sábado, 2 de mayo de 2009

Molinos, lecturas y desmanes.

En estos días de vacaciones de primavera y de lecturas continuadas, no hago más que indexar los temas que sobrevienen a la calorina y al desencanto. Como un sarmiento cabezudo, los temas antiguos de mi escritura se repiten y constatan cada vez que vuelvo la mirada en negro sobre blanco. Un puñado de libros descansa sobre la mesa y los observo como un ser ajeno a todo ello, como alguien para quien la literatura es poca cosa, un mal menor, una distracción aburguesada e inútil. A fin de cuentas, cuando dialogo con los que no poseen esta manía de la lectura y de la escritura, me siento como ese ser que merodea por el salón con la mirada ajena.

***
Hace poco, en una reunión en el trabajo, alguien habló de los libros que leía. El resto de compañeros se vanagloriaba de haber leído a Ruiz Zafón, Dan Brown, Julia Navarro, La Catedral del mar y otros títulos y autores que son inexistentes para mis baldas y para mi fondo de lecturas. Ante tal paisaje, me sentí un extranjero, un holograma que presencia su muerte aún sin creerlo. Sólo se me ocurrió preguntarles si leían algo de poesía, anteponiendo “algo” para amortiguar la respuesta. “Poesía… eso es mucho para mí”, afirmó el más diletante. “¿Y tú que lees, Tomás?” Con la inevitable sensación de ahogo, sólo se me ocurrió recordar el episodio que narra Vila-Matas en una de sus novelas, en un taxi. El taxista le pregunta a qué se dedica y para qué sirve eso de la literatura. El personaje de Vila-Matas –él mismo, creo yo- contesta desaforadamente al taxista un desplante de este tipo: “Me gusta leer, sí, ¿pasa algo? Leo a Kafka, Walser, Cervantes, Musil o Juan Ramón Jiménez”. El taxista se quedó igual, no le sonaban los nombres, pero el personaje se despachó a gusto y defendió, al menos, lo que pensaba: qué era literatura y, por lo tanto, qué era su vida.
***
En medio de esa reflexión, que era silencio para el resto, alguien quiso adelantarse a mi respuesta. “Sí, él lee a autores de culto y poesía…”, y lo dijo como quien afirma que Dios bajaría del cielo y se sentaría con nosotros a charlar del infierno. No tenía ganas de responder ni como Vila-Matas (eran compañeros de trabajo y los volvería a ver al día siguiente) ni como un patán que evita defender sus gustos y preferencias. Pensé, igualmente, en un aforismo, una sentencia que desvencijara aquella encerrona que el azar había procurado.
***
Al final del episodio, respondí: “Yo leo lo que necesito y escribo, porque no sabría vivir sin ello. Cuando abro un libro de esos autores que nombráis, me aburro, y por eso leo a otros autores que me parecen más interesantes y con los que me deleito más. Así que la discusión está cerrada…”. Al acabar la reunión, y con esa diplomacia de por medio, algún compañero avisado, quiso preguntarme en privado qué autores y qué libros podía leer que no fueran “esa basura comercial”. Yo, como buenamente pude, dejé mi costumbre de hacer listas -que viene desde la Facultad- y me limité a recomendarle El Quijote. Al salir del centro me invadió una mínima y soleada sensación de haber vencido a los molinos.
***
13 de noviembre. Si los límites existen, están en el ser humano. Si lo que deseamos hablar un día es posible, lo será con nuestra inteligencia. Si lo que amamos, lo que recibimos como la bondad del otro es necesario, lo es por la voluntad de los hombres. Si somos terribles e indesebales, lo es porque nacimos indesebales y terribles. Si acostumbramos la miarad a la zafiedad, es por cualidad del ser. Dice Márai, pocos meses antes de morir: "No existen límites, excepto el propio ser humano". Después de leer esta entrada del Diario, el día amanece con una luz no usada, con los vítores enmarcados en el cielo de un funeral, el de la finitud de la lectura. No hay muerte mayor que dejar de leer y escribir.