domingo, 3 de mayo de 2009

La noche no tiene paredes, Caballero Bonald.

Para los que hemos leído la obra de José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) y conocemos su apasionada servidumbre a la escritura, no nos cabe ningún recodo de sorpresa cuando leemos asombrados su último libro de poesía. Y escribo servidumbre, porque Caballero Bonald sólo publica o saca a la luz aquello que le palpita entre las manos, es decir, que si se lleva varios años (como le ocurrió) sin publicar nada, no le preocupan otros motivos que no sea la palabra. Esa relación con la palabra hace que de su poesía brote el verso puro, sin desvelos de otro tipo ni propósitos funestos.
Publica ahora, con 83 años, un libro de poemas que desprende una frescura, un tono, un conocimiento de la poesía y una unidad que muchos quisieran alcanzar en la plenitud de su creación. La noche no tiene paredes (Seix-Barral, 2009) llega después de la publicación de Manual de infractores (Seix Barral, 2006) y de haber recogido toda su obra en un volumen intitulado Somos el tiempo que nos queda (Seix Barral, 2006).
La noche no tiene paredes (Seix Barral 2009) está dividido en cinco partes y está compuesto por ciento tres poemas, es decir, estamos ante uno de los libros con mayor número de poemas de los que ha escrito el jerezano. Eso se debe, en mi opinión, a que la escritura, en esta ocasión, viene jalonada por la inconmensurable necesidad de rendirle cuentas a todos los temas que lo han obsesionado. Hay en el libro un tono declamatorio, de parada y fonda, de recuento en la última estación, de cercanía a la armonía elegíaca.
Abren el libro dos citas, una de Claudio Rodríguez y otra de Rimbaud. Sendas citas alaban las virtudes de la noche. La noche no tiene paredes es una cifra de la circunstancia personal y poética del autor. A sabiendas de su vejez, la vida se convierte en un tránsito en el que las puertas están abiertas y nada es una sorpresa más que estar vivo. Un carrusel de luces son estos poemas en medio de la noche. Luces repletas de vida y literatura: “La mar nocturna tiene/ palpitación de pubis y un lento imán de cueva/ en la mirada […]” ("De las figuraciones nocturnas de la mar"). A pesar de esta recolección de temas antiguos, no están cargados sus versos de moralina alguna ni siquiera se prodiga en el apotegma. Sólo se ofrece el testimonio de haber estado vivo y lo escribe como si todo ya hubiera ocurrido.
Su identidad ha quedado diluida en la condición humana: “Me llamo Nadie, como Ulises./ ¿Y quién responde?/ Nadie: / una pared vacía, una página en blanco” ("Nadie").
El tiempo, el amor, la mar, la Mitología, el Coto de Doñana, Colombia, la Palabra, la Belleza, el recuerdo, la memoria y la noche son el grueso de los temas que vertebran el libro. Poemas como “Tiempo de antídotos”, “Cuerpo desnudo, ya no te conozco”, “Vengo de una palabra”, “Euménide”, “Sustancia del recuerdo”, “Anticristo en Bogotá”, "Bordes del silencio”, “Botticelliana”, “La llamé belleza”, “Falta la vida, asiste lo vivido”, etc. son poemas que contienen, en buena medida, esos temas que subrayo.
A pesar de la prolijidad de temas que aborda hay uno que recibe, por primera vez, tratamiento literario. Es el tema de la mística. No se ha prodigado Caballero Bonald en el cultivo de este tipo de poesía rayana en el misticismo y que se revuelve en los versos de san Juan, de fray Luis y de la mística sufí. Sin embargo, en este poemario sí aparecen decididamente algunos poemas directamente envestidos desde esa perspectiva. Me refiero a “Vida de sufí”, “Mística poética”, en que rinde homenaje a Miguel de Molinos, “Sinergia”, en que hace lo propio con Ibn Arabí o “Llega sin ser notada”. Los guiños, los ecos del Cántico espiritual, de algunas Odas, de fray Luis y de la imaginería sufí (vino, bodega, amado...) mechan algunos poemas del libro.
A este homenaje nocturno de sus temas y la incorporación de la mística, señalamos la recurrencia a los poetas que han marcado su escritura, a saber, J.R. Jiménez, Luis Cernuda, César Vallejo, Baudelaire y, en especial, Quevedo. Ya desde uno de los primeros poemas, la sombra de Quevedo sobrevuela por todo el libro: “Me están llamando/ ¿Y quién me responde” ("Nadie"); “Lo perpetuo consiste en la contemplación/ de la ceniza[…] ("Elogio de la Locura").
¿Qué cauce formal elige el poeta? La noche no tiene paredes está configurado por una mezcolanza métrica. A los versos alejandrinos y endecasílabos y a su alternancia con heptasílabos, eneasílabos o pentasílabos, se une el cultivo de versículos que responden, más bien, a un ritmo léxico o sintáctico que silábico. Por este motivo, Caballero Bonald adecua a la perfección la selección métrica con respecto a los temas y ello habla de la versatilidad y del conocimiento del ritmo. Desde el ritmo endecasilábico de “Cuerpo desnudo, ya no te conozco” o de “Mala Hora” hasta los versículos de "Mística poética" o “Aversión al grito”, el libro es una galería del buen hacer rítmico y métrico.
El empleo de figuras retóricas y tropos también responde a su acervo poético. Se prodigan las sentencias y los aforismos al final de los poemas: “La exclusión de la luz no me impide ver claro”, “Nada es tan real como una fábula”, “Ni el recuerdo se cura ni es nunca todavía”. La paradoja: “Soy a la vez quien ama y aquello que amo”; la abstracción y la pregunta retórica: “[…] ¿con qué herida/ coincidirán por fin los bordes del silencio?”. Amén de las imágenes que se deslizan a través de conseguidas metáforas y comparaciones: “El pasado gravita como un despeñadero[…]”. Sumamos los ecos, las sinestesias, las aliteraciones y los encabalgamientos suaves o abruptos que tanto gustan al poeta.
Un libro de poesía que es celebración de la poesía, de la palabra. Literatura que brota de la geografía avejentada de un autor que parece haber cumplido las obligadas estaciones de penitencias y que se desenmascara y se hace más claro y menos pendenciero con la realidad. Porque “Vivir es ir dejando atrás la vida”, Caballero Bonald parece que no la ha dejado atrás sino que la manosea y la doma con las riendas de la palabra. Y nosotros agradecemos y gozamos con estos versos que percuten en la belleza con la daga de la poesía y que se suman a "Esa insistencia/ soberana/ en la celebración de estar vivo".