jueves, 28 de mayo de 2009

¿El arte del movimiento ordenado?

Cuando termines de leer estas líneas, mírate el dedo índice, verás una i encarnada con tres lomos.


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Jean-Pierre Vernant cuenta en el prólogo de El universo, los dioses, los hombresEl relato de los mitos griegos-, (Anagrama), cómo y por qué lo escribió. Recuerda el erudito francés cómo su nieto Julien, antes de acostarse, lo llamaba: “¡Jipé, el cuento, el cuento!". Y cómo él le leía un cuento todas las noches. Vernant trabajaba por entonces en el sesudo estudio de algunos mitos y tiraba de ahí, de su conocimiento próximo para contarle al niño un cuento. Dice que desnudaba las historias y las despojaba de las dificultades añadidas. Le contaba un cuento, érase una vez…sobre el universo, los dioses y los griegos. Quería sumarse con ello a la tradición oral que viene de antiguo, de las fábulas de nodriza ,entre otras vertientes.
Hoy, en el trabajo, he leído en voz alta una parte de esos relatos, "El astuto Prometeo", y en la cara embobada de algún alumno he querido ver, en un juego cíclico, al niño Vernant sentado en la escuela bajo el hechizo de la palabra.

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Ayer compré uno de esos libros de los que me agrada todo: el título, la edición, el autor y el contenido. En una bella edición, El Acantilado publicó el año pasado un ensasyo de esos que escasean por la monumentalidad del proyecto. Es un ensayo sobre la música como fenómeno cultural vinculado a muchísimas ramas modernas como la psicología o la antropología, pero al mismo tiempo, unida al nacimiento de la cultura como tal. Especiales son los casos de su relación con la literatura, la pintura o la filosofía.
El mundo en el oídoEl nacimiento de la música en la cultura-, de Ramón Andrés, es un libro de profundidades, pero escrito con una amenidad deleitante. Sigue al pie de la letra aquello de docere et delectare de Horacio. Al mismo tiempo, el libro es un repaso por las culturas antiguas más destacadas. Luego de los dos capítulos que sirven de introducción, se va el autor a Mesopotamia, pasa por Israel, Egipto, Grecia y termina, de nuevo, con dos capítulos más libres y generales dedicados a Orfeo, Pitágoras o Lesbos y disertando sobre el amor de los filósofos por la música.
El primer capítulo, "El origen del sonido", comienza, cómo no, haciendo una mención a San Agustín. El santo se preocupó por la música y dedicó varias obras a esta disciplina. Sin embargo, no llegó más que a definirla como "el encuentro del alma con la igualdad y la semejanza", que no es poca cosa. Es decir, en palabras de San Agustín, la música es la identificación plena del alma, la anagnórisis perfecta, el desvelo de lo que somos. De ahí su fuerza e incomprensión, su inasible medida en esencia.

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Rápidamente pongo encima de la mesa el libro de Eugenio Trías, El canto de las sirenas, (Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores) del que ya hablé en este cuaderno. En unos de sus argumentos musicales leo: “Los números matemático-musiclaes con que fue creada toda alma en el Timeo, y que pueden descubrirse por la vía de la reminiscencia, permiten la sintonía del alma y cosmos".

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Rápidamente, abro las páginas de La República, Libro VII, de Platón, y veo que hace unos años subrayé: “Parece que los oídos están hechos para los movimientos armóniosa, y los ojos para los astronómicos; y los pitagóricos dicen que estas doscientas son hermanas”. Y traer aquí el subrayado de hace ya algunos años me ha producido una suerte de satisfacción armónica, de lección última con el orden de mi vida. De mirada especular.

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El 28 de noviembre de 1986 murió el hermano menor de Márai, Géza. Y esta muerte suena a vacio, como el verso de Neruda, a lamentón de la muerte buscando la muerte por el suelo.
Yo, con él ,estoy en el derrumbe, ya sólo quiero que su relato cumpla las expectativas creadas, las ilusiones perdidas dejaron de ser ilusiones. Está aislado del mundo y me vienen las ganas de llamar a su casa y hablar con él, intentar convencerlo de la continuación. Pero esa imagen me sabe inútil. Ya Márai es un sueño en mi lectura, estoy viendo las encias de la muerte a cada página. Y no me inmuto.
Por si acaso, dejo cincuenta palabras encima de la mesa. Nunca se sabe.