el Hotel Mediterráneo. Entré y pregunté por la cafetería. Allí sentado, tomándome una tónica, comencé a leer la guía. Sólo quise evidenciar que hubiera hecho el señor con ella en ese lugar o, a lo mejor, sentirme atrapado en una ficción en el acto y de la que yo era el que iba evolucionándola únicamente en mi cabeza.
Al cabo de unas horas, una pareja de americanos entró demasiado efusiva. Rubia, ella, con las carnes enrojecidas; rubio, él, con una bolsa de recuerdos de la ciudad de Siena.
miércoles, 14 de julio de 2010
Creo que poseemos una pieza escondida en un lugar remoto de nuestra fisiología. Una pieza que bien pudiera considerar un lugar en que descansamos sin conocernos, en que nuestro ser mantiene en consonancia sus esencias. Cuando ese espacio es tornasolado por las artes y el raciocionio, el hombre comienza a desprenderse de sus instintos más primarios y se separa de la tribu. Hurga, palpa, surge el insomnio. Si muriésemos en ese instante, tendríamos los ojos abiertos por la cegadora estancia que nos recorre.
Es un espacio indescriptible, más bien una utopía en su sentido recto. Un línea cuyo inicio y fin son desconocidos y que, acaso como el universo, nos trasciende la inteligencia.
Es un espacio indescriptible, más bien una utopía en su sentido recto. Un línea cuyo inicio y fin son desconocidos y que, acaso como el universo, nos trasciende la inteligencia.
***
Se acerca el día en que tomaré un avión hasta Pisa. Allí me esperará un poeta de altura que amenaza con llevarme a algunas librerías que ha expurgado en la ciudad de los círculos de fuego y de la piedra ensoñadora. Los veranos no cobran sentido sin estas estancias de verano en Italia, a pesar del calor y el sofoco. Esta costumbre se ha constituido en un rito de paso, por el que debo encauzarme cuando llega el estío. En el estío me espera la renovada palabra que me advierte de que los días están contados.
***
El viaje posee el magnetismo de la invocación a lo vertical.
***
Cómo vendrán estas notas de diario dentro de unos días es una cuestión que no me preocupa, porque son ellas las que aparecen y lo revolotean todo y me desalman. Son ellas las que establecen sus cuerpos morenos sobre el huerto blanco que las recoge. Me limito a observarlas, a comprobar cómo el mundo está en ellas y surge con ellas. Que la escritura no pertenece a la vanidad de un escritor sino a su sensible estancia en el mundo y a la observación de la naturaleza. Porque observar un árbol es ejercer de humano. Ver su decrepitud y su renacimiento, comprender la mortalidad. Querer sostener todo eso con palabras, ser escritor.
martes, 13 de julio de 2010
En la propia vida hay situaciones tan diversas que parecen que no nos pertenecen, que ellas mismas no forman una unidad vital o que se esparcen sin criterio; que son acciones humanas que bien pudieron ser ejecutadas por cualquier otro o que pudieron aparecer en cualquier otra vida. Así, mantiene uno una conversación efusiva sobre este tema o el otro, sobre esta circunstancia o aquella y al final, las palabras brotan en la memoria desbocadas y desnutridas, porque ya no queremos mantenerlas por más tiempo.
Me sucede esto con mucha frecuencia y con una asiduidad que no me agrada. Será por esto, por lo que cada vez que veo que quieren emboscarme en una conversación ni siquiera introduzco mis criterios o mis argumentos formados. No creo conveniente que uno vaya despilfarrando palabras por ahí, palabras dejadas a la intemperie de un receptor que las interpretará con sus bazas intelectuales.
Porque las palabra son la morfología de las ideas, o a la inversa, no es tiempo de discusión, debe uno cuidarlas y atesorarlas hasta que les llegue el momento idóneo en que tienen que ser pronunciadas o escritas. Este ejercicio, que no es de respeto extremo al verbo, ni de cautela, ni de solipsismo, es sobre todo un acto de compromiso con la conciencia y con el ser que seremos una vez que la hayamos verbalizado.
Me sucede esto con mucha frecuencia y con una asiduidad que no me agrada. Será por esto, por lo que cada vez que veo que quieren emboscarme en una conversación ni siquiera introduzco mis criterios o mis argumentos formados. No creo conveniente que uno vaya despilfarrando palabras por ahí, palabras dejadas a la intemperie de un receptor que las interpretará con sus bazas intelectuales.
Porque las palabra son la morfología de las ideas, o a la inversa, no es tiempo de discusión, debe uno cuidarlas y atesorarlas hasta que les llegue el momento idóneo en que tienen que ser pronunciadas o escritas. Este ejercicio, que no es de respeto extremo al verbo, ni de cautela, ni de solipsismo, es sobre todo un acto de compromiso con la conciencia y con el ser que seremos una vez que la hayamos verbalizado.
