jueves, 30 de abril de 2009

Un cacharro vetusto, un dato obsoleto.

De la prosa de Trapiello ya he hablado en demasía. Magnética, profunda, rayana en una serenidad clásica advertida de actualidad, sincera, meticulosa, rescatadora de giros sintácticos perdidos y puestos a la luz. Lo que no conocía era su poesía. Para ese propósito compré El volador de cometas (Renacimiento, 2006), una selección a cargo de Eloy Sánchez Rosillo. Rosillo conoce a la perfección la poesía de Trapiello y es por eso –y por otros tantos motivos- por lo que me está agradando sumamente la poesía de este volador de cometas. Un verso sereno, templado, enroscado en estampas de la tarde, en fiestas populares, en homenajes a poetas: la naturaleza contemplada. Si su prosa nos ofrece la introspección sintáctica de la realidad a lo largo de un salón de pasos perdidos, su poesía es escueta, compuesta de pocos versos, nada prolija. Esa síntesis de la palabra es una virtud poco encontrada en la actualidad, en esta época de cibernéticas aspiraciones y megáfonos en mano, de teatros absurdos y patéticos como un carrusel de monigotes que cantan las verdades del barquero. Me ocurre lo mismo con La noche no tiene paredes, de Caballero Bonald, Ánima mía, de Carlos Marzal u Oír la luz, de Sánchez Rosillo. Poetas dispares, distantes, de diferente concepción poética, pero que comparten el talento de escribir poesía. No me cabe duda de que leo poesía y eso, en ocasiones y con ciertos poetas, lo dudo demasiado.
Una poesía cercana al silencio, al susurro, a la aspiración juanramoniana de la belleza y la plenitud.

“[…] Un día llegará en que te preguntes:
¿de ti, de mí, qué fue de todo aquello?
Y de los ojos
ya no vendrán palabras.


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En una antología de la poesía de Pessoa, preparada por Ángel Crespo, leo lo siguiente: “Ser es para mí admirarme de estar siendo”. Y conduzco estas palabras de Pessoa a la consistencia de un Diario. Un Diario es un estar siendo, un encontrarse cotidiano con el misterio de la vida y de la muerte, de la palabra y el silencio. Es un reloj y su impotencia es tal como unas manillas que pretenden acoger el rotundo paso del infinito.
Todo lo que no se recoge en un Diario queda aparcado en los extremos del olvido, acaso existe, su muerte es prematura. Por esos motivos confiero que una escritura forjada día a día, sobre la impaciencia de un Diario es un reto al concurrir del tiempo en su huida. No hay mayor aprendizaje de la nadería que somos que leer unas notas sin más rumbo ni aviso que el de escribir para seguir viviendo.

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Un cacharro vetusto y un dato obsoleto, con estas palabras califica Márai, el 9 de octubre, las galeradas de sus anteriores Diarios. Los lee, el escritor, los reflexiona. Todo le suena a vigencia en el pasado. Nada le sirve, más bien le exaspera. Sabe, además, que poco a poco, a su ceguera se están uniendo otras dolencias: dolores de cabeza, sordera y, lo peor de todo, su mujer comienza a morirse. El testimonio posee la potencia de una teoría del estoicismo. ¿De ahí Marco Aurelio?
Desde hace un tiempo el concepto de mortalidad me distrae de mis reflexiones, necesito aclarar hasta dónde es uno mortal, qué significa ser mortal. En esa necesidad, la escritura me está dando pocas respuestas, es cierto, pero también me posibilita ordenar las reflexiones. Leo de nuevo a Márai antes de seguir con esta disertación algo ahuecada y me encuentro con lo que sigue el 22 de octubre: “Anoche sentí por primera vez, con absoluta certeza y sin más, que soy mortal; no la posibilidad, sino el hecho. No fue tan aterrador”. Recojo el bastón y me largo de la sala.