lunes, 27 de julio de 2009

Dublinesca.Variaciones sobre un mismo tema.

La escritura registra de uno lo que de verdad tiene su vida o lo que puede aspirar a la verosimilitud. Escoge un suceso o un comentario, una reflexión o sus manías cotidianas para dar pábulo a su escritura. Dar cuerda a las letras es una tarea cada vez más difícil y más comprometida porque con el tiempo los temas van siendo los mismos y termina uno por darle la razón a Borges y confirmar que la circularidad del hombre es una evidencia. Un escritor se imbrica con la vida desde un estado de sombra que aspira a la luz. En esa taimada secuencia de su escritura, la exploración es un talismán de la lengua con la que escribe.
Se anuncia -(con la polémica de los fichajes editoriales)- que Vila-Matas va a publicar una novela titulada Dublinesca. En ella, dejando a un lado la velada trama que hilvanará las páginas, el autor escribirá, con su peculiar magisterio, sobre el impacto de la tecnología en la cultura. Esta supuesta temática me ha llevado hoy a divagar, sin brújula ni astrolabio, sobre un tema que me parce el mismo de siempre: la escritura. Así que hablaré de la escritura en las bitácoras a través de una bitácora, cuando realmente debería hacerlo a escondidas, a contraluz, en el silencio de una pluma marcando la celulosa.
Esta nueva realidad en forma de bitácora o de cuaderno electrónico va mostrando sus virtudes, pero igualmente sus carencias. Leía con entusiasmo algunas páginas electrónicas que hacía de la lectura una actividad amena, personal y formativa. Pero los cuadernos van tomando ese cariz de tertulia de amiguetes en que cada uno va mostrando sus logros, las loas o las palabras de ensalzamiento de otros compañeros. Es un sustituto, en mucha ocasiones, de un café, una copa o un encuentro entre persnas con inquitudes afines. Eso me lleva a pensar en la distancia que hay entre ese tipo de escritura y la esencia misma de los diarios o cuadernos de notas personales, formatos propensos a la intimidad y, sobre todo, a la distancia absoluta con los lectores si los hubiera.
Todavía recuerdo cómo Jules Renard, al llegar a casa, escribía elogiosos comentarios a las palabras y actuaciones de Schwob. Líneas de las que Schwob era desconocedor, pero que no necesitaban de esa transparencia para ser escritas.
Los diarios que uno ha leído (Renard, Kafka, Márai, Pessoa, Flaubert, Tolstoi, J.R.Ribeyro, Gombrowicz, Kertész…) poseen la magna entidad de la soledad. Esa es la manera de presentarse ante sus lectores y esa característica es, precisamente, la que más conmueve mi lectura. La falta absoluta de conexión o complicidad con las expectativas de los lectores, porque si uno escribe en un cuaderno personal las rutinas más nimias o las observaciones más intrínsecas no sabe qué lector llegará, después, para interpretarlas. Cosa distinta ocurre con las bitácoras de ahora, se escriben para los amigos y para tener un perfil determinado en Internet, buscando una polémica o la congratulación de turno.
Es cierto que, este formato tecnológico conduce a la lectura pública y que pretender escribir para la soledad es una entelequia. Cualquiera puede acceder a tus comentarios, a tus anotaciones o tus creaciones.Tú mismo, ahora, lo haces con toal libertad. Si tu deseo es el anonimato, no hay más que agarrar un cuaderno de papel y un bolígrafo y arrumbarlos en un cajón o en una estantería.
Por este motivo, escribo esta reflexión sobre los diarios personales. Hay que buscarle una ubicación nueva, tanto en la lectura como en la escritura. El escritor deberá ajustarse a las nuevas tecnologías, pero sin abandonar la literatura. El lector deberá comprender que hay bitácoras informativas, cuasiperiodísticas y otras puramene literarias. Incluso la mezcla de ambas tendencias puede darse en concierto perfecto. Y así debiera discriminarse por le lector o el crítico.
La soledad ha dejado de pertenecer a la naturaleza de esos diarios del XIX o de principios de siglo XX que aguardaban en los cajones de las viudas para ser publicados. Eran vidas secretas de los escritores que surgían a posteriori, dejando asombrados a los lectores de las novelas o los poemas, las anotaciones que el escritor hacía sobre un personaje, un suceso o la influencia de algo en su literatura. No puedo pensar más que en Pessoa para entender esto que escribo.
Así las cosas, la primera criba que hace uno de las bitácoras que lee es la calidad literaria con la que están escritas. Esa es, al menos, mi perspectiva como lector. Por eso, cuando me encuentro con buenos cuadernos, entiendo que no todos son literarios en sí; los hay que informan de noticias literarias, que hacen crítica, que informan de publicaciones o que, y esto es cada vez más común, dicen cuándo y dónde van a publicarle un libro.
Por lo tanto, el lector de bitácoras debe ser un lector plural, que conozca de antemano las pretensiones de las bitácoras a las que se acerca cada día. Ellas son muy variadas, una mezcla de periodismo con ínfulas librescas, de muestrario personal de alegrías o logros, de diseño gráfico a través de imágenes o viñetas, etc. De todas ellas, me quedo con las puramente literarias, las que hacen que la literatura oxigenen sus renglones virtuales y las que harán, supongo, que la influencia de este formato se diluya en novelas, cuentos o cualesquiera composición literaria como las de Vila-Matas o José Saramago. Eso sí, hay una cuestión impepinable, una bitácora siempre aspira al papel.
En cualquier caso, tomo unas palabras de mi admirado Kertész para cerrar estas divagaciones y para dar testimonio mi encuentro diario con el Nobel: "Mi vida es terrible en todos los sentidos, excepto en el sentido de la escritura: así pues, escribir, escribir, para soportar mi existencia; es más, para justificarla".