sábado, 23 de mayo de 2009

La indiferencia de la existencia desesperada.

Volví a leer el artículo que le dedicó Javier Marías al mundo de las bitácoras (que no blog; tú vendrás a llamarte bitácora, nombre alto, sonoro y significativo…). Su descontento con el fenómeno estriba en la costumbre mayoritaria de contar cosas o escribir acerca de o relatar sucesos realmente nimios y cotidianos, sin mayor preocupación que la de salir a la luz pública a exponer nuestra vida, como si ella fuera singular o digna de exposición. Se suma a este argumento, que tal circunstancia puede darse en un bar, en el parque o en la cola de un supermercado con tanta trascendencia como en la bitácora. Reprocha, por último, la natualeza de algunos comentarios enmascarados en el anonimato o bien que desprecian sin medida la creación por diversos motivos.
Cuando leí el artículo hace unos meses, me distancié de las observaciones de Marías. Sin embargo, cada día me siento más cercano a sus impresiones y eso se debe a varios motivos. Hay bitácoras que uno iba a leerlas exaltados de emoción en busca de la ingeniosidad o la recomendación literaria o el poema o la sentencia o las lecturas posibles, pero muchas de ellas se han convertido en puntos de encuentro para contar las batallitas de la noche anterior o la legaña que ha invadido su ojo por la noche. En este sentido, algunos han dejado de escribir lo que realmente siempre han necesitado escribir, para presentar en su bitácora entradas que saben que van a tener mayor número de comentarios. Y los comentarios, poco a poco, van devorando la bitácora hasta convertirla en un rengue medio rociero de aplausos a la más necia de las palabras. Vamos, que algunos escriben pensando en los comentarios que les van a dejar.
Igualmente, algunas bitácoras han derivado a un sucedáneo de cuaderno literario en que lo que menos importa es la escritura y en que las referencias a otras bitácoras o a sus propios libros o a sus propias publicaciones ocupan mayor espacio, por lo que la bitácora se convierte en un pequeño escaparate personal, en un mercado de creaciones.
No hay nada ilícito ni reprochable para estas acciones, ahí está el formato para lo que uno quiera, pero me temo que con estos agravios los enemigos de las bitácoras están ganando puntos en sus argumentos.
¿O no?

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En el libro de Louis-Jean Calvet, Historia de la escritura, se dice que la palabra fue antes que la escritura. Y eso me llama mucho la atención y lo subrayo y lo releo. En poesía pocas veces se habla de la escritura poética, antes al contrario, es común afirmar: “la palabra poética…”. Incluso, si hacemos un pequeño repaso de las sentencias o versos de algunos poetas, podemos observar cómo siempre se refieren a la palabra como la unidad fundamental y fundacional de la poesía. No cabe otras latitudes léxicas ni sintácticas para disertar sobre la piedra de toque de la poesía. Sin embargo, la novela o los géneros narrativos siempre están más apegados a la escritura: el novelista escribe todos los días como un condenado y en eso verbo parece adosado el sustantivo escritura. ¿Origen mágico de la poesía, apego a la palabra divina, surgimiento de la poesía como oración, lamento o rito iniciático? El misterio poético es inherente a la palabra y la palabra es anterior a la escritura. Por tanto, la poesía es anterior a la escritura, originaria acaso de la belleza literaria.

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Márai, como un Quijote, se dedica a leer los Diarios que su esposa escribió, por lo que uno lee los Diarios de Márai al mismo tiempo que los de su mujer. Se unen los pensamientos del húngaro a cada línea y los lee, tengo la sensación, como quien reza en silencio, como el hombre solo que espera hablar a Dios un día. Y se asoma a observar el mar en que fueron depositados los restos de L., a contemplar el mar y su fusión en el horizonte con el sol, la noche y la luna. En ese ciclo, quiere inmiscuirse Márai y plantarse como un héroe derrotado en busca de su esposa. Todo lo demás es viento hueco, llamada al vacío, desesperada estancia en la vida: “La indiferencia de la existencia desesperada”.

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Me sitúo enfrente de la parroquia mayor del pueblo y me da por escribir…eres un llanto erecto, tanto como un puñal lanzado al vacío. Tu puerta neomudéjar, el reloj de sol que mide las estancias de lo eterno entre tus grietas. Y callo porque un pájaro cruza en volandas y en su vuelo nace tu rostro y tu rostro es bello.

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Es (esencia primigenia, sustancia del mortal)
cri (grillo enrabietado, canto hueco, lengua vuelta)
tu (el otro, la vida plural, el nacimiento del olvido, la proyección de nuestros deseos).
ra (racimo postrado de la nada, canto sin dientes).