domingo, 17 de mayo de 2009

Todo es siempre de otra manera.

Esta mañana de domingo, en que el sol de bajura anuncia el incipiente verano, se muestra como un camino de perfección. En ese sendero nunca nadie dejó escrito una palabra. Un camino en blanco y tremebundo que sólo permite la observación y el análisis. Hay mañanas en las que escribir no es más que traducir un vacío, un extraño e inabarcable vacío que se ahueca a pesar de las insinuaciones.
En muchas ocasiones, tengo en la cabeza dos o tres ideas que se conjuran con la necedad de mi prosa y brotan. Entonces entiendo que la voz es de otro y de mí mismo y que escribir sin tener nada que escribir es una desvelación del conocimiento.
Leo al mismo tiempo que tú, no intuyo lo que terminará hacinando este texto y estas palabras. Sólo asisto a una vigilia en silencio y a solas. Un diario es un confesionario en que los pecados no nos pertenecen.

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Acabo de enterarme de que Sartre leyó, con no poca ofuscación, el Diario de mi admirado Jules Renard. Según José Antonio Marina, en Elogio y refutación del ingenio, Sartre se escandalizó al leer que Renard proclamaba que todos los caminos están cerrados y que escribir es una opción cerrada; cuando el filósofo francés proclamaba justo lo contrario, esto es, para escribir y para pensar hay que comenzar cada vez de nuevo.Uno y otro, están defendiendo la misma idea. Sartre mutila el resto de opciones al elegir una. Renard ironiza sobre las posibilidades de la literatura reduciéndolas a cero.
Porque al final, la escritura es una y es muchas, es un libro y son muchos libros, es una opción que puede llevarnos a otras opciones, una melodía que encaja en una composicón polifónica, una letra extraviada de un alfabeto que reproducimos, una elipsis del alma que deviene en materia, una evidencia de la forma que aspira a su contenido, un contenido que asimilamos de una forma.

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Al leer hoy a Márai, se me ha venido a la cabeza unas palabras de Fernando Osorio, el protagnista de Camino de perfección, de Pío Baroja. "¡Qué barbaridad la lucha por la vida! ¿Pero para qué pensar en ella? Si la muerte es depósito, fuente, manantial de vida, ¿a qué lamentar la existencia de la muerte? No, no hay que lamentar nada. Vivir y vivir… esa es la cuestión”. Al transcribir estas palabras las he ido leyendo en voz alta. M., al oír tal algarabía desde el salón, me pregunta qué diantre estoy haciendo. Le digo que consolando el espíritu. Y ella sonríe y asiente con la paciencia de una enfermera veterana que conoce estas batallas de la razón. Sin embargo, coge el libro de Márai y lo mira sin discrección alguna, como culpándolo del vocerío que acabo de proferir. Lo mira, lo abre, lee algunas líneas y me dice. ¿Se le murió la mujer, no, lo escribiste ayer? Y de pronto se marcha. Yo me quedo moribundo y afónico.
Márai, el 18 de febrero se compró una pistola con cincuenta balas. Un poco más tarde, el 20 de febrero, escribe: “No quiero morir todavía. Pero he dejado el revólver en el cajón de la mesita de noche para tenerlo a mano si llega el momento en que desee morir. Aunque cabe la posibilidad que al final ocurra de otra manera”. Y yo me asusto y cierro el libro con violencia, como si hubiera escuchado un disparo tras mi nuca. El disparo del suicidio próximo que no quiero leer y escribir.
*Ilustración, J.P. Sartre en la Plaza de San Marcos (Venecia).