lunes, 18 de mayo de 2009

Nunca nada es definitivo.

Benedetti no podía morir sino en la esquina rota de una primavera.


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Cuando Márai mira el rostro de su esposa ya moribunda, acierta a descifrar un enigma: “Parece saber algo que hubiera callado toda la vida”. Y sus sueños son macabros y desfilan por la noche caricaturizando su muerte: ¿un tiro en la sien o en la boca?, se pregunta, ¿tumbado o con la boca abierta? Sus palabras, hoy que escribo en el útero de la noche, son demoledoras porque ya las estrellas se apagaron y sólo me queda un verso, el que arrastra al poeta sin tregua al abismo. Nunca antes había pensado con tanta vehemencia en Goya como al leer la entrada de Márai.

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Todo lo que escribo en estos cuadernos tiene el carácter de no querer ser nunca definitivo, de creerse desprovisto de verdad alguna. Todo lo que escribo, como decía Valéry, no intenta agradar a nadie, oh, marine, oh, boy. Distinguir el ser del estar, instalarse en la duda perpetua de las inquisiciones, mantenerse en vilo a pesar de las victorias sentidas es el sustento del cuaderno. La escritura de estos cuadernos es un dibujo en la noche, un invisible suicidio de las estrellas que caen como tinta sobre un folio; que gimen como perros lobos en el precipicio de un bosque inhabitado. Porque este cuaderno nace inhabitado y sólo consiente la convivencia de quienes lo leen con la extrañeza de un encuentro fortuito.
Como la vida, nunca un cuaderno puede aspirar a ser definitivo, a concluir en el último renglón de sus folios. De lector en lector, como la abeja que liba en el jugo de las flores, el texto se esparce y desordena. Y entonces la finitud ya es imposible a no ser que se acabe la especie.