viernes, 8 de mayo de 2009

El mamífero vertical, un hombre nada humano.

Acaba de publicarse una magnífica edición de Parerga y Paralipómena, de Arthur Shopenhauer (Valdemar, 2009). Esta edición se suma a la también estupenda edición que elaboró Pilar López de Santa María para Trotta en el 2006. Mientras escribo estas referencias recuerdo que dejé a Márai leyendo una biografía del filósofo alemán.
Del 15 al 28 de marzo lee con vehemencia la biografía de Hübscher incluida en la obras completas y eso le desagrada en algunos momentos, sobre todo cuando se trata de la recelosa relación que mantuvo con Goethe. A pesar de todo, estima en alto grado al autor de El mundo como voluntad y representación, sobre tdo el aprovechamento de Platón y Kant. En todo caso, Márai contraviene en algún aspecto al alemán y le replica en su Diario a sabiendas de que poco eco tendrán sus palabras, al menos hasta su muerte.
A veces los hechos contiene las ideas y creo que la vida de Márai, la de aquel entonces, se parecía, en su comportamiento, más a un aforismo, a una parerga (resto, producto, secundario) que a la gran obra voluminosa de su juventud. Así que en su vejez vejez hace que su vida sea una parerga y su diario paralipómena. A veces, en los hechos, repito, se concentran las ideas. Ideas que no necesitan más palabras. Con que las nombre un sólo hombre basta.

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Cuando Edward W. Said escribe en El mundo, el texto y el crítico que la novela de Thomas Mann, El Doktor Faustus, está construida con la técnica de montaje y eco siento la satisfacción de comprender esa afirmación con toda plenitud. Y es que el eco, en ocasioes, le roba la esencia al sonido y lo arrastra hasta disolverlo. En la repetición está la negación o la posibilidad del genio. Un genio percibe que la repetición es la base de la mediocridad y por ello establece una nueva forma. Claro, para ello ha debido de participar de la misma repetición.
Lo que para algunos es un bucle indestructible, para otros es una lanzadera, la catapulta a la genialidad. Huidobro quería que su verso abriera mil puertas y para la llave, el verso debía ser amante de la versatilidad.

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Quiere Unamuno hablarnos del hombre de aquí y ahora, de carne y hueso en Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. No el hombre como categoría o condición, sino el mortal bípedo de este tiempo, que come y ríe, que llora y fornica. A vueltas con la humanidad y con la concreción. Estas displicencias me distraen y turban y a lo mejor, a lo largo de la historia del pensamiento, sólo hemos hecho repetir la fórmula de Platón y Aristóteles no como algo contrarias, sino complementarias. Y en ese vicio circular se ha condensado todo el pensamiento, en decirnos que somos hombres de ahora que pertenecen al hombre de siempre. Mientras tanto, Márai debe cuidar de su mujer porque se desmaya a cada instante, Unamuno debe cuidar sus palabras en el Paraninfo de la Universidad delante de los militares golpistas, Miguel Hernández debe pedir ayuda a Romero Murube para resguardarse en el Alcázar de Sevilla porque lo persiguen. ¿Será nuestra condición un desconocido y por eso Pessoa se sabía otro y era otro quien escribía por él y con él?

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La humanidad sobrepasando al hombre, como la mar a los ríos.
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En eso, en la escritura, un diario debe ser como un oleaje: una quietud en movimiento.