miércoles, 6 de mayo de 2009

La tarde plata.


El mes de enero de 1985 prosigue igual para Márai: aversión a la vida, displicencia, arrebato de vacuidad. En cualquier caso, no deja de testimoniar con su Diario la sacudida que la muerte parece imprimir en sus huesos. Su mujer, L., comienza a tener mareos y desmayos con bastante frecuencia y eso lo siente el húngaro como un cortocircuito en que la melancolía, el recuerdo y el otro que fuimos comienzan a alzarse como una figura de barro y argamasa: “La vida es casual, no tiene sentido ni utilidad alguna. La muerte es la consecuencia inevitable de la casualidad, y tampoco tiene sentido ni utilidad”. Y recuerdo el instante en que Tristam Shandy escribe sobre los recuerdos antes de su nacimiento. Me levanto, me dirijo a la balda en que tengo colocado el libro de L. Sterne, con la traducción de Javier Marías, y leo el subrayado que resalto para este texto. Es el inicio de la ¿novela?: “Ojalá mi padre y mi madre, o mejor dicho, ambos, hubieran sido más conscientes mientras los dos se afanabn por igual en el cumplimiento de sus obligaciones, de los que se traían entre manos cuando me engendraron”.
Sterne se siente como un recuerdo de sí mismo, se proyecta en el momento anterior de su nacimiento y eso es una toma de conciencia antes de que la conciencia comience a funcionar. Dotar al no-tiempo de un estado de conciencia desde la razón es una sobresaliente manera de decirles a los lectores, desde el comienzo del libro, aquí os muestro la potencia de la ficción.
Al desgaste físico de Márai se une el mental y dice a finales de enero: “A veces me siento como un recuerdo de mí mismo” y yo leo eso mientras compruebo que el recuerdo, en la música, es un eco y que el eco sólo es remembranza.

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Sólo la ficción desmiembra el estado del no-ser.

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Trapiello, El arca de las palabras: “La plata tiene dorados que el sol no entiende”. Y todo es plata en esta tarde. Y todo es plata en esta tarde, hasta las muelas de la mar.
Quiero que sea la tarde como una plata esmaltada de amapolas. Como el inmisericorde estanco de los atardeceres que el viento pregona estacionando sus virtudes. Levante el tremolar del horizonte sus espuelas de la mirada que lo contempla: la quietud no es propiedad de lo divino. La literatura depende de las relaciones íntimas con el lenguaje y en estos tiempos la lengua se convertido en un ramal desnudo que nadie comprende. Entender la lengua es entender el mundo y la literatura brota de este mundo como un canto de sirena. No hay más remedio que atarse o echarse al mar.

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$, horca moderna americana.

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#, un sostenido embemolizado.
*Ilustración, "Lluvia, vapor y velocidad", W. Turner.. 1844 - Londres, National Gallery.