domingo, 26 de abril de 2009

Continuadores y secuaces.

2 de febrero. El escritor predica las traiciones de los húngaros rendidos a los cantos comunistas. Todo esto lo trae a su diario porque se habían publicado las memorias de István Vas y éste contaba quiénes eran sus camaradas antes de que el comunismo llegara al poder. Es cierto que, al final, como afirma Márai, nadie recuerda a estos parásitos del poder y que, de todas formas, hacen que los escritores notables terminen en el mismo olvido ponzoñoso que los mediocres. Me acuerdo aquí de Foxá, Panero, Bergamín o Emilio Prados entremezclados con la genialidad de Cernuda o de Lorca, de Machado o J.R.Jiménez. Así escogidos, al azar, no hay comparación posible. Unos, autores de antologías imposibles. Otros, voces de la poesía en la posteridad. Unos, antores de islas tremebundas; otros, hacedores de belleza en la maleza del hombre. ¿Qué se hicieron, no es la ideología beligerante de los fanatismos, un axioma impermeable para la poesía?
Como una ducha purificadora lee Márai libros de poesía durante media hora por las noches. Todos los poetas que nombra me son desconocidos: Czuczor, Bajza, Batsányi… Y me invade una sensación de ignorancia supina que me lleva a dejar de escribir.

5 de febrero. Describe el escritor su obsesión con el manuscrito de una novela policíaca que tiene aparcada en un cajón. Eso le lleva a reflexionar sobre la utilidad de la literatura. Y es ahí cuando comienza una ristra de metáforas y comparaciones que culminan equiparando al escritor con un médico que ausculta la barriga de una mujer embarazada. Los latidos del feto son los de la
novela. Después de esto, me imagino que tengo escrita una novela que descansa en un cajón la imagino pulcra, casi corregida, con toda el talento volcada en ella, ¿y qué?, termino por preguntarme, ¿qué canto a la posteridad estoy precipitando a costa de este presente que huye? ¿Y qué si no se publica, no habré dado respuesta a mi presnecia en el mundo con sólo haberla escrito?

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Rosa Navarro Durán, filóloga de fuste y largo recorrido, autora de un libro singular y atrevido, Alfonso de Valdés, autor del lazarillo (Gredos), acaba de editar una de las continuaciones de La Celestina. Se trata ni más ni menos que de la Tragicomedia de Lisandro y Roselia (1542), de Sancho de Muñón. El autor quiso continuar la historia de Celestina pero en boca de su sobrina, Elicia, que demuestra haber aprendido las artes y truhanerías de la vieja puta. Una obra que se suma a la lucha entre los continuadores de la magna obra de Rojas y que merece, por tanto, nuestra atención.