martes, 19 de mayo de 2009

Ráfagas glaciales.

A los que están siguiendo este anejo festín creativo podrán entender que el declive llegó hace unos días a la vida de Márai. Su Diario solo atestigua tal acontecimiento en la vida de un escritor húngaro que vive, desde hace cuarenta años, en San Diego. El hermano y la esposa del escritor, únicos habitantes a los que amó, se han muerto. Él acaba de comprar una pistola y cincuenta balas. También murió, según una declaración el 17 de marzo, su hijo Kristófka. Y así lo afirma el mismo día: “Agotamiento total. Ganas de morir”. Su sintaxis se va recogiendo como un susurro mortecino, como una noche que va desplegando sus velas al viento. Sus palabras trazan una música que recuerda una danza macabra.

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El 25 de marzo siente un miedo atroz. Está perdiendo la visión del ojo izquierdo, el ojo que veía con perfección. Su único temor, el que desprende el prendimiento de su obsesión, es no encontrar la pistola en el cajón de la mesa: “¿seré capaz de encontrar la pistola en la mesa?”. Para entonces, sus lecturas son Voltaire y Boswell. Debido a su escasa visión, lee deletreando, como un niño que aprende las vocales. ¿Qué azar impulsa estos ciclos, qué halo, que moira terrible nos interpreta esta tragedia griega que es la vida?

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Parece que los escritores, al final de sus vidas, tienen el compromiso de escribir o dejar al mundo una obra total o summa de su creación. Algo parecido estaba haciendo Benedetti, ahora que lo recuerdo. Márai piensa sobre esta cuestión y escribe unas palabras que me vienen al pelo para entender los debates políticos que se están desarrollando en nuestro país. Aviso para navegantes: “Yo no sé nada sobre summa vitae y mi filosofía se resume en lo siguiente: es mucho menos peligroso un malvado que un imbécil. Y los imbéciles abundan sobremanera. Ellos sí que son peligrosos”.

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Cuando escribo en este cuaderno me escribo, pero como Valéry, no termino de escribirme nunca. Cada palabra es una arteria de un cuerpo indescifrable que se transmuta en el otro, en el lector. Y toda palabra es una anestesia a los sentidos y toda palabra una invisible llama que nos ciega del resto.