jueves, 14 de mayo de 2009

A punto de muerte.

El mes de diciembre de 1985 es un infierno para Márai. Su mujer está entrando en el terreno de ultratumba manteniendo las fuerzas escasas para seguir viva. Márai se derrumba, piensa en el suicido de los dos, en la nulidad que le va a alcanzar en cuanto L. esté muerta; en el sinsentido de la vida. A pesar de todas estas rémoras, que hacen su vida difícil, mantiene el escritor húngaro una postura estoica ante la muerte. Tanto la ha visitado, que la ha absorbido con la cadencia de una acción doméstica. Ha domesticado a la muerte porque la conocía de antemano, no le sobrevino de pronto. La muerte en el cuerpo del otro, de su esposa, es para él la muerte de una unidad que comprende el amor como un estado de vida bilateral. Todas las referencias de los últimos días de diciembre giran entorno al mismo asunto: el estado decrépito en que está sumida L. Márai: “A veces me avergüenza estar vivo”. Amada en el amado transformada...
Cuando un escritor accede a esta perspectiva ante la vida, la de escribir en la muerte, se suceden sus páginas más memorables, sus reflexiones más descabelladas y geniales. Ya no escriben desde el latido constante de la vida, escriben sin latido alguno: la escritura es el circuito arterial. Bolaño, Cervantes, Galdós, Unamuno o el propio san Juan de la Cruz son ejemplos de escritores que adquirieron esa sensación de escribir desde la nada y para nadie. El 31 de diciembre escribe: “Nunca habría imaginado semejante infierno de dolor y sufrimiento”. Su mujer se retuerce en la cama, le tienen que poner calmantes, el carcinoma va en aumento y la probabilidad de que siga viva es ya una entelequia. Con estos mimbres construye Márai su diario, cada una de las frases que lo completa es un intestino sobre blanco.

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Después de leer las últimas redacciones en el diario, me levanto a observar los títulos de los libros que reposan en la biblioteca. Repaso con la mano los lomos que se asoman como un cifra misteriosa de no sé qué mundo. Por momentos me parezco a un pianista ensayando una melodía insonora. M. entra en la habitación y me observa queda, conteniendo en los ojos una pregunta. Llego al final de las baldas y repito la acción en sentido contrario. Caigo en la cuenta de que este ejercicio tiene música y que los lomos son teclas de un instrumento que contiene una melodía infinita. Aún sigo pensando que vivir es como ese ir y venir por los lomos de los libros. Los títulos y sus páginas, los colores y los tamaños, el volumen y el olor...

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Ya Adrian Leverkhün, personaje central de El Doctor Faustus, ha tenido su encuentro con el Diablo. La secuencia faústica ya está desarrollada. Ahora queda lo mejor: leer cómo la vida de un músico genial queda rendida ante la imposibilidad del paraíso. Mientras tanto, pienso, ¿dar las horas a la lectura no es un pacto? ¿No es un pacto escribir sin falta a diario, dejando a un lado cualquier otra tentativa o cualquier otro compromiso? ¿De qué naturaleza está hecho ese pacto, el pacto de las letras? ¿Con quién?