sábado, 9 de mayo de 2009

Inalterable secuencia de la muerte.


Llevo algunos meses sin releer nada de Vila-Matas. Suelo desarrollar ese ejercicio cuando considero que la inventio cayó en desmayo, cuando tengo la impresión de que escribo sólo para tomar notas, como un preso que graba su nombre en una celda, como un loco enamorado que dice en los muros de una calle "Te amo". Desde que las leí, siempre tengo en la cabecera de la escritura unas palabras de Dietario Voluble que funcionan como brújula: “Uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello. Es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir”. Esta teoría desmonta la tomada por presupuesto por muchos otros creadores, a saber, el escritor es un ser rebelde que necesita expresarse. La escritura es la forma de esa expresión.
Ante este jardín de senderos que se bifurcan quiero optar por la siguiente afirmación. Estamos ante el problema del lenguaje y el pensamiento y estimo necesario comenzar a escribir para saber qué vas a escribir y cómo se rebela el pensamiento en la escritura. El pensamiento puede ser novela, poesía o, simplemente, escritura, la que me parece una manera más extensa y oportuna de llamar a los libros escritos. Desde esta perspectiva, nada como un Diario para amortiguar todas las funestas pretensiones de la novela total y de otras imaginerías de la crítica. ¿Qué más cercano a la dinámica de la vida que un diario? Un diario es la novela total, entonces. Pero un diario no tiene por qué aspirar a la anatomía de la novela. Y en ese desplante están las discusiones.


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El 10 de abril de 1985 cumplió Márai ochenta y cinco años. Todo en su vida ha sido testimonio y eco. El testimonio de la desaparición de su vida y de todos los referentes que la sujetaban. Eco, porque decidió convertirse en escritor, a lo mejor sin más remedio, y decirlo todo, hasta lo indecible. Márai entendió desde el principio que la libertad es un asunto privado y que sacarlo a la luz pública es entregarla en bandeja de plata: “La libertad es un asunto privado, no existe la libertad institucional”.
Por estas fechas, tiene que cuidar de L. día y noche y para él la enfermedad se convierte en volumen, se escapa del horizonte que el tiempo esboza en su vida. Lee, cuando llega a la cama, a Sófocles y me sorprende que coincida con la misma visión que tiene García Márquez de Edipo Rey: es la primera novela policíaca. Márai dice al respecto: “Cuando Edipo quiere averiguar quién es el culpable de la peste que asola a la población actúa como un detective”. No hay que olvidar que el escritor tiene una novela policíaca guardada en el cajón, ya va para casi un año. La está preparanbdo con el ahínco que tuviera un preso que pretende escaparse de una prisión, arañando los recovecos del tiempo, pensando en la estrategia para engañar a los años sin caer en el intento. Márai: “Me limitaré a tomar notas, como el preso que graba señales en la pared”.

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Las reflexiones de Márai poseen algún espíritu arquitectónico que las estimula, porque para hacer del sentimiento una concertada sucesión de declaraciones, es necesario esa perspectiva. Y acudo, por ello, a Casa de misericordia, de Joan Margarit, el poeta arquitecto. Leo en un poema titulado "Unos Dietarios" (1937-1944): “He leído las páginas, hoy secas y amarillas, / de las agendas de esos años […]”.


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Unos diarios tienen
la insoslayable
textura del olvido,
la inalterable
secuencia de la muerte.