miércoles, 15 de julio de 2009

Transeúnte del todo.

La finalidad mayor de un yo es el yo mismo. Por eso, si la literatura trastoca ese yo hasta hacerlo discutible, es evidente que es el sonido fundamental de los hombres. La literatura debe ser un espacio de pruebas, de exploraciones en que las fórmulas de lo que es el hombre se mantienen en disputa. La filosofía nos brinda la oportunidad de establecer criterios, más o menos válidos, del qué. Sólo en la literatura se discute el quién, porque la naturaleza del quién está en su creación, y es dinámica a pesar de sus constantes.

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Como Pessoa, no sé si soy cierto o desgarrado, si tengo sueños o deseos, si pertenezco a algo o si quiero volcar mi voluntad en algún asunto. Mi metafísica diaria consiste en deambular por el todo, ser un transeúnte del todo. Poco importa si la felicidad está en ello o si no existió jamás en mi vida, si fue por momentos verdadera o si no supe descifrarla. No quiero decir que me invada una tristeza del tamaño de un loro, porque hoy ni la tristeza reconozco.
Tendrá que venir un yo extraviado, surgido de mi conciencia alterna, para sentarse en este entendimiento y reconducir mis letras; hacedme escribir como un cosaco y dejar en el papel palabras transparentes. Para que, cuando las vuelva a leer, no las reconozca.
Es algo parecido a amar sometido al tiempo. Todo amor es una idea y ello debe desgajarse de la cronología. La idea es el mejor camino para llegar a la verdad porque poseer convicciones es ser poseído. Amar en la trama de la cronología, ser embaucado por la vagina de la mortalidad.

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Kertész está obsesionado con la interpretación de K. en El castillo, de Kafka. Achaca la falta de perspectiva que han tenido los lectores, sobre todo los críticos, para entender el significado profundo de esa obra enigmática. He vuelto a leer a Kafka, algunas páginas de sus Diarios y fragmentos de El Castillo. Y le he puesto un yo a ese K.
K (ertész) apropiándose como personaje de los habitáculos fantasiosos de aquel castillo en que nada sucede mientras se acaba la razón.
A continuación, recupero la lectura de Diario de la galera, ya con la evidencia de que el personaje kafkiano es el propio Kertész. ¡Qué claridad, qué virtud más portentosa! Ahora que he descubierto su secreto, puedo decir que Kertész habla como personaje de Kafka, como ente ficticio, como un supurador de la ficción pura. Por eso está en la galera, en la galera que limita la realidad con el sueño, la verdad con la ficción. Dice: “En su día la literatura mostraba cómo vivían ellos; en la actualidad el escritor sólo puede hablar de sí mismo, cómo intenta vivir, cuán desorientado, cuán insalvable”.
Yo añado a sus palabras: un personaje como Kertész, protagonista de una obra auspiciada en el absurdo, sólo puede hablar de sí mismo como si fuera otro.