sábado, 4 de abril de 2009

Corruptelas y desengaños.

Los políticos poseen el don del olvido. Son capaces de estrangular su conciencia con tal de desacordarse de lo que un día prometieron o afirmaron o perjuraron o asumieron hasta la extenuidad. O simplemente la cosa termina en una ocurrencia a la ligera, sin más compromisos que el voto rápido y la sonrisa a golpe de micrófono. ¿Qué es un político sin un medio de comunicación? Un indio sin caballo, un tren sin raíles.
Y pienso ahora, sereno, que los ciudadanos estamos tomando esa manía catastrófica como un don habitual, es decir, pensamos, a estas alturas, que ser político es ser un mafioso de la cosa pública que accede al poder gracias a las prebendas de otros mandatarios, que su único fin es el lucro personal y que los ciudadanos le importan muy poco.
Hace unas semanas, paseaba por la ciudad con la impresión de estar deambulando por una ciudad en manos del descuido absoluto. Me asomé al paseo marítimo para contemplar cómo cae el sol a media tarde en ese espectáculo natural que sucede a diario. Cuando me di cuenta, un hedor, una pestilencia insoportable, me agarró de la camisa y me tumbó. Era el olor que provenía de un caño de mierda que se vuelca al río justo al final de la Calzada de la Infanta, donde la concentración de turistas y sanluqueños es mayor. Ese vertedero -denunciado ya muchas veces por los ecologistas y otros grupos- sigue siendo el símbolo de la política en Sanlúcar. ¿Cómo se puede mantener tamaña cantidad de mierda al público?
El paseo continuó por las callejuelas del centro. Todo ello acompañado por la ruidosa sensación de libertinaje que poseen las motocicletas en esta ciudad: escapes libres, adelantamientos peligrosos para el viandante, etc.
La casa del Marqués de Arizón está a punto de consagrar, con sus ruinas en el suelo, el deficiente intelectual de los dirigentes políticos. Hace un tiempo pensaba que era difícil realizar ese tipo de proyectos; hoy pienso que la ignorancia no les deja ver la evidencia.
El enfoscado Castillo de Santiago alberga una gran atracción histórica y cultural: un restaurante. La vergüenza es mayúscula cuando, ciudades como Carmona, cuentan con un parador a la altura de las mejores instalaciones. En fin, la lista es interminable. La plaza de abastos será la piedra de toque de toda esta trama patrimonial: o demuestra la coherencia y la sensibilidad o la ignorancia supina elevada al rango de político.