martes, 21 de julio de 2009

Cada vez más claro.

Me sucede todos los veranos. También cuando creo agotada una manera de escribir, cuando necesito un soplo de aire fresco en mi escritura. Sus síntomas son cada vez más evidentes. Me siento en la mesa, cargado de libros que he seleccionado al azar, un lápiz entre las manos y la mañana tendida como una duna inamovible que va haciéndose más y más grande.
Todo revoca en las manos, aún más en el entendimiento. Es el momento oportuno para leer a Hemingway, como todos los veranos. Leer los cuentos de Hemingway es un sofoco necesario.
Este verano he decidido que no lo voy a releer. Voy a reimaginarlo. Quiero que las oraciones perfectas sean esquirlas de la memoria dispuestas a cualquier travesura de mis recuerdos. Como una nieve del kilimanjaro o como un gato empapado en una calle parisina.

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Admirado compañero Tomás:

Pessoa y Walser están unidos por una concepción similar de la personalidad. No quieren despegarse del sentido griego del término y desean hacerse personajes, máscaras irreconocibles de sí mismos. Ambos confían en el poder de la literatura para alcanzar esa plenitud de la ambivalencia del yo.
Debo confesar que esa aspiración me persigue de un tiempo a esta parte. Y te lo confieso a ti, viejo amigo, porque conoces estas inquietudes ficcionales y esta predisposición mía a la desaparición, al ocultamiento en la fonética de la vida.
Tengo marcadas en un libro unas palabras de Walser. Las he vuelto a leer hoy. Pertenecen a Jakob von Gunten. Dicen así: “Nada me es más agradable que dar una imagen totalmente falsa de mí mismo”.
Es en esa falsedad en la que me siento más yo que nunca. En esa liminaridad en la que la búsqueda se intensifica. En esa proximidad al vacío de uno mismo, donde más luces sobre mí se vuelcan. No quería dejar de decirte estas palabras. No quiero que pienses que soy un maleducado y no me despido de los buenos amigos. Contigo es distinto. Sé lo que sabes. Y por eso te dejo estas palabras, antes de que el yo anochezca y se vierta en la lejanía láctea de los hombres y se haga uno más entre tantos, letras falsas sobre un yo verdadero.


Un saludo afectuoso,

Tomás Rodríguez

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Año de 1983. Diario de una galera atestigua la dureza de los remos sobre el mar. Kertész es un remero de excepción, su fuerza es ciclopea. Nada lo detiene en su andamiaje literario. Su aspiración es aspirar la literatura, ser literatura, como Gould quiso ser no el piano ni la partitura ni Bach, sino la música misma.
Kertész quiere ser la literatura misma, su literatura. Un hombre, un destino, unas palabras. Dice en junio del mismo año: “La diferencia entre el creador y el intelectual: no reflexionar sobre las cosas, sino crearlas”. Ese es el espacio del creador, la circularidad de los remos, el empuje forzudo con los brazos, la semilla extraviada en la tierra blanca de los folios.
Crear, reflexionar. La diferencia estriba en que el creador no reflexiona en el momento. Su creación es una sucesión cronológica de eventualidades. Pero es cierto que, cuando se detiene a contemplar el trabajo, la desolación y el arrepentimiento son terribles. Quizás más terrible que la muerte. Porque la conciencia percute en la razón, sobre el débil entendimiento.