viernes, 24 de julio de 2009

Ser es natural es.

No me cabe duda, estoy con Ray Bradbury en su defensa apasionada de la celulosa. El libro es un objeto insuperable, su naturaleza supera a la tecnología, porque su olor, su fisionomía, sus cualidades naturales, pertenecen al imaginario sensitivo de los hombres. Aspiración vacua e imposible para un texto electrónico.

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Dijo Caeiro: “Yo soy del tamaño de lo que veo…”, y esa visión se amplía considerablemente si adjuntamos “y de lo que leo”. El escritor consigue crear una red de arterias y venas hasta alcanzar un sistema de circulación emocional. Ese sistema lo recorren la vida y la literatura, el ver y el escribir; la música lo hace abstracto. El bombeo viene motivado por la sensibilidad. Luego, tras años de existencia, la aspiración del escritor es deshacerse de ese sistema intrínseco y hacerlo desaparecer; fundir su vida en la letra y quedar en el tiempo en que no existirá su persona, en cualquier caso, dotar a la literatura de una personalidad producida de una mixtura.

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Yo escribo que Cervantes dice que Cide Amete cuenta que don Quijote dijo que uno no puede morir sin más ni más. Y en esta escala de verdades, la credibilidad es relativa. Por eso la literatura es una jerarquía en que desde el primer grado hay que conseguir el pacto con el lector. Las grandes obras son aquellas que antes de leer corroen los prejuicios del lector, por su fuerza ficcional.
Algo parecido sucede con los genios. Ya lo he comentado alguna vez, las palabras de Harold Bloom en Genios (Anagrama), me parecen muy esclarecedoras en un tema en el que todo son especulaciones. ¿Qué es un genio, cómo surge? ¿Qué hace que un hombre escriba y otro no?

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Ser, res. Etimologitis literaria. Palabras que, en su seno, poseen otras.

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La suma de todas las perspectivas ayuda a afrontar la idea mejor. La idea a secas, sin abalorios. Uno condensa unas palabras, las macera inconscientemente y luego termina escribiéndolas en un cuaderno, en una novela, en un poema. Convive con ella a pesar de que, con el tiempo, tenga que modificar alguna parte de su procreación, limar alguna aspereza. Y eso se produce porque el que construyó en ese momento la sentencia dejó de ser. Por este motivo, cuando le achacan a J.R. Jiménez su afán de corrección siempre digo que su obsesión era retardar la muerte de su yo. Porque sabía que, con cada borrón, con cada trueque de sustantivos o adjetivos, su vida pasada se tornaba despierta. ¡Qué grandeza! Aún su obra nos parece no concluida.
Lecciones magistrales. Kertész se lleva un espejo al camino. Lo aplica durante horas. Y repite la misma acción a lo largo de varios días. Cuando llega a casa, todas las tardes, escribe. En una de sus notas leemos: “¿Cómo puede ser una novela como la vida cuando ni siquiera la vida es como la vida?”.