miércoles, 22 de abril de 2009

Melodía en el pentagrama.

Este mediodía canturreaba yo algún pentagrama de Corelli. Debe de ser por aquello de esa predisposición al orden clásico que va fermentando en mis criterios. Me he alejado de aquello que se impregna de las modas sin fundamentos, de aquello que predica una destrucción sin la concepción clarividente de la obra de arte.
No sé, realmente, lo que quieren los posmodernos, si teorizar sin obra u obrar sin teoría. Mal que bien, cada vez creo más en la emoción y en la provocación de sentimientos primitivos al leer o contemplar una obra de arte. En buena medida, la explicación del deleite y del regocijo siempre queda al margen de lo métodos o, por el contrario, son motivos centrales y denostados por subjetivos. Aunque una cosa sí es segura, fray Luis, Cervantes, Garcilaso, san Juan y tantos otros no son en ningún momento final de una etapa, más bien inicio de la modernidad. Y en ellos está reconcentrado lo moderno, es decir, en la lectura de sus textos y en la interpretación que hagamos de sus obras en su tiempo. Diálogo atemporal, medida de lo inasible y perpetuo.
No voy a destapar la antigua discusión entre clásicos y modernos, porque viene de antiguo y no es asunto moderno ni necesario. Por eso digo que interpretar la modernidad siempre es cosa del pasado.

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En ese canturreo de Corelli, recordé unas palabras de Marco Aurelio. Rescaté el libro de las colmadas baldas y localicé el pasaje, Libro VII, 56, de Meditaciones: "Como hombre que ha muerto ya y que no ha vivido hasta hoy, debes pasar el resto de tu vida de acuerdo con la naturaleza". Y lo clásico, así tomado, puede verse como el pacto tácito entre la naturaleza y el hombre, entre la condición humana y su adecuación al mundo. Un estarse muerto, una fugaz clarividencia, una mismidad impregnada de arena, de cielo, de lamento. ¿Una intuición, con Amado Alonso?



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En Materia y Forma en poesía, de Amado Alonso, aparece un erudito pero emotivo ensayo sobre clásicos, románticos y superrealistas, titulado tal cual: "Forma clásica es, pues, un equilibrio estable de perfecciones". Sin menoscabo de los logros modernos, entiendo clásico como aquella obra que participa de lo clásico, sea cual sea su temporalidad. Porque clásico indica atemporalidad. Con ello, cualquier obra, escrita en cualquier periodo participa, entona, armoniza rasgos de la clasicidad. ¿Cómo reconocerlo? ¿Es posible reconocer un organismo que vive de continuo y que nos sobrepasará? Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir, apostilló Italo Calvino. Y, por lo tanto, nunca se convierte en la pieza que puede entenderse como un enigma irresoluble. ¿Qué es la literatura? Nunca. Una disposición de las formas, en un momento cronológico que amortigua la cronología, la sobrepasa, un equilibrio de las perfecciones que nunca deja de decir en ningún tiempo ni espacio. ¿La vanguardia, arte? Sí, por supuesto, además de melodrama con el espacio y la perspectiva.