miércoles, 13 de mayo de 2009

Derrumbe y descomposición, piezas de una melodía sin mundo.

Acabo de abrir un sobre que descansa ya saqueado sobre la mesa. En él venían dos libros que compré, en Internet, hace tiempo. Uno de ellos es Seis Calas en la expresión literaria española, de Dámaso Alonso y Carlos Bousoño. Era este un libro que había manejado habitualmente en la época de la Facultad y que, como gran parte de la colección de Gredos, se resistía, por inencontrable.
El segundo es un libro curioso, raro. Un mundo sin melodía
–Notas de un viajero sentimental-, de Agustín de Foxá, con prólogo de Luis Calvo. Lo he encontrado en una primera edición, 1949, en Imprenta de Prensa Española. Una primera edición a un precio demasiado barato cuya portada escaneo para que ilustre este texto.
El libro es una recopilación de artículos periodísticos de Foxá que tiene como eje central los viajes que realizó el Conde. A pesar de todo, me sorprende la agilidad de su prosa,el uso sorpresivo de las imágenes y metáforas y la sencilla manera de discurrir de sus palabras que, cuando te das cuenta, te han llevado a Marruecos o a Finlandia. Aunque, a veces, el viaje es una visita, una visita al Museo del Prado que bajo la tutela de las tres horas de D´ors, nos deja con una melodía acompañando al análisis de Velázquez, El Greco o Rúbens, con la sonrisa pintada.

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El 9 de mayo de 1899, Unamuno recoge en Diario Íntimo un suceso que quiero traer a colación. Escribe: “¿Qué es eso de que de pronto, estando estudiando, se sienta un apetito de rezar. He tenido que dejar el libro e ir al cuarto a recogerme en breve oración”. En este sentido, cuando el apetito me atosiga y me malea, no puedo más que obedecer y actuar. Pero que diferencia, que distancia y que juntamiento… mi necesidad, hasta el momento, no es de oración, sino de escritura. Escribir, desde ese ángulo, es una oración que aspira a la palabra.

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Estos meses de 1985 compartidos con Márai son duros, ya que el escritor se dedica a acompañar en el Hospital a L. La dureza, de todas formas, sólo le hace reflexionar sobre el fin de los límites. Y ahí, Márai, es un cirujano preciso que extirpa todo conato de maleza. Sigue leyendo por las noches y escribiendo en los diarios. Ese trabajo es inexcusable y, a pesar de que no lo declare, creo que fueron los que mantuvieron con buen latido su vida de entonces. La vida, entonces, para Márai no era nada, un suceso extraño que lo contenía y atosigaba, una bifurcación de la muerte, una estancia, un apeadero.
L. ya no ve, no oye, no escucha, ni siquera reconoce a los que la rodean. Le acaban de diagnosticar que tiene un carcinoma.
Con este paisaje, Márai se siente un extranjero: ya no existe para su mujer, ya no existe, por lo tanto, para nadie. ¿Para qué vivir? Parece que dicen sus silencios en los diarios. Márai: “Aunque marcharme me parece una cobardía, por primera vez en mi vida hoy he sentido que ya nada me retiene aquí. Sería tranquilizador saber que aún puedo disponer mi propia muerte y que no estoy obligado a someterme al proceso de de la impotencia y la descomposición. Pienso en la muerte con sosiego, como el último gran regalo”. Escribo estas palabras con los dedos temblones, como si transcribir este párrafo fuera un anuncio, un anuncio inevitable y certero.
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Escribir un eco antes de música es un mundo sin melodía en que la verdad ya viene rebelada.