***
¿Qué valía mayor posee la palabra de un hombre frente a la de otro?
***
Creo que la literatura, en el momento en que para ser leída, sobrepasó el tiempo que vive un hombre, también sobrepasó la realidad. La literatura ha modelado el imaginario de la humanidad aun habiendo sufrido una evolución en el pensamiento. Ningún sistema filosófico ni ningún filósofo avezado, ha podido evadirse de la literatura, de los mecanismos de la ficción.
lunes, 12 de julio de 2010
Roma es el sueño mundano contenido en la piedra. No hay una ciudad más terrenal que Roma: ella es gredosa y de arcilla. Contiene la medida exacta del hombre, de sus sueños convertidos. Habrá otras bellezas en otros lugares, pero ninguna tan humana, real y mortal como la que atraviesa Roma.
***
Desde pequeño he jugado al fútbol continuamente y nunca he dejado de practicarlo. Incluso un equipo ilustre, como era el Cádiz, cuando estaba en épocas más brillantes, habló con mi padre para ficharme: decían que era bravo y que jugaba con rapidez y fuerza. Lo cierto es que todos mis amigos de la niñez, todos, han sido con el tiempo futbolistas profesionales. Algunos han debutado en primera división, otros se han quedado en segunda y los más numerosos lo hacen en tercera división. Siempre he sido, de ese grupo, el que tenía que marcharse, el que fue dejando, algunas tardes, el ir a jugar porque estaba preocupado por los estudios, la lectura o la música. Aun así, intentaba, cuando podía, imitar los regates de "Mágico" González, inigualable futbolista.
Sin embargo, en verano, nos reunimos para jugar algún partido que rememore aquellos años en que soltábamos la pelota de madrugada y en que el regalo de un Tango Adidas era un sueño.
Imaginé, por unos momentos, que éramos nosotros, los niños que jugábamos cuando bajaba la marea en la playa y nos hacíamos ampollas y rozaduras, los que levantábamos la copa de campeones del mundo.
Cuando abandonaba o no asistía a algunos partidos, sobre todo cuando me fui a estudiar a Sevilla, no fue porque mis padres me obligaran. Antes al contrario, mi padre es un futbolero enfervorizado, pero siempre me ha mantenido con cautela ante los logros efímeros y circunstanciales de los futbolistas.
Esta idea fue la primera que me rondó la cabeza cuando terminó el partido de ayer, mi padre atenuando los logros futbolísticos, los elogios de moda a pesar de ser el primero en cantar el gol. Es una lección de mortalidad que nunca olvido cuando estoy frente a una alegría momentánea. Como los héroes antiguos, como Héctor batallando con Aquiles a pesar de su insuficiente valía, me veo, en ocasiones, ofreciéndome al furor momentáneo de una victoria que no irá más allá del recuerdo impávido de un hombre.
Sin embargo, en verano, nos reunimos para jugar algún partido que rememore aquellos años en que soltábamos la pelota de madrugada y en que el regalo de un Tango Adidas era un sueño.
Imaginé, por unos momentos, que éramos nosotros, los niños que jugábamos cuando bajaba la marea en la playa y nos hacíamos ampollas y rozaduras, los que levantábamos la copa de campeones del mundo.
Cuando abandonaba o no asistía a algunos partidos, sobre todo cuando me fui a estudiar a Sevilla, no fue porque mis padres me obligaran. Antes al contrario, mi padre es un futbolero enfervorizado, pero siempre me ha mantenido con cautela ante los logros efímeros y circunstanciales de los futbolistas.
Esta idea fue la primera que me rondó la cabeza cuando terminó el partido de ayer, mi padre atenuando los logros futbolísticos, los elogios de moda a pesar de ser el primero en cantar el gol. Es una lección de mortalidad que nunca olvido cuando estoy frente a una alegría momentánea. Como los héroes antiguos, como Héctor batallando con Aquiles a pesar de su insuficiente valía, me veo, en ocasiones, ofreciéndome al furor momentáneo de una victoria que no irá más allá del recuerdo impávido de un hombre.
***
Tramontana, esta voz se debilita, como una estatua contenida en los ojos.
