domingo, 31 de mayo de 2009

Las formas quedan, la materia pasa.

El problema de la cita literaria no es la cita en sí, sino el uso que se haga de ella en la obra literaria. Si la cita, como en la Edad Media, por ejemplo, es un recurso de autoridad, entonces la literatura flojea, disminuye sus latidos hasta desustanciarse.
Sin embargo, la cita es sangre nueva que brota en la creación de otro. Es una transfusión y como tal debe ser bien asimilada por el organismo nuevo, tanto que, al final de los días, parezca sangre natural. Todo lo demás, la superficialidad, es ignota y termina por ser un cuerpo extraño en uno mismo. Citar, por lo tanto, es un ejercicio de consanguinidad.

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Al final de Los días contados deja Juan Gil-Albert una reflexión con la que llevo toda la mañana arrancándole a las neuronas su descanso de fin de semana. Ocurre a menudo que uno lee unas palabras o escucha alguna entrevista en la radio o lee un artículo en el periódico o en un suplemento cultural y ya no puede desasirse de esas palabras que lo tienen atrapado por completo. Ayer, cuando leí el artículo de Andrés Ibáñez sobre la literatura y los signos del zodíaco me quedé con cara de bobo y en medio de una tontuna que ahora ya ha desaparecido. ¿Cómo es eso de que los Acuario están predispuestos a una literatura distinta a la que se inclinan los Tauro? La teoría, que yo pensaba irónica, se ha convertido en una propuesta tan seria como la estilística, el formalismo o cualesquiera de las teorías literarias de la antigua centuria, porque, al fin y al cabo, nadie puede decirle a otra persona que está leyendo, por ejemplo, Paradiso, que Réquiem por un campesino español es una obra maestra. Hay tantas literaturas como personas, afirma Ibáñez. Y eso que me parecía un chiste y una provocación humorística, ya no lo es.
Sin embargo, recupero, para terminar, las palabras de Gil-Albert: “Las formas quedan, la materia pasa”. Y si las formas quedan y la materia pasa, la literatura, la pintura, la escultura o el pensamiento quedan y los hombres, la materia, pasa. No hay por tanto una literatura en referencia a los hombres, hay unos hombres en referencia a la literatura. Así que, amigo Andrés, no hay tipo de lectores y una literatura para ellos. Hay una literatura a la que se acercan, a la que acceden los lectores. Cada cual que coja lo que pueda del fuego primigenio de la razón. La litertura está hí y son los lectores los que van en busca de ella.

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Se confirman mis sospechas. Márai ha entrado en esa dimensión esférica de la vida en que todo se ve desde la muerte. La vida es esférica, entonces, y la virtud consiste en seguir sintiendo la viveza de los sentidos a pesar de la vacuidad. Dice Márai que la idea de la literatura lo hastía. Eso lo dice mientras coge tres libros para leerlos antes de quedarse dormido: Sófocles, Cervantes y Arany. A partir de este momento, de estas coordenadas que establecen la sístole y diástole de su vida, sólo le queda la reflexión: las palabras no sirven para nada más que para esconder la realidad.
La realidad queda escondida para Márai detrás de las palabras porque ya no le hacen falta para vivir. Esa realidad a la que se refiere, la escondida realidad, es la que está sintiendo en su alma. Y ahí, en ese tramo que Bolaño, Cervantes, Dovstoievsky o Mann conocieron, la virtud se sirve en forma de conocimiento. “La realidad es otra cosa. A veces vislumbró el nihil”, termina el 24 de enero sin saber que él era el nihil encarnado.

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Hoy debo escribir unas palabras de mi admirado Márai que las he tomado con la paciencia de un entomólogo que arroja con las pinzas los restos de un prodigio. En el mes de febrero, Márai sigue atento a las novedades de los suplementos culturales. En uno de ellos, lee una afirmación de un autor joven que no deja de sorprenderle. El húngaro creyó conveniente contestarle en sus diarios a sabiendas de que el joven escritor –quién sabe si no- nunca leyó sus consejos.
El escritor joven venía a afirmar que ya había encontrado el gran tema de su literatura y que sabía ya sobre qué escribiría. Márai no amaga en ningún momento y dice literalmente: “Lo realmente arduo no es saber sobre qué escribir, sino saber, de una vez y para siempre, cómo escribir”.

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¿Cómo escribir? Grave problema cuya solución es definitiva.