domingo, 24 de mayo de 2009

Ante la orilla, con los pies desnudos.

Es difícil y obsceno dejar en los diarios la constatación de lo sucedido. Se parece a esa aspiración que tienen nuestras pisadas en la arena. Ellas solas no bastan, necesitaríamos de otros utensilios para conseguirlo. Y algo parecido le ocurre a la vida, ella sola, ella misma, no es suficiente para escribir un diario. Por lo que un diario es la escritura de una vida que no es tal vida en puridad. Ante esa imposibilidad, pienso que la escritura sólo tiene la alternativa de la mixtura entre realidad y ficción, entre recuerdo verificable y verosímil. En las páginas de un diario todo puede ser un invento del diarista, absolutamente todo y aún algunos lo darán por cierto. Sólo basta utilizar la verosimilitud en las dosis adecuadas para conseguir tal logro, porque la vida se le presupone a todos y, lo que se cuenta en un diario, posee el pacto tácito con el lector: consiste en la relatadura de la vida de alguien.
En estas circunstancias, creo que una novela se vuelve incapaz de explorar los límites del diario y por ello la incluye en su seno y por ello la engulle en su mecánica. Creo, sinceramente, que al contrario hay más posibilidades y que aún nadie las ha terminado de visitar y devolver a los hombres como un fuego robado, como una luz de la evidencia. Es decir, la escritura solipsista del diario es la fuerza proteica mayor. En ella no hay prejuicios genéricos ni estéticos, se configura al hilo de su creación.
No estoy apuntando a la disolución de la ficción, antes al contrario, defiendo la ficción sin ambages, sin la necesidad de demostrarle al lector que está leyendo una novela y que, como tal, todo puede suceder. No, más bien estoy defendiendo la encarnadura de la ficción como el envés de la vida, porque toda vida recontada a través de la memoria es materia de la ficción.
Hace poco alguien me pregunto por lo que escribía de ficción, "algún cuento tendrás por ahí... le contesté que la bitácora es pura ficción. Y si no lo cree, entonces estoy ante la mayor victoria del escritor.


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Ayer paseé por la Feria del Libro de Sevilla bajo la sombra de Jaime Galbarro. Digo bien bajo la sombra, porque una conversación con él es un eclipse: todo se enmudece y ahuma cuando me lleva al siglo XVI ó XVII, a los intríngulis de sus labores editoriales o a sus tareas de investigador de las retóricas antiguas: “Ni uno sólo nombra a Cervantes…”, exhala excitado.
En las ferias de libros no me gusta comprar libros, porque los que se exponen son los que más se venden y ese no es mi mercado. Por ello, nuestro circuito estuvo vertebrado por las librerías. Y eso era una paradoja, indagar en los fondos de las librerías mientras en la Plaza Nueva todo el mundo se amontona en la Feria.
Mi compañero de cata compró una edición de Baltasar de Alcázar, Obra poética. Edición de Valentín Núñez Rivera. Madrid, Cátedra, 2001. Nos sorprendimos con la existencia de una Enciclopedia Cervantina publicada en Castalia desde 2005 y dirigida por Carlos Alvar, nos detuvimos ante algunos libros recentísimos minados de erratas, igualmente nos alimentamos de las referencias de la Biblioteca Castro, leímos un poema de Umbral y nos morimos en sus luces de bengala como dos párvulos.
Por mi parte, cansado de novedades y ahogado en el ansia renacentista de mis últimas tentativas, compré De los nombre de Cristo, de fray Luis de León, en una inmejorable edición de Javier San José Lera y con estudio preliminar de Lázaro Carreter, Bacelona, Galaxia/Gutenberg, 2008 y Los huérfanos de Petrarca (Poesía y Teoría en la España renacentiosta), de Ignacio Navarrete, Madrid, Gredos, 1997. Desde ayer por la tarde no dejo de leer las vicisitudes de esos huérfanos petrarquistas, pero me sobrepasa la obra de fray Luis: un monumento de erudición de la europa renacentista. Creo, ahora que la agarro con templanza, que esta obra contiene la potencia de la obra poética de fray Luis.




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La mayor de la veces leo con reticencias la obra de Márai. Me da miedo continuar la lectura y acabarla con un la muerte del escritor. Las páginas, toda vez que avanzo, se van convirtiendo en un monódico resumen de un final. Una vida abstraída de la vida que aspira a la muerte. Y la muerte se cuela por las rendijas de su nihilismo y lo abarca todo y los trasciende todo; todo excepto el recuerdo de su mujer, L.
Esta tarde he estado varias horas frente al mar y me he acordado de Márai, de sus interminables horas hechizado por el aroma marino de su mujer hecha cenizas. Llevaba los Diarios de Márai en la mano y los agarraba como un amuleto salvífico. Entonces se acercó un conocido que frecuenta ese mismo paseo. ¿Qué es eso?, me preguntó. Y yo, que acababa leer la entrada de su Diario del 29 de mayo le respondí: “Nunca preguntes qué es… sólo qué significa”.
Al decir de estas palabras, en mi mollera se levantó una imagen como un eco interno que me ató al mástil de la literatura. Y ya sólo, me dije en un susurro: “la ficción es el puente entre lo que es y lo que pretende ser”.