domingo, 19 de julio de 2009

Borges, un cuentista notable.

No crean que esta afirmación es de mi invención, nada más lejos. Lo que sucede es que, a veces, los mediocres que hacen de críticos literarios no pueden contener su supina incapacidad. Y no es difícil demostrar que gran parte de los escritores y críticos que publican lo hacen no por su calidad literaria, por su talento o su entrega al trabajo de la palabra, sino porque son de la casa, porque escriben en ese periódico, con tales o cuales ideas.
Este fin de semana, leo la reseña de un panfletario metido a escritor y crítico de suplemento literario. Un escritor que confunde el género de sus escritos, porque él hace novelas que debieran ser libros de ensayos.
El suplemento no es cualquiera, ninguna mijaga. Babelia tiene un fondo de lectores bastante amplio; ya menos, a decir verdad. Pero, volviendo al caso, en una reseña sobre la poesía de Borges, al mediocre sólo se le ocurre decir: “un cuentista notable y un poeta sobresaliente”. Cree este escritor politizado metido a crítico literario que, para defender con soltura su tesis, debe escribir algunas memeces, por muy soberbias y descaradas que sean. Claro, el último elemento de la copulativa no es discutible, Borges es un poeta sobresaliente. Aunque decir que Borges fue un cuentista notable es una difícil afirmación que sólo él entenderá, él que escribe para rendir cuentas con la política. Desde luego las palabras, así vistas son de una catadura rayana en lo mediocre. ¿Porque pensarán entonces lo directores de los suplementos que los escrtiores deben escribir reseñas? ¿Todos los escritores los son?
Si Borges es notable, ¿qué es el cuento?

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A vueltas con estas divagaciones sobre la crítica literaria contemporánea, debo decir que el
panorama es desolador y triste. Algunos suplementos se han convertido en carnaza de playeros, otros en escaparates de editoriales afines y, los menos, en reservas o bodegas de algún crítico rebeldón que aún mantiene el nivel en la prensa española. Cada vez se nota más el adocenamiento de algunos críticos a las editoriales que les pagan y promocionan; la retirada de velas de algunos filólogos que se han sometido al poder de la fama y la invasión de críticos poco profesionales que vienen a decirnos, por ejemplo, frases tan brillantes como: “Borges es un cuentista notable”. O algunos otros, (esto sí que sorprende) que, con toda una bibliografía a sus espaldas, con el trabajo de un filólogo concienzudo de décadas, escribe que L. García Montero es "el poeta necesario". Estos vendavales de levante son infrecuentes en este cuaderno, pero el sofoco no puede remendarse de otra forma.

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En noviembre de 1982 dice Kertész: “Inteligencia y cierta valentía moral: casi siempre puedo contar con estas virtudes mías…”. Algún que otro crítico literario o pseudo crítico o escritor metido a crítico debería rendirse antes estas palabras. Pensarlas, con tesón, y retirarse de ese puesto de trinchera en que los filólogos poco dicen últimamente.
Hay escritores encumbrados por cuestiones personales, no por la calidad de su obra literaria. Eso es un actitud que en la moral tendría poca cabida; en la ética de un profesional de la literatura, un lunar insondable.