viernes, 3 de abril de 2009

Ritos, liturgias y ceremonias. Pasarán unos años y olvidaremos todo.

En las baldas en que descansan los libros de antropología, llevan un tiempo dialogando dos cuya vecindad no había tenido en cuenta hasta ahora que escribo. Las lecturas de Joseph Campbell, Mircea Eliade, Julio Caro Baroja, Durkheim fueron decisivas para asimilar las formas complejas del hecho religioso desde el comparatismo. Realmente, El héroe de las mil caras, de Campbell, o La rama dorada, de J.G. Frazer, las recuerdo como lecturas tan altas y provechosas como cualquier novela o poema u obra de teatro capital para la literatura. Es decir, de un tiempo a esta parte, leo libros, en ese sentido ancho y ajeno que pretendo darle a la letra impresa; no quisiera, debido a los estudios, delimitar las lecturas a los acontecimientos estrictamente literarios. Puedo asegurar que, desde el punto de vista literario, Herreros y alquimistas, de Eliade, es un novelón inigualable.
Los libros a los que me refiero son Los ritos de paso, de Arnold van Gennep y Ritos y rituales contemporáneos, de Martine Segalen. El primero de ellos se escribió en pleno fervor comparatista, en 1909, y fue una verdadera revolución para la concepción social del comportamiento humano. El autor establece varios conceptos que luego han quedado establecidos como norma propia de la antropología. Liminaridad es una de esas palabras que van Gennep inventó para las ciencias humanas. Alianza lo reeditó en 2008 y añadió una adenda que recoge las anotaciones del propio autor en su volumen. Sin embargo, quiero referirme al libro de Segalen.
Este libro lo publicó igualmente Alianza en 2005. Segalen se aprovecha de los trabajos anteriores como el de Gennep para aplicar el método a la sociedad contemporánea. Después de elaborar una revisión de estas versiones de principio de siglo e incluyendo los trabajos de Victor Turner, establece algunas clasificaciones de los ritos como la caza, la religión, las fiestas populares, el fútbol, la política y culmina con un espisodio que no tiene desperdicio, el matrimonio en el año 2000. Para ello hace una comparativa de la evolución de los rituales y celebraciones que han venido acompañando al acontecimiento.
Una delicia, una manera de ausentarse uno de sus propias costumbres y de desautomatizarse, como si sufriera, en las propias carnes, un vínclo con la aspiración formalista del lenguaje. Un verse envuelto en el engranaje masivo de la sociedad. Una manera, objetiva y pulcra, de observación de uno mismo. Todo eso transmiten estos libros de ciencias humanas, de humanas letras. Y ellas justifican la lectura: no son novelas, pero me hacen sentirme un personaje literario.

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No sé cuándo ni quién me aconsejó que leyera Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga. El caso es que tengo metido en la mollera que fue Ignacio Martínez de Pisón en su libro Enterrar a los muertos, pero no estoy seguro tampoco de ello y se me viene a la cabeza la cara del autor, escribiendo sobre una mesa portátil, caídos los brazos, en su casa madrileña. Un sueño ha inundado siempre el título de ese relato de Zúñiga que se ha ido acercando a mi biblioteca misteriosamente. ¿Fue quizás Trapiello o José-Carlos Mainer? ¿Ninguno de los mencionados?
Tal es así, que en la reciente publicación de Martínez de Pisón, esa novela coral sobre la guerra civil, Partes de guerra (2009), está incluido el cuento. Pero también se publicó en Cátedra, en 2007, una edición que incluía Largo noviembre de Madrid, La tierra será un paraíso y Capital de gloria. La edición corre a cargo de Israel Prados. El editor comenta con acierto la trilogía que conforman estos cuentos y los pone en relación con la obra de Manuel Chaves Nogales, A sangre y fuego y con la Arturo Barea, Valor y miedo. La obra de Chaves Nogales la conozco y la he leído, también en una edición recuperada en Espasa. La obra mencionada de Barea no la he leído, así que no puedo establecer relación ninguna.
Largo novimbre de Madrid es un ejemplo de literatura sin ambages, sin añadidos morales o políticos. Un acercamiento sutil a un episodio poliédrico y complejo, de formas alargadas y difíciles de consolidar. la escritura es sólida, de una consistencia lingüística admirable y extraña en su coposición, porque aborda el tema desdelas víscera, pero con la templanza del paso del tiempo.
Cuando termine con el resto del libro escribiré por extenso, ahora sólo me quedo con el inicio de "Noviembre, la madre, 1936": “- Pasarán unos años y olvidaremos todo, se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán casas que fueron detruidas. Cuanto vimos, parecerá un sueño y nos extrañará los pocos recuerdos que guardamos; acaso la fatiga del hambre, el sordo tambor de los bombardeos, los parapetos de adoquines cerrando las calles solitarias…”.