viernes, 15 de mayo de 2009

El viento en la mano. La terrenal morada.


Hoy ha muerto Carlos Castilla del Pino (San Roque, 1922- Madrid, 2009). No puedo más que dejar aquí constancia de su nombre y de mi recuerdo. Es lo mínimo para un autor que era una referencia ética e intelectual en esta provincia gaditana. Jamás olvidaré las deslumbrantes páginas de Teoría de los sentimiento, en ese libro encontré un acercamiento a la sensibilidad rayana en la poesía. Pretérito Imperfecto (1997) y Casa del Olivo (2004) son dos excelentes libros autobiográficos, configurados con la fuerza del recuerdo. Autobiografías válidas para el retrato del hombre español de los últimos cincuenta años.
Su muerte me provoca tristeza y nostalgia, un halo de melancolía cercano a la última estancia de un ser digno de esta especie. Un metasentimiento que, en estas circunstancia, se ha más claro: "Si todos los objetos provocan un sentimiento, y el sentimiento puede ser un objeto cognoscible, entonces un sentimiento puede provocar otro. A este sentimiento segundo le llamo metasentimiento: 'Me molesta la repulsión que M me inspira' . El envidioso odia al envidiado, pero odia sentir envidia y no quisiera envidiar.

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¿A qué existencia apagada se referirá Márai? A veces tengo la sensación de que la proximidad a la muerte provoca la aparición de una nueva voz narrativa para la vida o, en mejor decir, un nuevo enfoque heterodiégetico, acaso. Es más, en esa existencia todo se vuelve grotesco y absurdo, deforme. ¿No consiguió Valle-Inclán ese mismo enfoque privilegiado?
Márai: “A ella le quedan tal vez unas semanas, pero no serán ya de vida, sino de esta existencia apagada, inconsciente. Para mí este año significa el final, por más que logre sobrevivir a él”.
Estas palabras las escribe Márai el 1 de enero de 1986. Su Diario no vuelve a tener vida hasta el día 4 del mismo mes. Me quedo pensando en eso de la negación de la vida. Si no son años de vida, entonces, ¿a qué responden esos precipicios últimos del derrumbe físico?

4 de enero de 1986. Márai: “L. ha muerto”. 14 de enero: “Ha sido incinerada”. En ese silencio que presupongo entre una fecha y otra, arrojo mi responso. Un réquiem templado, como un paréntesis en el alma.

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Tengo una costumbre que algunos tachan de ociosa. Consiste en comprar libros para dejarlos en las baldas aun ni hojearlos ni leerlos. Dejarlos ahí para un encuentro futuro. Convivir con él sin conocer su mensaje, sólo acusando la benevolencia de su presencia. Me ha pasado, por ejemplo, con libros como la poesía de Rilke, la obra de Aristóteles, las novelas de Marías, las ediciones de fray Luis o los libros de historia de Braudel. Me ha ocurrido ahora con Robaiyyat, de Omar Jayyam (Hiperión, 1993). Estos cuartetos, escritos en los siglos XI y XII, me dejan estupefacto, deslumbrado. Transcribo dos poemas. El primero pertenece al ciclo titulado “El misterio de la creación”:

1.
Aunque es mi rostro hermoso igual que el tulipán
y soy alto y esbelto lo mismo que el ciprés,
no se sabe, en la alegre y terrenal morada
para qué me formó el pintor primigenio.

El segundo pertenece al ciclo titulado “Que nada es”:

106.

Ya que no es cuanto existe sino el viento en la mano,
Ya que hay en cuanto existe defectos y fracasos,
supón que cuanto no existe en el mundo, existe,
cree que cuanto existe en el mundo, no existe.