viernes, 10 de abril de 2009

Javier Marías y la escritura como cuestión moral.

Javier Marías recomienda la traducción como el único ejercicio capaz de enseñar algo a un escritor en ciernes. Su tesis se centra en que, con tamaño ejercicio, el escritor piensa y reflexiona sobre la lengua: su mecanismo, su funcionamiento, sus límites sintácticos, su acervo lingüístico, el manejo de la puntuación, etc. No cree en los talleres literarios ni en ninguna de esas escuelas o reuniones en que alguien enseña a escribir aun sin ser escritor de fuste.
Comparto la mayor con Marías, un escritor debe dedicarse a escribir; un escritor debe conocer la lengua en la que escribe. Obviamente, los matices a que se presta esta creencia son múltiples, pero sólo voy a referirme a uno de ellos.

Creo que Javier Marías ha querido cifrar –al menos, así lo leo, con estas cuitas- un análisis profundo de la literatura actual española sin dar nombres ni títulos, pero ahondando en un mal endémico, a saber: los escritores nuevos, los que comienzan a escribir, presentan, sobre todo, una gran falta de reflexión sobre la lengua que utilizan y, por tanto, de conocimiento. Utilizando esta perspectiva, comienza uno a plantearse y a recapitular lecturas. No hay novela en la que uno no pueda subrayar, anotar o señalar alguna caída en el estilo, alguna incorrección estilística, alguna impropiedad léxica, alguna memez sin sentido o alguna página (cientos en ocasiones) que sobre en el libro. No dejo fuera ni el ensayo ni la poesía, pero es cierto que leo obras ensayísticas con más solidez lingüística y mejor uso del idioma que novelas. ¿Es el uso del idioma el único criterio en que se basa la literatura? No, eso sería reivindicar un neoformalismo insulso e innecesario. Me estoy refiriendo no a una crítica literaria desprendida desde esta óptica formalista, sino de un análisis del proceso de la creación en el que se sitúa un escritor nuevo y, en todo caso, al vacuo panorama de tramas, historias y otros temas que cruzan la narrativa actual.
Ir más allá de las palabras usadas, estirar los sentidos, usurparle teorías al pensamiento, establecer un vínculo entre el estilo literario y la carga moral o ética o reflexiva, son terrenos poco y mal explorados por los nonatos novelistas. Dice Cabrera Infante al comienzo de La ninfa inconstante: “No me interesa la impostura literaria sino la verdad que se dice con palabras que necesariamente van una detrás de la otra aunque expresen ideas simultáneas. Sé que una frase es siempre una cuestión moral”.
Nadie mejor que Cabrera para definir todo esto que trato de levantar, la escritura es una cuestión moral y no una cuestión mercantil que se arrodilla a los vientos editoriales.

Por último, no puedo dejar de mencionar a dos autores que han trabajado con esmero e inteligencia la reflexión moral en la escritura ahondando en la palabra. El primero es Juan Goytisolo. En un artículo publicado en Contracorrientes (1985) y que leo en sus Los Ensayos, Península, 2005, titulado “El novelista: ¿Crítico practicante o teorizador de fortuna?”, afirma Juan Goytisolo: “Una de las paradojas más notables del mundo de hoy es el escasísimo interés que suele evocar entre los escritores -por no hablar de los plumíferos stajanovistas de la literatura- el estudio de aquellas disciplinas que, como la poética y la lingüística, se consagran al análisis de los materiales objeto de su trabajo creador”. Es cierto que Goytisolo extiende la pandemia a otros países y menciona explícitamente Francia, Alemania, Estados Unidos e Inglaterra, pero no es el caso que nos ocupa.

El segundo autor que quiero traer a colación es Octavio Paz. Cualquiera que haya leído o lo esté haciendo (como yo) El arco y la lira o cualquiera de sus estudios poéticos, conoce la profundidad con la que se manejaba el polígrafo mejicano en la Historia, en la Filosofía, en las artes plásticas o en la Lingüística, entre otras disciplinas: “En suma, el artista no se sirve de sus instrumentos –piedras, sonido, color o palabra- como el artesano, sino que los sirve para que recobren su naturaleza original. Servidos del lenguaje, cualquiera que éste sea, lo trasciende”.

Esa trascendencia es quizás el omnímodo fenómeno de la literatura, el ser que expele la obra de arte y que el lector avisado recibe y sensibiliza. Descender con el escritor hasta las aguas órficas del lenguaje, sentirse imantado hacia la profundidad de otro decir, significa leer una obra literaria. Todo lo demás es un pan ácimo que no quiero y que vomito.