sábado, 11 de julio de 2009

El fin del mundo en la mañana.

Monturas de la estulticia, raudos vendavales de la estupidez. El hombre vive, pero no alcanza la vida; piensa, pero no sabe nada; muere aun sin saber qué es la muerte. Por eso la razón es turbadora y desgarrada, somete lo que nos pertenece a los raíles de nuestra pobre inteligencia, una inteligencia aneja a la palabra.
No somos más que una sombra en las cóncavas cuevas de la humanidad.
Una figuración sin silueta que se desconoce, que no necesita saber quién es a pesar de lo que dicen los sabios. Sólo los que han procurado danzar alrededor de su muerte, es decir, celebrar su mortalidad, han sabido arrimarse al qué, al quién que nos someten con la tristura de una inteligencia dada, caduca y finita de antemano.
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Esta mañana sonó el timbre con una fuerza apocalíptica. Sin más meditaciones, me levanté y abrí la puerta: dos señores con corbatas amarillas me esperaban bajo una sonrisa profiláctica. Me dieron los buenos días (sí, era hora para ello, por temprano para un fin de semana), yo les contesté. A continuación, me entregaron un papel en el que se podía leer: “¿Cómo puede usted sobrevivir al fin de este mundo?”. El enunciado estaba situado debajo de una ilustración en la que se veía a un grupo de personas, todas cogidas de la mano, mirando perdidamente al horizonte y buscando una luz. El resto era un cielo tenebroso, con tormentas y delirios, como si un dios menor hubiera querido lanzar un estornudo sobre nuestra miseria.
Agarré el papel sin más miramientos. Lo leí, asentí con la cabeza. Ellos, -sobre todo el señor mayor-, quisieron glosar aún más la pregunta. Me recitaron, casi al unísono, una cita bíblica: “Lo que les digo a ustedes, a todos lo digo: manténgase en alerta”. La repitieron dos veces más al igual que su sonrisa, esa mueca que me resultó procedente de las tinieblas. Al término de este ejercicio vocal, dijeron fríamente: “Marcos, 13:37”.
Les pedí que me esperaran un momento, ya que el tema me parecía interesante. Porque la pregunta, en el fondo, estaba planteada para el encuentro de lo que los religiosos llaman la vida eterna. Y me pareció una circunstancia muy literaria para dejarla escapar, así, por las buenas, sin haberles transmitido al menos cuáles eran mis impresiones y cuáles eran mis fundamentos para saber que jamás sobreviviré a ningún apocalipsis. Entre tanto, M. me avisaba de que ya llevaba un buen rato sin abrir la puerta y de que seguramente estarían esperándome. "No entres en el juego", me decía casi dormida.
Abrí la puerta de nuevo y allí estaban esperando las dos sonrisas mefistofélicas que tanto me desagradaban. Les dije, con educación meridiana, que no tenía tiempo para escucharlos. Mi ausencia de fe es muy sólida, tuve que decirles, y lo tengo muy claro, añadí. Sin embargo, no puedo resistirme a leerles dos pasajes de la Biblia. Abrí el libro, que había rescatado de los estantes, y les leí dos pasajes intentando emular el sonsosnete eclesiástico que me habían brindado. Les dije: "Primero. “En mi edición de la Biblia no aparece la misma traducción. En ningún pasaje de Marcos 13, 37 se dice `Manténgase alerta´. En la mía, que está editada por un filólogo, dice: `Velad´. Así que no es momento de análisis y de discrepancias entre `mantenerse alerta´ y `velad´. Segundo (y esto lo dije con la lanza en la mano, con las orejas enrojecidas, con los colmillos afilados, con el rabo que me sobresalía entre las piernas y con la fáustica manía de la palabra exacta): “Mirad que no os engañe nadie. Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: Yo soy, y engañarán a muchos…”, mientras yo seguía embelesado por estas palabras de Marcos 13: 6, M. me agarró del hombro y me avisó de que hacía un buen rato que se habían marchado los señores, sin sonrisa, con las manos vacías.
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Kertész, el 17 de septiembre de 1975: "Dios: cuando echo un vistazo a estas ruinas que tomaba por la creación...". Así, los hombres pueden considerarse habitantes de unas ruinas circulares que sólo albergan lo peor de un creador fracasado. Así pudiera entenderse las nefastas manías de los hombres. Incluso los deterministas habrían alcanzado la razón con aquello de las circunstancias. Si el mundo es una ruina, un despojo, ahora entiendo que los artistas busquen la reconstrucción de la belleza de otro mundo con la religión de la estética.
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Hay preguntas cuyas respuestas están en su enunciado. Si no hay respuesta es imposible crear una pregunta.