domingo, 10 de mayo de 2009

Huerto de ronsard y apolíneo sacro coro.

Hay recuerdos que insisten y percuten en la memoria como una nota musical contrapuntística. Imágenes que desvelan las más de las veces un tiempo que ha sobrevenido hasta ahora caduco y pendenciero. Los recuerdos tienen algo de ajuste de cuentas, de acción inacabada que aspira a su perfección. Algo así como una forma en potencia. Por eso considero que Proust dio carta de naturaleza a la memoria vinculándola con el tiempo recuperado o perdido, el tiempo anestesiado que aguarda, como un arpa en el ángulo oscuro, que una mano lo taña.

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Escribir sobre uno mismo es tañer el recuerdo.

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Márai lee por cuarta vez La Eneida en el verano de 1985 en una traducción del húngaro de Baróti Szabó. Termina, además, la novela policíaca que estaba pergeñando. Piensa que es su última obra literaria. Entre tanto, no deja de leer poesía húngara, las Tragedias, de Edipo y la vida de Shopenhauer. Todo este trabajo lo realiza cuando L., su mujer, se queda dormida por la noche, después de estar a su cuidado durante todo el día. Lee y escribe hasta las dos o las tres de la mañana aun a sabiendas de la nula finalidad que lo contenta. Para mí es un ejemplo de compromiso literario e intelectual, una manera de resistir hasta las últimas consecuencias a la vida. Una extraña forma de enmascarar el fracaso: “Me gustaría sentir nostalgia por algo…por un paisaje, por un viaje, por una ciudad, por alguien. Pero ya no puedo permitirme el lujo de ser nostálgico. ¡Me basta con ser!”.
Hay recuerdos que insisten y percuten en la memoria como una nota musical contrapuntística. Esa nota va apagándose y disminuyendo en su fuerza, se acerca al silencio, se agota, se disuelve. Tras ella sólo queda el recuerdo, su eco. Y entonces el hombre entra en la vejez con la música en su interior y ya nada queda y ya nada es más que un compás de espera.

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Muchas veces los escritores tienen la costumbre de otorgarse padres literarios o de autoenraizarse en tal o cual corriente literaria, sentirse hijos de un autor. Lo hacen, por lo demás, sin ninguna salvaguardia ni reticencia y por ello escucha uno atónito, en ocasiones, que un poeta se reivindica continuador de Cernuda y Gil de Biedma; o que un narrador cree adquiridas las virtudes de Faulkner; o que un traductor considera que hasta entonces la obra en cuestión había sido mal tratada; o que un joven que comienza a publicar (escribir es otra cosa) afirma que su obra es una ruptura y que como tal es una genialidad compuesta por un púber que a partir de ahora participará en todos los congresos, en todos los suplementos y en todas las manifestaciones pseudoliterarias que ocurran en el país.
Cansado de tanta indecencia y prebenda uno no toma en cuenta más que a los antiguos. Y ahí aparecen Unamuno, Valle-Inclán, Cervantes, fray Luis, Juan Ramón Jiménez o César Vallejo. Percibo que estos escritores, entre otros tantos dignos de elogio, han sido solipsistas en extremo, creadores individuales que han decepcionado a los que intentan agregarse a la causa generacionista o política, en cualquier caso, extraliteraria. Con ello tomo unas palabras de Márai que sirven de diapasón: “En la literatura no existe la democracia; sólo hay solistas. El escritor que decida cantar en un orfeón descubrirá que su voz no se distinguedel coro”. Me acuerdo, de repente, de dos versos: “ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar”, de A. Machado y “gloria del apolíneo sacro coro”, de fray Luis. Y me quedo instalado en el mutismo y las perplejidad, en los sonorosos miramientos de la sinrazón.