***
Recoge Dante una leyenda sobre Florencia que me deja pensativo: “Yo soy de la ciudad que en el Bautista/ cambió el primer patrón…”. Exactamente, se refiere a la leyenda en la que se dice que Florencia estaba bajo el patronato de Marte. Aéste se le había dedicado un templo que fue, a la postre, transformado en el Baptisterio de San Juan. Por este desagravio, Marte no cesa de enviar a la ciudad castigos y desdichas, aunque sería la ira mayor si no se hubiese recogido del fondo del río los restos de una estatua en su honor. Aunque, como aclara el editor, en realidad, esa estatua estaba dedicada a Teodorico. Cuando pasee dentro de unos días por el por el Ponte Vecchio no tendré más remedio que imaginar todas estas líneas y releerlas. Acaso comprobaré la ficción que somos y los sueños que portamos a cada paso.
domingo, 11 de julio de 2010
En estas semanas de estío, en cuanto pongo un pie en el mármol templado que me aguarda, lo primero es leer un canto de la Comedia. Lo leo, sin lápiz en la mano, con los ojos entrecerrados y como acogido todavía por la vigilia, casi abstraído por el sueño. Cuando termino de hacerlo, la luz del día es otra, una implacable jerarquización de la materia. Bajo las escaleras para tomar un café pero ya, el descenso es otro, porque he sido invadido por la alegoría de Dante.
Releo algunos subrayados del Canto XI en que se cita explícitamente algunas obras de Aristóteles, Ética y Física. Tengo a esta última como la magna obra aristotélica. De esta suerte, agarro el volumen de Aristóteles y comienzo a leer las páginas del inicio. La física, la phisis es el principio por el que debemos entonar la melodía dantesca. Suena la cafetera, como un tren en marcha que quiere despedirse y salgo, por unos momentos, de este camino selvático.
El ingenio con que en estas décadas se conjugan las enseñanzas de los grandes filósofos con toda teocracia incipiente y en lucha con las monarquías me embelesa, pero más aún, cómo demuestra San Agustín que la lectura es un objeto de quien la lee y la entiende con su experiencia lectora.
Releo algunos subrayados del Canto XI en que se cita explícitamente algunas obras de Aristóteles, Ética y Física. Tengo a esta última como la magna obra aristotélica. De esta suerte, agarro el volumen de Aristóteles y comienzo a leer las páginas del inicio. La física, la phisis es el principio por el que debemos entonar la melodía dantesca. Suena la cafetera, como un tren en marcha que quiere despedirse y salgo, por unos momentos, de este camino selvático.
El ingenio con que en estas décadas se conjugan las enseñanzas de los grandes filósofos con toda teocracia incipiente y en lucha con las monarquías me embelesa, pero más aún, cómo demuestra San Agustín que la lectura es un objeto de quien la lee y la entiende con su experiencia lectora.
***
En el Canto XII nos encontramos ya en el séptimo círculo, el dedicado a los violentos. En este pasaje, en que se nombra a Jesús y al Minotauro, lo que más me sorprende es la referencia a Empédocles: “alguno cree que el mundo/ muchas veces en caos vuelve a trocarse”. La discordia de los elementos, para Empédocles, que gracias al amor volverían a convocarse en un caos primigenio. Y esa es la sensación de la lectura de la obra de Dante, todo lo anterior vuelve a establecerse como una anécdota caótica, insignificante, porque cada verso que se va escalando desaparece y cada estrofa desaparece. Y al final de los cantos sólo queda una sombra sin lumbre que la guíe y desconcertada. Y esa sombra es uno mismo sin saber qué pronunciar ni a dónde dirigirse. Cuando miro los pies veo que “remuevo lo que piso”, esto es, lo que “no suelen hacer los pies que han muerto”.
***
M. en Perugia sigue estudiando no sólo la lengua sino la cultura italiana, incluida una buena dosis de literatura. Parece que se está haciendo poco a poco con la dinámica de la ciudad de la que siempre me habla entusiasmada y con fervor.
Dentro de unos días, volveré a Italia para reencontrarme con M., aunque antes tenga establecida una cita en Florencia con un poeta y virgiliano escritor. Florencia es ocre, casi lirio grisáceo, acumulación de la inteligencia humana, del alcance previsto para los ojos; Venecia, sin embargo, es mística y prístina, carece, ante todo, de la mano del hombre.
***
En estos viajes de vuelta sucede lo que a Ulises, regresar es conmover la conciencia.
***
Escribe Ramón Gaya en Tropiezo y contrariedad de la belleza (Tramontano romano): “Porque la belleza nos envuelve siempre en un abrazo demasiado apretado […] A una cierta profundidad de la belleza topamos, invariablemente, más que con un obstáculo suyo, con un impedimento nuestro, con una miseria nuestra; es como una incapacidad nuestra, casi física, de abarcar, de aprehender, de poseer su cuerpo entero presente”. Estas líneas trasladan de forma excelente las sensaciones que arrastra uno con ciertas obras literarias, con algunas ciudades, algunas personas cercanas y no pocas manías de la luz.
***
En ocasiones, cuando observo una pintura de Tiziano, tengo la sensación de que interrumpo a los personajes; sin embargo, cuando me sitúo enfrente de una pintura de Velázquez, me siento mancha, trazo, fugaz presencia soñada y enmudecida. Realidad toda.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)