lunes, 11 de mayo de 2009

Ficciona y musiquea.

Un óvalo, un arco mudéjar. La mañana era una charada y así la acepté. Un acertijo que abrigaba una palabra. Pienso, cada día, cuando contemplo los campos que atravieso para ir al trabajo, que la luz y los campos, el viento y la tierra se renuevan y se vuelven únicas y ellas mismas propugnan su diversidad y su dimensión. La estrategia de la naturaleza es mantener su estado a pesar de su cambio, mostrar sus lomas aceradas de trigo, la luz bañando las buitreras y el verde, ay, el verde, tapizando la retina que se asoma. En esa disposición, estoy seguro, se guarda el semántico sexo de una verdad.

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Las dolencias y la decrepitud están minando la salud de L., la esposa de Márai, desde el mes de junio. Su situación es crítica y eso provoca que Márai se convierta en un enfermero perpetuo. Deja el escritor para las noches sus lecturas y su escritura, pero al terminar de pasar a máquina su novela policíaca, dice que ha puesto punto final a la Literatura. Por otra parte, sigue leyendo, en esta ocasión, Ethics, de Spinoza, así, en inglés.
En esas circunstancias la literatura se va convirtiendo en una ensoñación y poco a poco va existiendo más en el mundo del sueño que en el del trabajo en la mesa. El sueño lo invade hasta reemplazarle la realidad, pero a pesar de ello no deja de decir la escritura, de entregarse a la Literatura. 17 de octubre de 1985: “No escribo ni leo, pero a veces sueño que sí lo hago, y las líneas se van sucediendo como los subtítulos de una película”. Está en el trayecto de la nada a la nada, en un periplo en que una palabra, un concepto o una variación sintáctica es una luz impoluta, una charada destinada a descifrarse.

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Consiste en ese estado en que todo es palabras. Y la realidad se calla.

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Este Diario está cada vez más desfigurado. Su anatomía es irregular. La sustancia que lo recorre no deja de ser más que una veleidad inoportuna y sin sentido. A veces me pregunto si escribir no es más que testimoniar nuestro ateísmo de la realidad, nuestra incredulidad encrespada.
Una negación de las virtudes de la realidad, del mundo, como diría aquel. Y en su lugar otra cosa, otro artefacto, verbal que, mal que bien, sólo imita y mezcla, ficciona y musiquea.
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En la placenta del proceso de escritura debe existir algún mecanismo de insatisfacción, es cierto, pero, igualmente, de suma placidez. Negar y convertir, atesorarnos de lo impropio.