martes, 28 de julio de 2009

Ya mis pasos allí.

En las vísperas de mi nuevo viaje a Italia, me quedo solazado a Una furtiva lágrima, de Donizetti. En su melodía edifico la prodigiosa arquitectura que velarán mis pasos. Donizetti nació en Borgo canale, un rincón suburbano de la ciudad de Bergamo. Allí llegaré dentro de una semana cargado de versos y junto a la mujer que contrapuntea estos días vanidosos, de salón y escritura. Los últimos años de Donizetti estuvieron agarrados a la locura. En Bergamo, después de sufrir la muerte de sus hijos, sus padres y su esposa, soportando el golpeo de la sífilis que acuciaba sus sostenidos y rimbombantes estrenos operísticos, llegó la locura. Una parálisis cerebral que trastocó el fin de sus días. Unos años de locura que culminan en la muerte del autor del Elixir de amor (1832). Por unos momentos lo he imaginado como Hölderlin, a la luz del espíritu de los hombres en primavera, asomado a una ventana cuyo paisaje era el terruño de los hombres en flor.
Su cuerpo descansa en Bergamo y allí haré cumplido homenaje recitando en el abovedado silencio un fragmento de su aria. La recitaré en mi tosco italiano. En el paladar la dejaré inscrita, como si fuera una cúpula.
Caigo en la cuenta de que llegaré a Venecia como el personaje de Thomas Mann, atemorizado por una epidemia. El halo epidémico para una ciudad como Venecia es un color, es el mar ardiendo. En el dédalo de sus canales, proseguiré los pasos desandados de Lord Byron, para luego citarme en el Florian con Goldoni. Al otro lado del río, entre los árboles de los jardines y del cementerio, desquiciaré mis retinas con la lítica manía de los mares en Venecia. La piedra y el mar no es el título de un libro, es la esencia de una ciudad que se subleva diariamente contra la belleza. Ella es rincón del paraíso, conturbada semilla de los deseos.
M. sigue leyendo a Wiesenthal, Kapuscinski o García Martín. Ha logrado construir una pequeña biblioteca en que las ciudades son los narradores. Venecia, Roma, Milán…nóminas de hombres universales que nunca dejan de aclarar y maldecir, de atestiguar y proclamar las aritmética disposición de los hombres. Ella logra dotar de melancolía un viaje que comenzó de un tiempo a esta parte, como dice Kapuscinski en Viajes con Heródoto: “Al fin y al cabo un viaje no empieza cuando nos ponemos en ruta ni acaba cuando alcanzamos el destino. En realidad empieza mucho antes y prácticamente no se acaba nunca porque la cinta de la memoria no deja de girar en nuestro interior por más tiempo que lleve nuestro cuerpo sin moverse de sitio”. El autor polaco describe las virtudes del viajero Heródoto, haciendo una reflexión sobre la condición humana. Los modelos de Odisea y de los propios libros griegos están muy presentes y se confirma que, una vez, hace siglos, unos hombres nos dijeron lo que fuimos. Lo que somos ahora.
El viaje como rito iniciático de la despersonalidad, de la anulación del espacio y el tiempo del lugar de lo cotidiano. Esa desaparición del espacio lleva implícita una poética y en ella reside los inacabables frutos de un viaje. Frutos que hay que morder con el paso del tiempo, con la memoria desvencijada por el trastoque, para luego convertirlos en literatura.
Estas líneas han comenzado a brotar sin destino ni arbitrio. Es la naturaleza propia de las vísperas. Revuelco, impaciencia, levantamiento de las almas. Itinerario que se sucede en la cabeza como una melodía, como un elixir o testamento de que un día cercano estuvimos allí, donde soplará el viento de una furtiva lágrima.