jueves, 23 de abril de 2009

Libertad bajo palabra.

Tienen razón los que dicen que los que escriben en una bitácora siempre están lanzándose halagos y elogios. ¿Qué tiene esto que ver con escribir? Si escribir es el ejercicio de la soledad y del silencio, ¿a qué tanta pleitesía virtual? Esta virtud del homo bitacorensis es, en definitiva, una manía que nos delata, porque algo de vanidad y de individualismo nos tiene atosigados. Un instinto que se ha desarrollado en el escribidor que deposita su miseria diaria entre unos renglones torcidos, torcidos por las sombras.
Los que no tienen una bitácora, pero las leen, siempre se están mofando de esa especie de cofradía o grupo que se ha montado en la Internet y que tiene, además, la correcta costumbre de dejar un comentario siempre que lee una entrada. Entonces, pienso al releer esto, soy un comentarista nato de la celulosa, porque siempre he escrito en los libros que he leído. Sinceramente, lo prefiero, a pesar de que nadie nunca pueda leerlos.

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Ya hablé aquí de la grandeza de La voluntad, de Azorín. En ella tengo subrayado el siguiente párrafo: “El periodismo ha sido el causante de esta contaminación de la literatura. Ya casi no hay literatura. […]. Es el tipo que detestaba Nietzsche: el tipo que no es nada, pero que lo representa todo. […]. Dentro de treinta años todos seremos periodistas, es decir, nadie sabrá nada de nada. Nos limitaremos a sospechar las cosas”. Todas estas reflexiones, puestas en el pensamiento de Antonio Azorín, me dejan perplejo. Treinta años no, más de un siglo, y seguimos invadidos por el afán peridístico del conocimiento sin causa, para salir del paso, de la escritura repentina y deslavazada, colmada por una sensación de ingravidez que se aparta del escritor. El escritor turba y se perturba.

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Gonzalo Sobejano estudió al dedillo la influencia de Nietzsche en los escritores de la nueva centuria. Nietzsche en España, reeditado por Gredos no hace tanto, establece, con mucho acierto, las conexiones entre las obras de los noventayochistas y el pensamiento del alemán bigotudo. A la de Nietzsche habría que sumar, como no, la de Shopenhauer y, en menos medida, la de Swedenborg. No deja de ser curiosa la lectura que hace Juan Ramón Jiménez de Swedenborg, así como la del propio Unamuno. Pero, ¿no eran novelistas? Acaso pensadores novelados o novelas del pensamiento o yo qué sé. Puestos a tabular somos capaces de establecer imposibles y, por tanto, a inventar.

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Alguien decía hace un tiempo que era un formalista y que la trama o el argumento de una novela no le importaba. Y yo, que entendí su afirmación, recurrí a Cervantes. No sé si El Quijote está pasado de moda o si san Juan de la Cruz es un antiguo, pero encuentro más belleza en los versos del carmelita que en los nuevos versadores. Libres, dicen que hacen los versos, y yo digo que para ser libre hay que desear la libertad. Y la libertad en poesía se llama belleza.