lunes, 27 de abril de 2009

Trémulo verbaje.

10 de febrero. Márai cita a Wilson, sigue con su lectura. Wilson aporta, en Hommage à Pushkin, una lista de poetas que murieron alrededor de la misma edad: los treinta. Eso me asusta y aturde y me hace escribir el nombre de los poetas como una oración salvífica: Pushkin, Byron, Shelley, Keats o Poe. También se nombran a otros escritores que murieron ahogados en una depresión: Coleridge y Wordsworth.
Wilson lanza una tesis que defiende que estos poetas fueron incapaces de asimilar los cambios sociales de la burguesía. Yo me resisto a pensar en esa menudez o, al menos, me parece difícil esa actuación tan rotunda de la sociedad sobre los poetas. Aunque, pensando en claro, uno vive en una cronología y el tiempo establece sus sentencias. Según sentencia del tiempo, moriremos en la plenitud o en el menoscabo de nuestras células. Sin duda, a estos les bastó unas pocas décadas.

17 de febrero. "El hombre no es la camada del infierno, sino quien lo genera". Esta afirmación se cruza en mis lecturas, en los Diarios, cuando completo el capítulo X de Doktor Faustus, de Thomas Mann (sublime). Con estos mimbres, mi creencia en los hombres queda difuminada en trazos grises e indecentes.

20 de febrero. Márai comparte manía o, en mejor decir, comparto la manía de Márai de leer por la noche algún poema, preferentemente del XVI, justo antes de apagar la luz. Es una manera de birlarle a la noche su prodigio, su hegemonía. Antes de apagar la luz y de que la noche establezca sus paredes, el verso se diluye en la oscuridad con la luz de su palabra, hunde sus raíces en la profundidad acuática de una garganta húmeda. La noche en poesía es un tránsito perpetuo.

29 de febrero. Wilde: "La vida imita al arte...". Sólo en ocasiones relumbra esta paradoja sobre un folio con soberana claridad. Así pues, la ficción es quien inventa a la realidad y nosotros, actantes, personajes... en busca de un autor, un tiempo, un mundo perdido. Un mundo en que las leyes están regidas por la ficción y en que lo posible es un baño de verosimilitud.

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La proximidad de la muerte me recuerda a Cervantes, san Juan de la Cruz y a otros tantos que tenían conciencia plena de la proximidad de la muerte. Esa conciencia, en última instancia, de la mortalidad la considero un estado de privilegio para la escritura. Escribir, en esos casos, es rayar en el tiempo nuestra presencia y ese surco resultante se confunde en la materia que nos condiciona como humanos. El resto, ribeteo, tremolar del verbo.