miércoles, 20 de mayo de 2009

Ese yo que nos acompaña.


Hoy la clase se muestra alborotada e inquieta, demasiado inquieta como para explicar nada, como para exigir de un joven extrahormonado que acuda a mis explicaciones con la tranquilidad necesaria. Toca J.R.Jiménez. Eso me tiene intranquilo, porque J.R.R siempre me pareció el autor más alejado de las aulas por mucho que se quiera pasear a lomos de Platero.
Comienzo la clase llevando a mi boca unos versos. Lo hago suavemente, piano. Recitar en voz alta y de memoria un poema es un ejercicio que les sorprende. Al realizar este ejercicio de asedio al ruido siempre tengo que volver a repetirlo para afianzar más la atención. He recitado ese poema que comienza: “Yo no soy yo, soy este que está a mi lado sin yo saberlo…”. Algunos han gastado bromas -sí, míralo, allí va-pero la sensación es otra. Como un poema mágico y doliente me he visto a mí mismo recitando, como otro, unos versos, alguien que habla por mi boca y que dice cosas que yo diría, alguien a mi lado sin saberlo. Agarro el moleskine y escribo este episodio, en presente, como si esta extirpación a lo cotidiano me atreviera a colocarlo en lo sucesivo.

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Después de todo, un alumno me pregunta cómo es eso de la cosa misma. Y mí a se me ocurre otra cosa que leerle unas palabras de un libro de Castilla del Pino que llevo en maleta. Lo saco, con parsimonia, y voy pensando la explicación posterior a esa dureza conceptual de Teoría de los sentimientos. Lo primero que hago es preguntarle si cree que es posible establecer una teoría, un sistema o un orden de los sentimientos. Lo segundo, leerle lo siguiente extraído de un apasionante capítulo que se titula “El discurso verbal en el universo sentimental”: “Los sentimientos no se dicen: se muestran. Esta afirmación representa una idea generalizada acerca de la incapacidad o de las limitaciones del lenguaje verbal para transmitir los sentimientos. El lenguaje emocional –se afirma- es sobre todo extraverbal”. El joven queda anonadado (yo también) y algo traspuesto, pero ante la situación actúa a la defensiva y vuelve a preguntar: “¿ Y qué enfermedad es esa de la incapacidad de expresar los sentimientos?”. A lo que le respondo que (a)lexitimia. Le vuelvo a leer otro subrayado del libro: “Se denomina lexitimia la capacidad del sujeto para traducir en palabras sus experiencias sentimentales”. Luego, -aserto- esa deficiencia es alexitimia. Claro, no me había dado cuenta de la grieta que había en el discurso y cuando creía tener la batalla controlada, afirma concluyente el joven: “…al fin y al cabo, los sentimientos se traducen en palabras…es decir, se traducen, pero no son la cosa misma como quería Juan Ramón”.

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En otra entrada insistí en el parentesco entre la escritura de Márai y la pintura de Goya y cuantro más avanzo en sus Diarios, más conforme estoy con lo que dije. Su visión de la vida es visión, es decir, toma la realidad desde un asidero visual. Y en tanto que visualidad, la vida es desmerecedora de halagos y poseedora de sombras y luces multiformes que dependen del vigoroso modo de establecer el volumen de la realidad. Los sueños, entonces, proceden de un territorio irreconocible y se produce esa mixtura, esos monstruos de Valle-Inclán cuyo origen está en el los sueños de la razón.
Ese estadio del pensamiento ante la muerte es desconcertante, porque creo que nunca antes el ser humano lo conoce e interpreta. Alguien que va a morir es alguien que convive consigo mismo, no que intuye, desea o sueña o tracuce como el poema de Juan Ramón Jiménez. Márai, 28 de marzo de 1986: “El rostro del moribundo lo ilumina todo: es la gravedad que surge del ser todavía vivo en el que se está apagando la energía vital. No hay nada que se parezca a esta expresión, que ha eludido la capacidad de los mayores pintores o escultores”.