viernes, 1 de mayo de 2009

A LARRA, SIN VIOLETAS.

Ahora que se celebra en esta primavera los doscientos años del nacimiento de Mariano José de Larra (1809- 1837), he vuelto a releer algunos de sus artículos más difundidos. Lo he hecho por varios motivos, pero el principal es para comprobar cómo hay temas que no dejan de ser actuales nunca: educación, cultura, la lengua, las costumbre sociales. También recuerdo que lo primero que leí de José de Zorrilla, el autor de Don Juan Tenorio, fue precisamente la Elegía que escribió para la muerte de Larra. Todavía creo que esos versos son los más valiosos de Zorilla, al menos, eso les digo a mis alumnos mientras les explico que Larra se suicidó a los veintitantos años de edad, la misma que tengo yo ahora, y quedan embobados ante tal osadía. Tan lejos les queda el pensamiento de Larra… Se suicidó de un disparo en la sien derecha, les digo con énfasis, Y ellos responden con el mutismo o con algún disparate que no viene a cuento en estas líneas.
Larra era un liberal y eso fue un problema para enterrarlo “en sagrado”, es decir, que la Iglesia no sabía dónde debía enterrar a ese muerto que solicitaba en voz alta la implantación de una educación moderna y laica. A pesar de todo, -y de que se enterrara en el cementerio del norte, en Madrid-, al poco tiempo, sus restos fueron trasladados a la Sacramental de San Nicolás. Su suicidio fue tomado por un acto de locura y los locos eran enterrados “en sagrado”. Larra fue un caso más entre miles. Quien quiera merodear por estas cuestiones con profundidad y claridad de análisis debe acudir al libro de José Jiménez Lozano, Los cementerios civiles.
Lo cierto es que cuando leía a otro poeta, gran poeta, Luis Cernuda, uno de los poemas que más me emocionaron fue “A Larra, con unas violetas”. Cernuda, el poeta sevillano, habla de unas frescas violetas sobre la tumba, unas violetas que incitan a la espesa niebla de su muerte. Y con ese signo, rescató al escritor romántico que se hizo un pobrecito hablador o un Fígaro, un rebelde de su época, tal que el poeta.
Queda su voz, sus artículos, los pseudónimos que abreviaban las múltiples aristas de su opinión. Y así debemos leerlo hoy, dándoselo a los jóvenes como una golosina ética que bien vale su aprendizaje. Y es que en los antiguos se guardan los secretos de los modernos.
Artículo publicado en Información Sanlúcar
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Ya no hay vuelta atrás y las setecientas páginas de Doktor Faustus, de Thomas Mann, me parecen, más bien, un puñado escaso de narrativa de primera calidad. Es dcir, se me stá haciendo corta su lectura. Ni na sola página de esta novela merece un dispendio ni un arrebato de prepotencia para desmerecerla. Novela redonda, cargada de pesonajes fascinantes: Adrian Leverkhün, Wendell Kretzschmar, ... La música vertebra el contenido de sus páginas y eso aviva aún más mi deleite. De vez en cuando, como un contrapunto barroco, leo alguna página de la correspondencia que mantuvo con Adorno por aquel entonces; de este escarceo entiendo, con más frescura, la propuesta estética de esta novela. Porque si algo hay de manifiesto en ella es una indagación estética del arte desprendida de la palabra. Música y literatura imbricadas con la condición humana. ¿Es la creación artística la condición de Fausto?
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M. sigue leyendo El esnobismo de las golondrinas con el mismo entusiasmo de siempre. Me lee pasajes en voz alta, me profiere reflexiones sobre los viajes: sus significados, sus etapas, la relación con el ciclo de la naturaleza. de la misma manera, subraya párrafos enteros en los que deslumbra la prosa del autor, sus metáforas, su cuidada selección léxica.
Por momentos, nos creemos en una de las habitaciones de esos hoteles en lo que Wiesenthal suele quedarse. Hoteles con historias fascinantes de escritores y personajes de la cultura. Un café en Roma, otro en Venecia, rodeado de la geometría pétrea de sus plazas; otrora ensoñados con las maravillas del Orient Express y sus excesos de la nobleza. Trieste, fronetriza; Viena, colmada de músicos... cada día, me anuncia un lugar por el que piensa viajar de la mano de esas páginas, miles, que tanto le fascinan. Hoy, me dice, pienso ir a Marraquech, pero en invierno. Y a mí, que medito en el silencio en mi salón-biblioteca, se me ocurre cargar con Makbara, de Juan Goytisolo, por si acaso, le digo mientras ella sonríe.
Algunas veces, cuando caigo rendido en las pieles del sofá, un libro se mantiene erguido sobre mi pecho. Entonces, mis pulmones se cargan de literatura y me siento más fresco, indómito y Fausto que nunca. Ayer, precisamente, dormí al mediodía y lo hice con un libro en el pecho, de su centro brotaban las páginas de El Quijote. A lo mejor por eso hoy me siento la sesera seca, enjuto y deliberadamente lector y las setencientas páginas de Mann un asueto esporádico pero maravilloso.