domingo, 12 de abril de 2009

Cuyas sombras revuelan.


M. lee con entusiasmo El esnobismo de las golondrinas (2007), de Mauricio Wiesenthal y, de vez en cuando, con la modulación que la caracteriza, sobrepone su voz al silencio que nos abriga. Asalta la convivencia leyendo en voz alta un pasaje, glosando una afirmación, apuntando el lugar al que debemos ir de viaje en nuestras próximas salidas. Hace todo esto embargada por la emoción y yo no puedo más que dejarme arrastrar satisfecho. Ella me enseñó a dotar a los viajes de una dimensión desconocida para mí: el terreno en que la huida es la naturaleza del visitante. Aquello que Baudelire reclamaba como identidad del viajero moderno, el derecho a la huida.

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¿Qué piel de estos recuerdos, qué sustancia…? La vida que discurre en estos libros, el látigo manido del pasado, el viejo monumento del recuerdo, el campo amanecido, la luz atravesando nuestras manos, ¿qué hiel de esta mañana moribunda, qué acento? ¿Que intrincado pasadizo guardamos con palabras, hacia dónde?

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Antonio Colinas dice en su último poemario, Desiertos de la Luz (2008), que la música del mundo y la nuestra es sólo una… ¿de qué armonía? ¿Podemos variarla con nuestra voluntad?
Sólo una música somos -escribo- y con el verbo plural no sé que quiero recoger. ¿Somos pluralidad, pertenecemos al todo? ¿El todo es uno?
De cualquier forma, mis pensamientos son marros que balbucean, acaso, la certeza de que para ser hombre hay que aprender a ser mortal. Y creo que la literatura grecolatina (sobre todas) y, en buena medida, -de otros tiempos en Europa: Shakespeare, Cervantes...-, entendieron bien el ejercicio literario: un método de encuentro con la vigilia del mortal.
Escribir cada vez se me asemeja más a la descripción de una enseñanza que se vuelve aprendizaje: aprender a ser mortal. La mortalidad como un estado de gracia asumible y certero, que oscila entre la objetividad y la finitud.Una emoción objetiva es la aspiración de esta escritura.
*Ilustración, Venus y las gracias sorpendidas por un mortal. Jacques Blanchard (1660-1638).