lunes, 13 de abril de 2009

Escribir una palabra, negar la realidad.

A vueltas con la traducción del libro de Conrad, Heart of Darkness, Corazón de Tinieblas. He leído, en menos de un mes, cuatro referencias a la traducción que se ha colado de esta elogiosa novela de Conrad, a saber, El Corazón de las tinieblas: Pozuelo Yvancos, Rodríguez Rivero,... con demasiada certeza, saben los lectores del libro que “Corazón de tinieblas” se ajusta como un guante a sus páginas; ata, como en un haz, los sentimientos encontrados y esa viril y multiforme epopeya selvática.
Recuerdo que la leí casi paralelamente a las aventuras de Maqroll el Gaviero en La nieve del Almirante, del colombiano Álvaro Mutis. Por aquel entonces me pirraba hacerme con cualquier volumen desconocido, ignoto para mi acervo lecturario. A pesar de todo, mantengo esa necesidad como un marinero que jamás deja de surcar los mares y que jamás olvida que los libros -las olas- son muchos y que ante todo, debemos ser conscientes de nuestra mortalidad, de que la oscuridad en el mar es como un corazón de tinieblas.

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Pero, ¿no es la Biblioteca la proyección y el delito de nuestra mortalidad?

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En la estación de trenes observo que alguien comienza a escribir un poema. Lo veo mirando al cielo. Sé que es un poema por la disposición en el papel, porque va cargado de libros -uno de ellos es El cancionero, de Petrarca- y porque he descifrado en su mirada el enigma del lenguaje. Y digo lenguaje. Porque el poeta mira el lenguaje, a lo lejos, hasta asirlo en la distancia corta del papel; lo proyecta hasta perfilarlo en la caligrafía, lo atrae con la disposición humana de la razón gramatical y así intenta explicar el mundo. ¿No será entonces que Lenguaje y Pensamiento vienen de la mano, unidos, del mismo magma indescifrable que los une?

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Borges pensó, en La Biblioteca de Babel, en la existencia de un libro que los contiene a todos, que cifrara el resto del Universo, de la Biblioteca. Pero también deja a un lado toda esperanza Borges cuando indica que los títulos que recorren cada lomo de los libros de esa hexagonal biblioteca, no tienen vínculo alguno con el material que contienen.
Una imposibilidad que apresa su existencia gracias a las palabras del argentino. Esa es la condición que más lúcidamente nos legó la literatura de Borges: hacer de la imposibilidad una existencia tácita. Y por eso algunos lo tildan de erudito o “demasiado literario”. Juega Borges a decirnos una verdad que en el fondo es imposible. Pero sabía Borges que con el mero hecho de escribir esa verdad su posibilidad, la potencialidad de su existencia se disparaba. Por este motivo, Michel Foucault escribió Las palabras y las cosas: “Este libro nació de un texto de Borges”.