lunes, 20 de abril de 2009

Silencios, plenitudes y otros anacolutos del alma.

El profesor de música, Wendell Kretzschmar, al piano. Es el profesor de música de Adrian Leverkühn, el protagonista de El Doctor Faustus, de Thomas Mann. Una de las secuencias más singulares y prodigiosas de esta novela consiste en una conferencia del mencionado profesor titulada: “¿Por qué Beethoven no escribió un tercer movimiento a la sonata op.111?".
Los asistentes participantes en la conferencia quedan atónitos porque el profesor explica su tesis mientras toca cada una de las piezas de la sonata: habla, explica, retoma, reincide, pregunta al público y muchas cosas más, mientras interpreta la obra. Realiza todo este trabajo para no llegar a ninguna conclusión y sí al mosqueo de los personajes.
Sin embargo, la lección es magistral. El profesor de música ha dejado en los oídos de los estudiantes la armonía beethoveniana. Son ellos los que deben inventar el tercer movimiento, pero sólo para ser escuchado en sus adentros.

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El catedrático de música de la Universidad de Salamanca, ciego pero genial, interpreta a solas, en la plenitud extática de la Universidad salmantina, unas piezas que intentan profundizar en las ideas del De musica libri septem. Al otro lado de la sala, su admirado y compañero, fray Luis de León, se extasía con la maravilla rotunda que despliega el ciego sobre la piedra del edificio al ritmo de sus dedos báquicos y casi pitagóricos. El fraile se sienta y acomoda buscando el ángulo justo para no distorsionar la acústica y para que, por lo tanto, el ciego no note su presencia.
La música estremada, el origen primero y esclarecido, la luz no usada.

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El aire todo llega a la esfera más alta y allí se renueva, resucita a imagen y semejanza de la esfera perfecta. Goethe utilizó el símbolo del círculo como la imagen de la aspiración máxima de la sabiduría y el conocimiento.
En nuestras letras, Bécquer dijo que era el invisible anillo que une el mundo de la forma al mundo de la idea, tal que una nota en el laúd. Juan Ramón Jiménez, en Estética y ética estética, escribe: “El silencio es la unidad”. Un anillo insonoro, un círculo de música, un ángulo en silencio y retraído, el tiento a la medida y el espanto de saberse resumido en una nota, una llama, un apolíneo sacro coro.

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Hay que interpretar en alto el silencio para desgarrarlo de su unidad.